Mauricio Merino
Es obvio que el presidente Cal derón no cuenta con el respaldo de Manuel Espino. Lo que está por verse es cuál de los dos asumirá el liderazgo político de su partido, mediante la conformación del próximo Consejo Nacional del PAN. De ahí que las decisiones que tomarán los panistas reunidos en León, Guanajuato, desde el próximo 2 de junio, no sólo importen al destino de la organización política a la que pertenecen, sino al del gobierno federal en su conjunto. Es una obviedad, pues para el Presidente no será lo mismo gobernar con la lealtad de su partido que con su oposición.
Cuesta trabajo comprender la lógica de Manuel Espino y de sus seguidores, más allá de la otra obviedad que supone la ambición de conservar la cuota de poder que se les escapa entre las manos.
Sin embargo, todo indica que ese es el origen de la contienda absurda en la que se han metido, para tratar de hacer historia a contrapelo del sentido común más elemental. Enredado en un discurso de principios que se contradicen, el presidente del partido en el gobierno ha situado al presidente de ese gobierno como su adversario principal, y ha llegado hasta el extremo de incriminarlo como el jefe de una operación electoral ilegal en Yucatán, que además resultó fallida.
Seguramente le estaba hablando a sus correligionarios (otra obviedad) para eludir la responsabilidad de la derrota y, en cambio, achacársela a Calderón. Pero al hacerlo así, gestó el mayor ataque que se haya enderezado hasta ahora en contra de la actuación legal del Presidente. Y es obvio, también, que todavía no vemos las consecuencias definitivas de esa declaración airada.
No hay ninguna duda de que el Presidente necesita gobernar con su partido. Pero Manuel Espino opina de otro modo: desde su punto de vista (que además ha repetido hasta el cansancio), lo correcto es que el PAN gobierne a través de Felipe Calderón. Es decir, que el Presidente de la República responda con fidelidad a los principios políticos y morales de la organización política que le llevó al poder y que, además, coloque en todos los puestos del gobierno a sus copartidarios.
Quiere un gobierno corporativo, a imagen y semejanza del que combatió el PAN durante prácticamente toda su historia. Pero es obvio que no se hace cargo de esa contradicción flagrante, pues su lectura de la democracia no consiste en la pluralidad sino en los turnos: si ayer le tocó a los del PRI, ahora le toca a los del PAN.
Para el Presidente, ganar el Consejo Nacional del PAN será apenas el principio de una tarea, mucho más ardua, para derrotar el “fuego amigo” (según la expresión que se acuñó en esa misma organización) y construir un aparato político que de veras le resulte afín. Y en ese sentido, la historia del país no augura nada bueno.
Podrá afirmarse que se trata de episodios difícilmente comparables, pues aluden a los gobiernos que fueron del PRI, pero no sobra recordarlos: cuando al principio de los años 30 se decía que “aquí vive el Presidente, pero el que manda vive enfrente”, el general Lázaro Cárdenas no solamente cambió de residencia, sino que tuvo que renovar prácticamente todo el aparato partidario que lo convirtió en jefe del Estado.
Deshacerse del maximato de Plutarco Elías Calles no fue una operación sencilla: cambió generales, gobernadores, senadores y diputados que le eran fieles al jefe del partido, cambió el nombre y la conformación misma de su organización política (de PNR a PRM), y diseñó, casi por completo, lo que a la postre sería el verdadero régimen de la Revolución Mexicana. Un régimen que, entre otras cosas, dio lugar al nacimiento del PAN.
Tampoco fue fácil para el presidente Zedillo gobernar sin su partido. En el ocaso de ese régimen inventado y construido por Lázaro Cárdenas, el PRI no logró asimilar el tránsito hacia la pluralidad política que se desplegó en los tres últimos lustros del siglo XX y abandonó la lógica del liderazgo presidencial indiscutible.
El presidente Zedillo logró sentar las bases del cambio democrático, pero nunca consiguió ganar la simpatía ni el respaldo político de su partido. Para el país fue una buena noticia, pero el costo para sus huestes fue la pérdida del poder ante el adversario, en una nueva realidad electoral. Un PRI dividido y descolocado por las novedades democráticas (que ni siquiera aceptaba la palabra transición) fue finalmente incapaz de contener la demanda por el cambio que encarnó Vicente Fox.
Es probable que la preocupación más importante de Manuel Espino sea la de evitar que ese PRI, que cayó al tercer lugar en las elecciones del 2006, se levante ahora como la clave de bóveda del gobierno de Felipe Calderón. Pero no será oponiendo más obstáculos como conseguirá ese propósito.
Más allá de las comparaciones, el hecho es que su actitud más bien estaría empujando al Presidente (como le ocurrió a Zedillo) a construir más alianzas con sus adversarios leales que con sus infieles partidarios, mientras intenta hacerse de un aparato político que lo respalde personalmente (pero sin los medios que tuvo a mano el presidente Cárdenas).
En cambio, es obvio que la opción de enderezar un gobierno panista inmaculado es imposible. Ni siquiera es necesario recordarle a Manuel Espino que, con o sin ayuda de Los Pinos, las elecciones también pueden perderse, sino que bastaría con tener un ábaco para demostrarle que la pluralidad política es ya un hecho contundente en México y que nadie sensato puede exigirle a Calderón que la ignore por completo, en aras de seguir el catecismo azul.
Por lo demás, cuesta trabajo imaginar que Felipe Calderón, que nació y creció panista, carezca de credenciales propias para defender esos principios que tanto le preocupan al líder político de su partido.
La última obviedad es que, de ganar el Consejo Nacional, Manuel Espino derrotaría a Felipe Calderón. Y un presidente derrotado entre sus propias filas, y situado en un entorno de presiones políticas cruzadas, no podría gobernar en absoluto. Sería uno de los mayores triunfos de la oposición que, obviamente, aplaudiría el éxito de Espino.
Profesor investigador del CIDE
