Mario Tassías
Desde la parte más alta, el pueblo prácticamente está a tus pies. Llegar a la cima requiere esfuerzo, mejor si “llegas a pincel”, dicen los lugareños. La sensación de triunfo escapa de tu pecho y aspiras aire puro. Diferente si arribas en vehículo, inhalas el humo del motor, y la sensación de comodidad, se convierte en soberbia ante la grandeza del espectáculo de la vista.
Subir aquí, significa lo común para los aldeanos. Transitar por unas cuantas curvas abiertas y cerradas, a partir de donde se construye la nueva Ciudad Rural Sustentable, representa recorrer un caracol. Pero desde allí tienes un lugar para la perspectiva. La panorámica, si la fuerza del “juelgo” lo tolera, es de elección primaria. Ante tu mirada se elevan cerros en diversos tonos de verde. Algunos que la distancia hacer ver azules.
En la plataforma natural que la tierra te entrega, puedes ver que aquel lugar que hace unos meses lucía con feraces elevaciones gigantescas, hoy ha sido terraplenado por gigantes motorizados que al impulso motriz van cambiando la escenografía. El ruido de máquinas, el ir y venir de los obreros de la construcción multiplican las secuencias, es que van y llevan, viene y traen o la inversa. Cargan implementos, rebanan espacios, aplanan extensiones, apartan cerros de tierra, separan piedras, demoran momentos de acción, dispersan calidades diferentes de barro, esparcen, distribuyen, reparten, extienden, construyen lo que el hombre y su ingenio, le permiten. Destruyen lo que la naturaleza formó en un relato de fe, al tercer día. En ese desorden planeado, ocurre que vez la transformación. La maraña de recovecos te invita a tomar una decisión, y es entonces cuando te animas a no quedarte en un lugar y caminas.
Eliges ir a la parte más alta. Donde subes al cerro que ha servido para plantar pastura para aquel ganado que ya calificaste como equilibrista porque no te explicas como no rueda y se desbarranca por la pendiente. Desde allá se ve todo a tus pies. Alcanzas a dominar el panorama. Pruebas tu resistencia al calor. Sabes que si lo logras no estás tan mal físicamente. A la dificultad de la subida, agrégale la lluvia. El olor a tierra mojada es agradable. Es una sensación distinta de cómo llueve en la ciudad. El ruido de las hojas, el sonido de los riachuelos, la prisa de las aves por buscar un lugar donde refugiarse. Los caballos bajan la testuz y el ganado deja de pastar. El clima semicálido húmedo hace que aquí no haya temporada de lluvias, arrecian las aguas en estos meses, te informan los paisanos, pero llueve todo el año.
Desde arriba alcanzas a ver, como destacan dos kioscos, centros vecinales dicen los ingenieros. Otros edificios, infraestructura construida para aquellos que un día vendrá a vivir en la nueva ciudad. Ya el ruido de los motores de la maquinaria constructora, perturba el ambiente en todos los sentidos. Un ir y venir de obreros tostados por el sol, marcan el ritmo de la obra. Ahí se construirán más de 200 casas para familias que viven dispersas, lejos de los servicios primarios de atención elemental.
En la antigua Aguaima (lugar de la hoja verde), están ocurriendo cosas que están transformando su tranquilidad. Su cultura, su estado de ver el mundo. De pronto la orografía montañosa y accidentada se ha convertido en paso incondicional de estados de ánimo diferentes.
Vecino de Solosuchiapa, Huitiupan, Pueblo Nuevo Solistahuacán, Tapilula, y Chapultenango, que recuerda al “Chichonal”, Ixhuatán vive ahora, una etapa de innovación, en este momento sin cuantificar, y junto a ésta la decisión de que gentes como la que hoy vive en la comunidad Loma de Caballo, por ejemplo, tengan una alternativa para atender los asuntos que por hoy, la dispersión no les permite.
