Rafael Pérez Gay
“Sus ojos, su garganta, sus labios, todo en usted me recuerda a usted; excepto usted misma, ¿cómo se lo explica usted?”, le dice Groucho Marx a Margaret Dumont mientras la corteja en la primera escena de Una noche en la ópera. Corría el año de 1935 y los hermanos Marx conocían el éxito rotundo filmando para la Metro Goldwyn Mayer.
En 1937, la Metro produjo otra de las películas más taquilleras de los años 30: Un día en las carreras. La fama de los Marx tocaba el punto más alto: Groucho y la Dumont coincidieron en la pantalla otra vez, él como un veterinario que se finge médico y ella como la rica hipocondríaca Emily Upjohn que le dice a su médico de cabecera: “No era consciente de que sufriera de nada hasta que lo conocí a él”.
La prensa internacional ha conmemorado los 30 años de la muerte de Groucho Marx (1890-1977) en recuerdo de una de las mayores obras humorísticas, satíricas, absurdas e inteligentes del siglo XX. Julius Henry Marx fue el tercer hijo de Sam y Minnie Marx; los otros hermanos fueron Leonard, Adolph, Herbert y Milton (Chico, Harpo, Zeppo y Gummo, quien nunca se interesó por la actuación). Después de años de trabajo en la escena, a finales de los años 20, los hermanos Marx habían logrado una fama sólida en el teatro de variedades y una personalidad única en el mundo del espectáculo: Harpo nunca hablaba en escena, Chico adoptó el acento de un inmigrante italiano y Zeppo asumía el papel de galán.
El centro del cuarteto era Groucho, su destreza con el lenguaje realzaba el perfil de sus hermanos y su enloquecida capacidad para improvisar convertía el escenario en un manicomio de la burla y la irreverencia: “Bebo para hacer interesantes a los demás”, “Nunca olvido una cara, pero en tu caso haré una excepción”.
En su libro El ABC de Groucho, Stefan Kanfer ha recordado que la edad de oro de Groucho fue “una época desenfadada en la que coincidieron George Gershwin (que solía disfrazarse de Groucho para las fiestas), Irving Berlin (autor de la música para el primer espectáculo de los Marx en Broadway, Los cuatro cocos), J. S. Perelman (quien escribió parte de los guiones de Pistoleros de agua dulce y Plumas de caballo), James Thurber, Robert Benchley y Doro-thy Parker que, al igual que Groucho, eran columnistas habituales de la revista The New Yorker”. Mientras actuaba en las películas centrales de la filmografía de los Marx —El conflicto de los Marx (1930), Plumas de caballo (1932), Sopa de Pato (1933), Una noche en la ópera (1935) y Un día en las carreras (1937)—, Groucho escribía guiones, obras de teatro, artículos, ensayos.
En 1931 publicó Camas. El público ignoró la aparición del libro y Groucho declaró esto: “En vez de comprar mi libro Camas, los lectores se entregaron a las suyas. Nadie quiso tener que ver con Camas, las familias permanecieron de pie”. Ciertamente, lo suyo no era la obra organizada sino la improvisación loca, espontánea, el dolor de cabeza de quienes lo dirigieron en cine, radio y televisión; nada, por cierto, que no estuviera contenido en la idea del guión como ejercicio de libertad y espacio de rebeldía. En la película El conflicto de los Marx, Groucho interpreta el papel de cazafortunas; el trotamundos Capitán Spaulding improvisaba así: “Amigos míos, les voy a describir ese grandioso, ese maravilloso continente lleno de misterio que es África. África parece ser obra del mismísimo Señor, y por mí puede quedársela”. El escritor de la película, George S. Kaufman, se daba de topes ante los cambios de su obra bajo la piqueta de la improvisación.
En el ocaso de su trayectoria, un equipo de guionistas le preparaba a Groucho chistes a mansalva para toda ocasión. En el programa televisivo Apueste su vida (1947-1960) se convirtió en un comediante destilado, sereno, dueño de sí mismo aunque también en su propia parodia, en el cómico que le dice a una pareja de recién casados de edad avanzada: “Nunca olvidaré el día de mi boda… en vez de arroz nos tiraron vitaminas”. Al final, la vejez lo obsesionaba: “Cuando un hombre llega a su edad, Bill, a nadie le sorprende que uno comience a caerse a pedazos. Quizá deba cambiar de pegamento”. Ciertamente Chaplin fue genial; Buster Keaton, el rey del humor impasible; Laurell y Hardy, conmovedores. Yo me quedo con la plenitud del humor moderno de Groucho Marx. Dicen que un día pidió que en la lápida de su tumba se inscribiera este epitafio: “Perdonen que no me levante”.
Escritor
