El G-8 y la crisis mundial

César Cansino

Que la globalización en todos los órdenes es una realidad en las actuales circunstancias del mundo no puede negarse; que este proceso ha alentado efectos desiguales y desventajosos en el planeta que es necesario denunciar y cuestionar tampoco; pero que la confrontación ideológica desde posiciones dogmáticas y descalificaciones por sistema sea la mejor manera para enderezar el barco me parece francamente ridículo.
Cuando el dogma sustituye a la razón, o la fuerza al diálogo, ya muy poco se puede hacer para buscar soluciones conjuntas a los problemas comunes. La imagen aplica perfectamente para el caso de la reunión en Alemania del G-8, que agrupa a los países más poderosos y donde nuevamente se acrecentó el desencuentro entre los partidarios del libre comercio mundial, los globalifílicos, y sus denostadores, los globalifóbicos. En estas circunstancias, la globalización se vuelve el símbolo de una confrontación ideológica estéril y no un dato de nuestro tiempo que representa al mismo tiempo un desafío y una oportunidad para aspirar a construir entre todos un mundo mejor, aunque suene a frase trillada.

En este contexto, ni el G-8 puede cerrar los ojos ante el malestar que generan las actuales reglas del comercio mundial, que colocan a los países ricos en condiciones mucho más ventajosas que las de los países subdesarrollados para posicionar y comercializar sus productos en el mercado global, ni los globalifóbicos pueden despachar a la globalización o al capitalismo mundial por sus efectos negativos con soluciones dogmáticas que la propia historia se encargó de desmitificar y que muy pocos refrendarían en la actualidad.

Ni el libre comercio es una realidad imposible de regular bajo premisas más justas y menos inequitativas para el planeta que las actuales, ni la solución es quemar el mundo polarizando el debate y la confrontación. Hay muchos aspectos que el G-8 debería reconocer e intentar corregir de inmediato en atención a las exigencias crecientes de la población. Así, por ejemplo, el deterioro ambiental que exige medidas drásticas aunque mermen las ganancias de poderosas industrias contaminantes.

Por otra parte, encuentro en la reacción de los globalifóbicos posiciones igualmente peligrosas, muy ideologizadas y cerradas, extremistas y dogmáticas. No digo que este sea el caso de todas las organizaciones y personas que cuestionan y denuncian las actuales reglas del comercio mundial y protestan por los efectos negativos que la globalización ha generado en todo el planeta, pero sí que la protesta ha sido cada vez más hegemonizada y encabezada por la izquierda mundial más dogmática y radical, la cual ha terminado por imprimir su sello y filosofía en todo el movimiento, tanto hacia dentro como hacia fuera.

El punto es que la crítica genérica de esta izquierda a la globalización no está libre de ciertas contradicciones que pueden conducir al inmovilismo. Me explico. Es muy fácil que los resabios existentes en las poblaciones de los países subdesarrollados debido a las enormes desigualdades y rezagos acumulados lleven a identificar a Estados Unidos o al neoliberalismo o a la globalización como los enemigos y los causantes de todas sus desgracias. De ahí que muchos contemplen la violencia como una opción válida para hacerse oír. Pero el verdadero problema está en las implicaciones unificadoras de este discurso antiglobalizador o antineoliberal, alentado sobre todo por la izquierda más radical y dogmática. Es decir, la izquierda nostálgica del pasado busca unificar los objetivos y a los enemigos, como de hecho ocurrió en las Cumbres Sociales de Porto Alegre, simplificando al extremo el discurso.

Ciertamente, no se trata de negar los efectos desiguales y desventajosos que para los países menos desarrollados impone el capitalismo global, pero tampoco se puede depositar en estas variables todo el peso de la debacle económica, social y política de los países pobres. Es decir, ya no tienen cabida ni el victimismo que arrastramos cultural e históricamente los países subdesarrollados, ni el proteccionismo disfrazado de libre mercado de los países desarrollados.

De lo que se trata hoy es de introducir coherencia en el mundo de las relaciones internacionales para el beneficio de todos. La idea misma de globalización sigue esperando por contenidos y valores mucho más humanos y corresponsables de los que ahora posee en términos de racionalidad y expansión de mercados.

cansino@cepcom.com.mx

Director del Centro de Estudios de Política Comparada

¡Comparte la nota!