Punto de Vista

Mario Tassías

Don Alejandro tenía el único baño de regadera en el pueblo. El orgulloso poseedor de un accesorio para la ducha, alquilaba el servicio a hombres y mujeres que tenían necesidad de mojar el cuerpo, con la frecuencia que la temperatura meteorológica lo permitía. El baño de jícara también era una recurrencia, pero la aspersión en el recipiente, terminado en una boca con orificios por donde se esparcía el agua, era un lujo que además contaba con la magia del encuentro ocasional o apalabrado. Al baño de regadera iban jóvenes y adultos de uno y otro género, que disfrutaban de la roseta gigante que martillaba la cabeza y la espalda cuando el agua, que salía a chorros se mezclaba con la sensación de frío y calor. El agua caía a borbotones, llegaba a través de un ingenioso sistema de tuberías construidas con bambú. Del enorme disco salía agua fría y caliente, o tibia si el usuario así lo decidía. En ese tiempo, hablar de calentador era una novedad. Nadie más tenía un artículo igual.

A su oficio de campesino, Don Alejandro agregaba el de peluquero, además de la reputación de la regadera. Era un gran conversador, conocía la vida y milagros del pueblo. Y es que las personas que iban a ducharse, por módicos 50 centavos, también significaban información de primera mano.

En aquellos años, aún no se inventaban las sofisticadas cañerías de policloruro de vinilo o pvc (del inglés polyvinyl chloride) o las tuberías de cobre. Así que para las necesidades cardinales de los pobladores, el agua era llevada a los hogares en cántaros trasportados en carromatos tirados por caballos y mulas, o a lomo de burros que eran fustigados por los aguadores, profesionales en el acarreo del vital líquido.

Pero lo que realmente daba colorido y curiosidad, superadas por la costumbre, eran las aguadoras. Muchachas, con una punta del rebozo hecho yagual, cargaban agua en cubos de lámina o en cántaros de barro. Eran aproximadamente 20 litros y su peso líquido sostenidos en perfecto armonía con el paso de los pies descalzos, transportada por aquellas callejuelas empedradas, o de tierra no tan firme, de subidas y bajadas pronunciadas. Cargar agua, también era un trabajo para otros que colgaban de los extremos de una vara sobre los hombros, dos cubos en proporción. ¿A quién se le habrá ocurrido fundar un pueblo en un lugar tan abrupto? Llevar el agua era parte de un simbólico proceso de evolución que empezaba en el tanque. Al tanque iban, incluso quienes suponían pertenecer a determinada clase social que la ignorancia acrecentaba.

Ir a la fuente, era una celebración para el galanteo. La algarabía de los aguadores y aguadoras. Sus modos de hablar. Las inflexiones de sus voces. Sus acompañantes. El resoplido o rebuzno, movían un confuso lenguaje en fraternidad con todos los que disfrutaban del abrevadero. Un manantial donde la gente se bañaba, lavaba la ropa y se surtía para las necesidades de la casa. Corría el rumor de que si la pareja, se bañaba ahí, el matrimonio era más sólido y fecundo. Las viejas del pueblo procuraban que sus hijos recurrieran el ritual para consolidar el compromiso con el amor. El milagro de las aguas del tanque creció igual que las ramas del gran caipoquí. Un añoso árbol venerado, que aún hoy, le sirve como guardián y que además de la sombra que proyectan sus ramas, provoca, todavía, que todos los días, amanezca un milagro. El secreto del “virtiente” que no se seca.

De la cercanía se beneficiaba el hombre de la regadera. Pasados los años, comentan que si alguien con más visión que Don Alejandro, hubieran vivido tan cerca del tanque, habría instalado un balneario con playa y todo, y acaso hubiera surgido una leyenda, y no una simple anécdota, en un pueblo en donde un chismecito se riega por aspersión, como la regadera que recuerda, medio siglo después, que hay pueblos que caminan muy despacio. Crece la gente. Se multiplican las familias, y ahí sigue el lugar sin que el presente anuncie un futuro, sino que, el pasado recuerde que hubo ayeres que confrontan el hoy de una sociedad.

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