Rodolfo Echeverría Ruiz
Los poéticos, legendarios ríos Yangtsé y Amarillo son fuerzas de la naturaleza eternamente rebeldes al dominio del hombre. Integradoras, comunicadoras de las muy diversas culturas y regiones de la inmensa China, en no pocos momentos de su milenaria historia se han desbordado de modo devastador. Encolerizados y majestuosos, matan a millones de seres humanos. A través de los siglos se ha descrito como “Dolor de China” al amado y sobrecogedor Río Amarillo. Sobre esas aguas abundantes se transportan alimentos y mercancías desde hace más de 4 mil años. En el curso de cientos de miles de kilómetros, sus cuencas y meandros, torrentes y cataratas, han dado origen a esa civilización protagonista de hazañas insólitas y jornadas memorables para China y para la humanidad entera.
El egipcio Nilo o los mesopotámicos Eúfrates y Tigris son ríos cantados y temidos, como los de China. En torno de ellos se ha dicho y escrito durante siglos y siglos.
Muchas cuencas fluviales formadas, entre otros, por los ríos Heilongjiang y Songhuajiang, Liaohe y Huaihe, así como el muy literario Río de las Perlas, contribuyeron a fraguar el temperamento y la personalidad de aquella civilización. Son las venas, las arterias, el alma del país.
El agua, su cuidado y conducción, su acopio y su dominio, sus crueles derrames homicidas o sus riquezas deslumbrantes, sus peligros inauditos y sus misterios insondables, han determinado la suerte histórica de muchos gobernantes y, con ella, la de la estabilidad social y política del país. Las decisiones del poder ante el control o el descontrol del agua han dictaminado la permanencia o el derrocamiento, la glorificación o el repudio de guerreros y gobernantes, príncipes y emperadores, constructores fraudulentos o comunistas emblemáticos.
El agua, siempre el agua. Desbordada de modo intencional ha podido salvarlos de otros desastres o, al menos, se los ha mitigado: el mundo recuerda la insólita decisión militar concebida para destruir diques del Río Amarillo y así estorbar en 1933 la proditoria invasión japonesa.
Las inclementes sequías o las inundaciones destructoras han determinado el curso de la vida humana y animal en la prolongadísima historia china. A través de las centurias se han construido presas y diques, acueductos y canales, sistemas de riego, puentes, hidroeléctricas.
Los gobiernos mejor recordados resolvieron inundaciones mortíferas o bañaron grandes áreas con agua fertilizadora. Las obras hidráulicas legitimaron a varias dinastías. Pienso, por ejemplo, en el prodigioso canal Beijing-Hangzhou, abierto en el siglo V antes de Cristo. Se trata del esfuerzo hidráulico más antiguo y de mayor longitud en el mundo (mil 800 kilómetros). De belleza excepcional, podría considerársele como patrimonio de la humanidad. La Gran Muralla disfruta esa categoría desde hace largo tiempo.
Mención especial merece la magna obra efectuada en los desfiladeros y las sinuosidades, los precipicios y los correntosos estrechamientos topográficos y orográficos en las célebres Tres Gargantas del río Yangtsé. Se trata de la mayor tarea hidráulica de China y una de las más hermosas y monumentales del mundo. Su costo: ¡24 mil millones de dólares!
Termino con unas tan entristecidas como esperanzadas palabras de un Li Po (701-762 d.C.) lloroso ante la destrucción de su aldea: “El viento helado de las montañas Huangshan desarraiga los árboles. La inundación implacable aumenta día tras día. Ya no se distinguen ni la montaña ni la llanura. La neblina y el agua lo cubren todo. A pesar de ello, mis crisantemos florecen”.
Analista político
