Pirotecnia

Beatriz Paredes

En las semanas recientes, la opinión pública mexicana se ha visto envuelta en un debate tanto deteriorante para la política como estéril. Algunos de los elementos del mismo han sido:
La decisión del ex presidente Vicente Fox de seguir participando políticamente, su pretensión de ocupar espacios públicos. Esto, que sería normal en las democracias consolidadas, en la democracia mexicana tiene varios matices, derivados del exagerado e irracional culto a la personalidad que caracteriza al presidencialismo mexicano. Los presidentes, en México, en su periodo de ejercicio sexenal, si son ignorantes, se convierten en doctorados, por la letanía de aduladores que les rodean. Si son patanes, los interpretan como caballerosos y bromistas, y si cometen excesos y abusos de poder, son comprendidos y tolerados, con la falsa explicación de compararlos extralógicamente con algún otro personaje, según esto más abusivo, y al que se puede juzgar ya, porque no está en el puesto, como a quien coyunturalmente se alaba.

La cultura presidencialista de las élites económicas, políticas y mediáticas marca el estilo del quehacer político y distorsiona el debate en nuestra sociedad. No es de extrañar que después de seis años de jauja y alborozo, en los que un hombre con aptitudes y limitaciones, cuyo mérito fundamental —que para nada es menor, es incluso no sólo político, sino histórico— fue ser el principal protagonista de un proyecto que logró alternancia electoral en el sistema político mexicano, no es de extrañar, repito, que si ese personaje, ya sin el aura de la Presidencia de la República, pretende participar en la política, se encuentre con el terreno real, despiadado, de la arena encarnizada que es la real politik del juego de poder de nuestro tiempo, en el México de la transición inconclusa.

Así es. Del halago desmedido al Presidente en turno se pasa a la diatriba severa al individuo cuyo mayor título para la nueva circunstancia es el de “ex”. El ex tlatoani, ahora sin porvenir jerárquico político, previsible.

Mi impresión es que Vicente Fox no aquilató suficientemente esa situación.

Sin la protección de la investidura presidencial, participará en la política nacional como cualquier individuo, cuyas aptitudes y biografía serán determinantes para el papel que juegue. La sociedad mexicana y el Estado tienen el derecho, y el Estado, además, la obligación de juzgar excesos y, en su caso, corrupción, del régimen del ex presidente Fox, como un periodo histórico ya concluido. Al actual régimen panista se le presenta el desafío de si el discurso moralizador del PAN sólo es válido para el ejercicio público de administraciones de otra divisa política y será omiso con los suyos. Pero al ex presidente Fox se le presenta el desafío de reconocer su nueva realidad política, en la que actuará ya sin la armadura presidencial. Estoy cierta que fue la lógica de que “la mejor defensa es el ataque” la que lo movió a intentar confundir el verdadero debate, el que importa al Estado mexicano y a la opinión pública, respecto de si personas cercanas a él están involucradas en las causas del accidente del mar de Campeche. Al lanzar acusaciones infundadas al coordinador de los senadores priístas, Manlio Fabio Beltrones, pretendió distraer con fuegos artificiales, y trasladar la atención a una figura relevante del momento actual del ejercicio político del país. Pirotecnia inútil.

El senador Beltrones recibió la solidaridad de la mayoría en el Senado, la de su partido, el PRI, y la de muchos mexicanos que aprecian su solidez al frente de la bancada de senadores priístas y quedó evidenciado que el intento del señor licenciado Fox fue fallido.

Pero volvamos al fondo, y no dejemos que los fuegos de artificio nos distraigan.

Hay que discutir: ¿cuál es la reforma del Estado indispensable, que nos permita superar el presidencialismo exacerbado, los presidentes sacralizados, como cultura política, que, como contrapartida, lleva siempre al ostracismo obligado de los ex presidentes, y a su defenestración, generalmente inevitable?

¿Cómo lograremos que el combate a la corrupción y al abuso de poder no sea una cuestión político-electoral, en medio del escándalo, sino una actitud sistemática del Estado mexicano, independientemente de la pertenencia electoral de gobernantes e implicados?

Es evidente que tenemos cuestiones trascendentes que enfrentar como para enceguecernos con los fuegos de artificio.

correo@beatrizparedes.org

Presidenta nacional del PRI

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