Rogelio Ramírez de la O
La noción de que los fundamentos eco-nómicos de México lo hacen inmune a la crisis económica externa es equivocada. Si la intención de quienes comunican este mensaje es buena, a la larga resultará contraproducente. No hay nada que cause más enojo en la opinión pública que perder dinero y al mismo tiempo descubrir que la economía no era lo fuerte que le habían dicho. Y si no, que le pregunten a Carlos Salinas de Gortari.
Los comentaristas sobre mercados financieros hoy todavía le llaman “volatilidad” a lo que es una pérdida de enorme magnitud en la riqueza mundial, causada por la contaminación de créditos. La quiebra de hipotecas en EU ya afectó a otros mercados, pues los inversionistas que invirtieron en valores hipotecarios a su vez lo hicieron en otros negocios. Al ser obligados a reconocer las pérdidas de hipotecas, los inversionistas vieron cerrarse súbitamente sus fuentes de crédito. Los mercados mundiales de crédito son un sistema de vasos comunicantes.
México está más que expuesto y de ahí que la bolsa de valores y el peso cayeran en días pasados, sólo para recuperarse temporalmente por la inyección masiva de fondos de los bancos centrales. Inevitablemente el crédito externo a empresas mexicanas se va a encarecer y así lo hará el crédito interno.
Que los fundamentos económicos de México son “buenos”, es un enunciado que siempre debe tomarse en las circunstancias del momento y no como verdad absoluta. Si el déficit fiscal es cero, pero la desaceleración mundial reduce los precios del petróleo, el presupuesto resentirá el faltante de esos ingresos. Si el costo de crédito aumenta en el mundo, costará más la deuda mexicana, con efectos negativos sobre el déficit público y sobre la cuenta corriente externa. Esto y muchas cosas más alteran los fundamentos.
Los pilares de la estabilidad macroeconómica mexicana en los últimos años han sido: 1) el crecimiento en EU; 2) el alto precio del petróleo, y 3) las remesas de trabajadores en EU. Siendo EU el origen de una fuerte desaceleración económica, en especial en vivienda, México es el país de América Latina más expuesto. El crecimiento estadounidense será muy bajo en 2007 y 2008, entre 1.5% y 2%, contra 2.9% el año pasado. El crecimiento de México no pasará de entre 2.2% y 2.7%, insuficiente para crear empleo.
La construcción de vivienda en caída libre y el menor crecimiento del consumo estadounidense causarán menos empleos para los mexicanos en ese país y nulo crecimiento de remesas, en el mejor de los casos. El mismo crecimiento débil causará un debilitamiento del precio del petróleo tarde o temprano. Pero México tiene además el problema de una caída en el volumen de extracción de petróleo, al haber agotado sus reservas.
Todo lo anterior descompone radicalmente los fundamentos económicos. No es probable que en un ambiente de tanta debi-lidad económica la reforma fiscal mejore mucho la situación. Para empezar, en una economía que no crece, donde empresas y particulares enfrentan mayores problemas económicos, cobrar más impuestos es muy difícil. Y al final de cuentas el mismo dinero sólo pasará de unas manos a otras.
Es más, acompañado lo anterior de una posible caída de las remesas, el impacto social sería muy grave, pues millones de familias sufrirán pérdida de ingreso disponible, mucho más que si se recortaran los programas sociales oficiales.
Algo se puede hacer frente a un choque externo de esta magnitud. El gobierno debería comenzar por recortar su burocracia y su gasto, aun antes de aumentar impuestos. A nadie la va a gustar que le cobren más cuando su economía familiar ya sufre.
También el gobierno debería enfrentar la situación con la verdad frente a la sociedad y no culpar al Congreso de la crisis, por ejemplo, argumentando que es por la falta de las llamadas reformas estructurales. Por el contrario, en gran medida la vulnerabilidad de México, el riesgo de menor extracción de petróleo, el costo de las importaciones de gasolina, o la falta de empleo son producto de las malas estrategias económicas de los últimos años. Sería un error no admitir eso y tratar de culpar a alguien más por la crisis.
A diferencia de otras crisis como la de 1982 y 1995, una como ésta encontraría una sociedad mexicana mucho menos tolerante hacia verdades a medias. También encontraría estructuras familiares poco sólidas, después de tanta migración, falta de oportunidades y pérdida de valores. Por eso no debe optarse por falsas salidas.
rograo@gmail.com
Analista económico
