Poder común

Ramón Cota Meza

Irritación, preocupación, asombro, desconcier-to… Son algunos nuevos ingredientes del ánimo público provocado por sendas decisiones del Poder Legislativo la semana pasada. Hay confusión inherente a la celeridad y superposición de los hechos, pero los protagonistas también la esparcen. No obstante, parece haber claridad en que este cuartelazo parlamentario (11 de septiembre incruento) echa un golpe de dados sobre el futuro de la democracia mexicana.
Ante la elocuencia de los hechos en vivo y en directo, surge la inquietud de si los protagonistas están siendo llevados por la propia inercia hacia un nuevo sistema de gobierno, o si deliberadamente intentan imponer una “reforma de Estado” que no podrían ganar en la conciencia pública. Algunos involucrados preferirán cerrar los ojos ante la encrucijada que se abre, pero hay otros muy determinados, prepotentes incluso, que llaman a “asestar” el cambio de régimen de una vez por todas.

Es público y notorio que los más audaces se proponen instaurar alguna variedad de parlamentarismo, sistema carente de tradición, contexto continental y simpatía en México. Sería una decisión imposible de tomar a la ligera. Lo mínimo sería consultar a la ciudadanía antes de proceder. Sin entrar en disquisiciones jurídicas —lirio del pantano—, es hora de que la Constitución estipule el referendo para dirimir asuntos graves como el que se perfila. Algunos políticos podrían entenderlo.

La demanda de referendo salió espontánea en el encontronazo de empresarios, comunicadores y senadores la semana pasada. Casi la mitad de los estados de la república prevén alguna variedad de consulta popular. Si fuerzas ocupantes del Congreso se enfilan a modificar el sistema de gobierno, cada parlamentario está obligado a poner sus cartas individuales sobre la mesa. El propósito de alterar el régimen político provoca temor fundado.

Los adalides del parlamentarismo presentan su cometido con argumentos que provocan incredulidad. La verdad es que el tránsito a la democracia, al depender de la reducción del poder presidencial, terminó distribuyendo “demasiada igualdad” entre los poderes. Como no hay un poder que los gobierne, todos sienten tener fuerza para imponerse. La situación evoca el eufemismo “equilibrio de poder”, pero es claro que hay fuerzas en pos de su propia hegemonía.

La democracia se volvió sinónimo de arrancar funciones y parcelas al poder Ejecutivo. La clase política actuante está llena de sujetos así “empoderados”, cuya ambición agregada ha desatado una inercia tendiente a prevalecer hasta sus últimas consecuencias. Esto no significa que los parlamentarios estén contra el presidente Calderón. Al contrario: Calderón está con ellos, lo que fortalece la hipótesis de que hay una inercia desatada por fuerzas “demasiado iguales”, interesadas en permanecer así.

Los más vocales esgrimen proclamas políticas y guarismos de distribución de poder a favor del régimen que desean instaurar. Pero hay motivos para sospechar que sólo quieren constitucionalizar su modus operandi. Alarma: no vaya a ser que terminen creyendo su propio cuento o que la inercia los arrastre hasta un lugar donde la mayoría de los mexicanos no desea ir. El sentido común aconsejaría razonar las encuestas de opinión antes de lanzarse.

Los “demasiado iguales” parecen asumir que su actuación política es muy buena, opuesta a la imagen que les dan los medios, que buscan elevar su rating a costa de los políticos. El conflicto afloró en la controversia sobre la ley de radio y televisión. No sabemos dónde llegará el nuevo golpe al uno-dos contra el IFE y los medios, pues muchos agraviados responderán, mientras los políticos seguirán pugnando por prevalecer.

Si esta forma de hacer política es buena o mala, es tema de controversia; lo indiscutible es que no puede durar por su inestabilidad inherente. El país viviría con el Jesús en la boca, al garete de pasiones y ocurrencias. Se supone que las instituciones son creadas para durar, no para formalizar coaliciones oportunistas e inestables. Corremos el riesgo de normalizar lo anormal por falta del poder común que gobierne a los otros. Ese poder es la Presidencia de la República. ¿Habrá quién lo reivindique?

blascota@prodigy.net.mx

Analista político

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