José Luis Calva
Los Criterios Generales de Política Económica para 2008 (CGPE-2008), entregados por la SHCP al Congreso de la Unión, plantean dos escenarios económicos alternos, derivados de la aprobación (o rechazo) de la reforma hacendaria. A primera vista, la escasa diferencia entre ambos escenarios parece decepcionante: si la reforma fiscal no es aprobada, el PIB mexicano crecería 3.5% en 2008; si es aprobada, el crecimiento sería de 3.7%. En realidad, la mediocridad de resultados es proporcional a la mediocridad del cambio en la política económica.
Más aún, incluso estos pronósticos de crecimiento podrían resultar exagerados, puesto que se mantiene sin cambios la estrategia económica neoliberal que ha traído consigo un cuarto de siglo perdido para el desarrollo (con un crecimiento medio del PIB per cápita de apenas 0.7% durante el periodo 1983-2007). De hecho, los CGPE-2008 mantienen la fidelidad a la ortodoxia macroeconómica (que erige el binomio estabilidad de precios-equilibrio fiscal en objetivo prioritario a ultranza, aun a costa del crecimiento del PIB y del empleo), así como el apego a los demás dogmas del Consenso de Washington (la liberalización a ultranza del comercio exterior, la supresión o achicamiento de las políticas regulatorias y de fomento económico sectorial, etcétera).
Por el contrario, las evidencias empíricas universales muestran que el crecimiento económico acelerado y sostenido con equidad sólo es factible mediante estrategias económicas herejes al Consenso de Washington, que incluyan por lo menos los siguientes componentes:
Primero: políticas macroeconómicas (fiscales y monetarias) contracíclicas para promover el crecimiento sostenido del producto nacional y del empleo, erradicando los típicos ciclos de freno y arranque que generan una enorme subutilización promedio de la mano de obra y de la capacidad productiva instalada, afectando las utilidades empresariales y reduciendo las tasas medias de crecimiento de la inversión, del PIB y del empleo.
Segundo: políticas sectoriales y horizontales de fomento económico para impulsar el desarrollo de las actividades estratégicas y los encadenamientos productivos, mejorar la infraestructura y elevar la disponibilidad de crédito para las empresas. Su pertinencia deriva de la necesidad de crear sinergias permanentes entre los sectores productivos para asegurar la generación de suficientes empleos dignos; y para cerrar la brecha tecnológica y de productividad entre nuestros países y el mundo industrializado, impulsando el desarrollo de actividades económicas convencionales, pero también las industrias y servicios de alta tecnología.
Tercero: políticas educativas, de desarrollo científico-técnico, capacitación e inducción de la innovación, que contribuyan a la elevación general de la productividad y al desarrollo de industrias del conocimiento. De hecho, la formación de recursos humanos se encuentra en la base del éxito económico de las naciones; constituye una poderosa palanca para elevar la productividad y generar empleos cada vez mejor remunerados; y es elemento crucial para cerrar las brechas de ingreso y calidad de vida que nos separan de los países industrializados.
Cuarto: políticas sociales de cobertura universal (además de la educación, sistemas eficaces de salud, seguridad social, vivienda digna, etcétera) combinadas con políticas de ingreso claramente orientadas a reducir la desigualdad, como componentes esenciales de una estrategia de desarrollo económico incluyente, sustentado en un robusto mercado interno y en una sólida cohesión social.
Quinto: políticas hacendarias basadas en impuestos progresivos sobre el ingreso, que generen recursos suficientes para que el Estado cumpla cabalmente sus funciones en el desarrollo, asegurando su eficacia mediante sistemas integrales de transparencia, rendición de cuentas y auditoría social.
Ahora bien, las evidencias empíricas universales muestran también que ninguna de las anteriores políticas, aisladamente aplicada, es suficiente para desencadenar la magia del crecimiento económico sostenido con equidad. De allí los escasos efectos de la minirreforma hacendaria. Por eso, para superar la mediocridad en el crecimiento es necesario superar la pobreza de la estrategia económica.
Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM
