Ya no hay tiempo

Raúl Cremoux

El absurdo es de tal dimensión que esos, nuestros teóricamente representantes, son en su conjunto el obstáculo más grande que se erige en el camino de nuestro desarrollo. Ellos, los legisladores, han demostrado a plenitud que sus intereses fundamentales están muy lejos de las necesidades de quienes dicen representar y a quienes, en su nombre, no dejan de expoliar.
Si hacemos de lado las excepciones que se dan en casi todos los partidos, el gremio es abiertamente decepcionante. No leen los proyectos de ley que les hacen llegar, ignoran los alcances de los documentos que tienen en manos, con frecuencia muestran una ignorancia de la cual hacen gala. Se muestran sumisos con sus jefes y rechazan cualquier intento, aunque fuera involuntario, de verse como seres libres y comprometidos con sus electores. Sus acciones son tan transparentes como los collares que les han colocado sus respectivos mentores y a veces, dueños.

Ante la propuesta de contar con leyes hacendarias mínimamente coherentes, responden arrojando piedras al camino que todos hemos de transitar; reacomodar el ISSSTE o el IMSS a la realidad lo ven como sinónimo de explotación popular tapándose los ojos ante el hecho de que en esas instituciones la saturación corre al paralelo de la corrupción. Adecuar Pemex al ajedrez competitivo internacional y llevar esa empresa a la eficiencia que demandan 100 millones de mexicanos es considerado como un intento de alta y perversa traición a la patria. Por supuesto, todos y cada partido político mantenido por el erario, como las cabras, tiran hacia el pedazo de monte que creen suyo.

Sus pocos días de trabajo anual, invariablemente, están aderezados de pequeños o grandes lujos que hacen valer hasta para cubrirse del menor aguacero; cuando en sus bien resguardadas comisiones, en tribuna o en declaraciones se hacen notar, de antemano sabemos tratarán de envolvernos con un rollo hueco y mareador. Confrontados contra hechos de plomo como puede ser el tan deseado y exigido cambio de formato en la rancia e intrascendente ceremonia del informe presidencial, su chillido es sintomático de una enfermedad esquizofrénica: ya no hay tiempo, cuando eso, precisamente eso, el tiempo es lo que les sobra.

De este modo, asuntos tan nimios como dar sustancia al debate democrático entre poderes es rechazado por las fuerzas que, en este país, debieran ser sus motores. Ausentes ante los fenómenos de la física cuántica, ignorantes del acelerado desarrollo de las coordenadas cibernéticas, distantes en conocimiento de los adelantos en microcirugía, nuestros diputados y senadores siguen detrás de sus trajes oscuros y corbatas brillantes, cumpliendo las órdenes y los caprichos de sus dioses temporales. Ellos, sus orientadores, investidos de nombres tan rimbombantes como jefes de mesas directivas, líderes de bancada, secretarios generales, presidentes de comités. Forman el conglomerado, el ente que junto con la Suprema Corte y el Ejecutivo debieran forman el triángulo de los acuerdos que hicieran girar el país hacia buen rumbo y no como ahora, hacia el mar de la incertidumbre, el desperdicio y la confrontación.

¿Tendríamos los votantes que pensar en una república ideal y más acorde con nuestras necesidades, donde no existieran los legisladores? Quizás en la utopía encontraríamos lo que tanto hemos venido buscando.

cremouxra@hotmail.com

Escritor y periodista

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