Sara Sefchovich
En días recientes hemos sido testigos de acontecimientos inquietantes. Uno de ellos, la entrada a la Catedral Metropolitana de un grupo de personas que supuestamente venían del mitin que realizaba en el zócalo Andrés Manuel López Obrador. Otro, el cierre de ese recinto por parte de su jerarquía, mismo que se hizo entre declaraciones sumamente prepotentes y que se prolongaría por casi una semana. Uno más, el enfrentamiento abierto entre el gobernador de Sonora y la Agencia Federal de Investigaciones.
Por supuesto, para cada una de esas situaciones hay explicaciones en las que obviamente, siempre hay justificación de lo que se hace y siempre “el otro” tiene la culpa, “el otro” es el que hizo o deshizo. Pero lo que me gustaría es entender qué está pasando en México que las provocaciones están cada vez más a la orden del día.
Provocación dice el diccionario es “incitar, excitar a que uno ejecute algo”, “irritar a uno para que se enoje”. Es obvio que esto es lo que está sucediendo. Así fue cuando el presidente Calderón asumió su cargo y anunció con bombos y platillos la lucha frontal contra el narco: la respuesta de ejecuciones y actos de sabotaje no se dejó esperar. O cuando la publicación de unos artículos de Héctor Aguilar Camín sobre la matanza de Acteal: inmediatamente vino la respuesta airada de quienes leyeron en ese escrito una explicación diferente de la que ellos sostienen. Los análisis de un hecho pueden ser muy diversos y se puede no estar de acuerdo con ellos, pero de allí a generar ese linchamiento, ya es demasiado. Y esto es lo que estamos viendo: una búsqueda deliberada de motivos para provocar pleitos.
La pregunta es: ¿a quién le sirve buscar enfrentamientos entre los grupos más poderosos: el Presidente y el Ejército, gobernadores y agencias de seguridad y de policía, la Iglesia y la izquierda, la izquierda y los intelectuales?
La respuesta no puede ser atribuida a una entidad oscura e indefinida llamada “la derecha”, “el Ejército”, “la izquierda”, “los gobernadores”, “los empresarios” o “los medios de comunicación”, “manos extranjeras”, pues eso no nos dice gran cosa y al contrario, allí puede esconderse la verdad. Una que seguramente es múltiple porque ya sabemos que en río revuelto muchos aprovechan.
Ahora bien: no me cabe duda de que existan realmente las personas que se sintieron provocadas por las palabras de Rosario Ibarra y decidieron entrar al recinto en el zócalo para acallar las campanas que, en su opinión, eran un acto de censura. Tampoco me cabe duda que la Agencia Federal de Inteligencia tuviera algo muy concreto que buscar en casa del jefe de seguridad del gobernador Bours, sabemos cómo se las gastan estos personajes. Ni me cabe de duda de que exista un grupo guerrillero que puso los artefactos explosivos en los ductos de Pemex, para fines que sí sean los que se nos dijo. Pero la verdad es que tampoco extrañaría que fuera al revés y todo hubiera estado organizado y manipulado.
Sea cual fuere la verdad, lo que no deja de resultar extraño es cómo se han aprovechado esas situaciones y lo que se ha hecho por convertirlas en algo grande y, sobre todo, conflictivo.
Por ejemplo: el gobernador que ha hecho gala de su ira con la Federación, está diciendo lo que sienten todos esos virreyezuelos que ahora tienen el poder en los estados, sin nadie que sostenga las riendas en el centro. La empresa televisora que le hizo gran escándalo al tema de la Catedral, no sólo desde hace buen rato tiene odio jarocho hacia AMLO sino que no abre la boca cuando se atacan templos no católicos y se persigue a líderes y creyentes. La jerarquía de la Iglesia tiene una agenda en la que hay amigos y enemigos. Y así sucesivamente.
Por eso tiene razón Ricardo Alemán: lo que provoca es menos un acto en sí que un entorno político. Y en el nuestro es un hecho que se quiere deliberadamente no sólo generar un ambiente de crispación, sino de plano llevar a enfrentamientos.
Si vemos lo que está ocurriendo en Líbano, podremos tener una idea de a dónde puede conducir una situación así. En ese país los grupos políticos no se pudieron poner de acuerdo para nombrar presidente y el resultado fue un vacío de poder que le abrió la puerta al Ejército.
Por eso no deberían dejarse pasar estas provocaciones. Pero, dado que si de algo carecemos es de liderazgo político, pues quién sabe cómo se podría lograr ese objetivo. Y por eso, seguiremos viendo crecer estas situaciones.
sarasef@prodigy.net.mx
Escritora e investigadora en la UNAM
