¿Puede el humanismo transformar al hombre?

Marco Tulio Carrascosa

En Chiapas, el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar ha colocado una palabra en el centro de su discurso político: humanismo. No es casualidad que su lema de gobierno sea “El Humanismo que Transforma”. La expresión resulta atractiva, moderna y políticamente correcta. Nadie podría estar en contra de aquello que busca poner al ser humano en el centro de las decisiones públicas.

Pero precisamente ahí surge una pregunta fundamental: ¿Qué entendemos por humanismo?

Cuando hablamos de humanismo, inevitablemente debemos remontarnos al Renacimiento. Fue en aquella época cuando pensadores, artistas y filósofos comenzaron a mirar nuevamente hacia el hombre. Leonardo da Vinci plasmó esta idea en una de las imágenes más emblemáticas de la historia: el Hombre de Vitruvio, aquel dibujo del ser humano inscrito en un círculo y un cuadrado, símbolo de las proporciones perfectas y de la búsqueda de la excelencia humana.

El mensaje era claro: comprender al hombre, exaltar sus capacidades y descubrir su potencial.

Al mismo tiempo, Europa vivía otro movimiento de enorme trascendencia: la Reforma Protestante. Mientras el humanismo colocaba al hombre en el centro de la reflexión, los reformadores proclamaban las cinco solas: Sola Scriptura, Sola Fide, Sola Gratia, Solus Christus y Soli Deo Gloria. El centro ya no era el hombre, sino Dios revelado en Jesucristo.

Desde entonces existe una tensión intelectual que continúa hasta nuestros días.

Por un lado, la visión que sostiene que el ser humano posee dentro de sí mismo las respuestas necesarias para transformar la sociedad. Por otro, la convicción cristiana de que el problema fundamental del hombre es precisamente el hombre mismo.

La historia parece ofrecer evidencia suficiente para reflexionar sobre ello. Los siglos han estado marcados por guerras, corrupción, esclavitud, genocidios, injusticias y abusos de poder. La humanidad ha alcanzado avances extraordinarios en ciencia y tecnología, pero continúa tropezando con los mismos defectos morales que han acompañado su existencia desde el principio.

El humanismo moderno confía en la capacidad humana para redimirse. El cristianismo sostiene que la naturaleza humana necesita ser redimida.

Por eso, si vamos a hablar de humanismo, debemos hablar también del hombre perfecto.

Y aquí aparece una figura que ninguna otra persona en la historia ha logrado igualar.

Jesús de Nazaret.

Ningún emperador, filósofo, científico o conquistador ha transformado la humanidad como Él. Ningún personaje histórico ha influido en más culturas, inspirado más obras, fundado más instituciones de ayuda social o cambiado más vidas a lo largo de veinte siglos.

Jesús no llegó para exaltar al hombre. Llegó para enseñarle a negarse a sí mismo.

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”.

Mientras la filosofía humana busca la autorrealización, Jesucristo propone la renuncia. Mientras el mundo promueve la exaltación personal, Jesús enseña el servicio. Mientras los sistemas humanos buscan acumular poder, Cristo lavó los pies de sus discípulos.

Paradójicamente, el hombre más influyente de la historia fue también el mayor servidor de la historia.

Quizá ahí se encuentre la verdadera transformación.

No en colocar al hombre en el centro, sino en formar hombres y mujeres capaces de salir de sí mismos para servir a los demás.

Si el humanismo que hoy inspira políticas públicas busca construir una sociedad más justa, más solidaria y más sensible al sufrimiento humano, entonces vale la pena mirar al personaje que mejor encarnó esos principios.

Porque Jesús dejó la comodidad para ir donde estaba la necesidad.

Dejó la gloria para servir.

Dejó el trono para caminar entre los olvidados.

Herodes tuvo poder. César tuvo imperio. Alejandro conquistó naciones. Pero Jesús conquistó corazones, y continúa haciéndolo dos mil años después.

Por eso, más allá de ideologías, escuelas filosóficas o modelos políticos, la gran lección para cualquier gobernante sigue siendo la misma: quien quiera transformar una sociedad debe aprender primero a servirla.

El humanismo promete transformar al hombre.

Pero Jesucristo es el único que transforma el corazón del hombre.

Y mientras exista humanidad, esa seguirá siendo la diferencia fundamental.

Hasta la próxima… ✒️

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