Rodolfo Echeverría Ruiz
“Aquello del ‘carro completo’ ya se acabó”. Con tan premonitorias palabras abrió Reyes Heroles, hace tres décadas y media, una sesión extraordinaria del Consejo Nacional rector del PRI.
A partir de aquel momento (febrero 1972), el antiguo partido hegemónico dio principio a un programa de movilización, a escala del país, fundado en diversas certezas. Entre ellas, una básica: la saludable evolución de nuestro proceso democrático haría posible el ingreso a la legalidad de fuerzas cuyos imperativos y exigencias se incorporarían, tarde o temprano, pero de modo inexorable, a la vida institucional de la República.
El partido mayoritario debería prepararse para asumir una creciente competencia política e ideológica, social y electoral proveniente de formaciones enraizadas en diferentes regiones de nuestra geografía.
No todo el PRI —éste nunca ha sido monolítico— estuvo de acuerdo con esa decisión reformadora consistente en llevar hasta sus últimas consecuencias la estrategia concebida en las cabezas más talentosas del partido.
Uno de los eficaces instrumentos de tan noble idea, esencial para el futuro, estribaría en discutir, de manera paciente, sin límite de tiempo, con partidos y corrientes, líderes y comunicadores, académicos y periodistas, organizaciones obreras y campesinas, con la intención de convencer a quienes dudaban o resistían.
Se trabajó para sumar a la mayoría ciudadana —y a la entonces ya ancha sociedad política— al propósito remodelador de la escena nacional. Los más aceptarían el carácter inevitable de un cambio paulatino pero profundo. El país estaba urgido, como nunca antes, de expandir y consolidar su siempre inconclusa construcción democrática.
Sólo el PRI podía encabezar la trascendental mudanza. Organismo político decisivo, era el único actor capaz de involucrar de manera efectiva a legisladores, políticos y dirigentes sociales a fin de comprometerlos con el desempeño de un mecanismo de cambios tan hondos como los iniciados en aquellos tiempos germinales.
Si el partido más importante se cerraba o desistía ninguna otra fuerza hubiera podido operar de manera ordenada las complejas poleas legales y políticas cuya oportuna puesta en marcha inauguró un episodio de poderoso calado en la empresa constructora del México moderno.
El PRI dejaría de lado el indefendible “carro completo” para disponerse —de manera gradual, a veces desesperantemente parsimoniosa— a contender en pie de igualdad con otras expresiones políticas en ascenso.
Hoy, al cabo de un cuarto de siglo de suicidas desatinos neoliberales perpetrados en perjuicio de su base militante, escarmentado por la postulación de candidatos repelentes, el PRI debe reformarse a fondo a fin de recuperar el terreno político y electoral perdido.
Al final, las corrientes de vanguardia tomaron notoria delantera y el PRI encabezó el conjunto de reformas a la Carta Magna —y a diversos ordenamientos federales secundarios— cuya aprobación (1977, hace 30 años), con los votos unánimes de sus diputados y senadores, pondría en funcionamiento el esfuerzo ensanchador y estabilizador de la vida pública mexicana.
La llamada reforma política, concebida por Reyes Heroles durante sus días como presidente del PRI y coordinada por él mismo en sus tiempos de secretario de Gobernación en un gobierno surgido del mismo partido, nos llevaría, no sin dificultades, resistencias poderosas, vergonzosos engaños y deserciones lamentables, hacia la progresiva, lenta maduración de nuestro proceso democrático.
El gran desafío para la sensibilidad patriótica de los actores políticos consiste ahora en conducirnos, sin tiros ni traumas, hacia una mutación profunda apta para abatir la pobreza extrema, equilibrar la vida comunitaria e insertarnos en una economía social de mercado diseñada con el propósito de erradicar las desigualdades humillantes cuya persistencia torna inalcanzable un porvenir de bienestar y trabajo para los jóvenes.
Analista político
