Misiles a la reforma migratoria

Antonio Rosas-Landa Méndez

Los dos componentes esenciales que deben ser incluidos en la reforma migratoria son: 1. regularizar a los 12 millones de indocumentados que viven en Estados Unidos; 2. crear mecanismos que regulen el flujo migratorio, evitando con ello una nueva crisis en 10 o 20 años.
Sin embargo, los políticos no se comportan bajo la premisa del “deber ser”, y para probarlo la iniciativa de reforma que discute el Senado es todo menos perfecta.

El proyecto de ley abandona la larga tradición en que los residentes legales o ciudadanos estadounidenses patrocinan visas a familiares para que reúnan sus vidas en este país.

El cambio encierra un conflicto ético pues se establecería un mecanismo de puntos en el que más crédito se da a quienes cuentan con habilidades “en demanda” y sepan inglés, que al hermano o la madre de un residente legal o ciudadano.

El fin de los mecanismos migratorios basados en los lazos familiares provocó que los activistas pro inmigrantes se opusieran rotundamente a la propuesta. Y hay más imperfecciones en el citado proyecto de ley.

La iniciativa también sostiene el absurdo requisito que obligaría a los indocumentados a salir a sus países de origen. El capricho busca cumplir con un tecnicismo: que al regresar lo hagan cumpliendo con la ley, como si las aguas del río Bravo fueran benditas para lavar el pecado de la irregularidad.

Para acabar con la inmigración ilegal, Estados Unidos no debe construir muros ni promover un Estado policiaco, sino regular la migración para abastecer su mercado laboral. Esto significaría incrementar el número de visas para trabajadores de alto y bajo entrenamiento en un número que podría superar un millón.

Regular el torrente migratorio-laboral es la única solución para mantener competitiva la economía estadounidense y de paso permitiría el regreso del imperio de la ley, pues el país se concentraría en evitar la entrada de terroristas, narcotraficantes y otros criminales a su territorio, olvidándose de perseguir a gente honesta que busca oportunidades.

Desafortunadamente, es improbable que el Congreso estadounidense establezca criterios flexibles para regular la migración futura. Su oferta inicial fueron 400 mil visas de trabajo adicionales que fueron miserablemente cortadas a la mitad (200 mil) con una enmienda.

A pesar de sus defectos, la iniciativa migratoria es lo que tenemos y con eso habría que trabajar; o dicho en argot mexicano: “Habría que arar con los bueyes que Dios nos ha dado”.

En el enrarecido ambiente político estadounidense enmarcado por una carrera presidencial adelantada, los acuerdos bipartidistas se antojan casi imposibles.

Por eso el hecho de que 12 senadores de los partidos Demócrata y Republicano se hayan unido para empujar la imperfecta propuesta migratoria es un signo de esperanza. Tanto los ultraconservadores tendrían que mover sus posiciones como los ultraliberales deberán ceder. ¿Sería una ley imperfecta? Seguramente, pero significaría un avance en el caos migratorio.

Por eso me parecen condenables las más de 40 enmiendas propuestas a la iniciativa de reforma que han sido discutidas esta semana. Una que parecía muy noble, presentada por el senador demócrata Robert Menendez, buscaba que 4 millones de personas que solicitaron inmigrar bajo el criterio de lazos familiares pudieran beneficiarse.

El fin parece inobjetable, pero Menendez sabía que de ser aprobada su enmienda hubiese provocado la ruptura de la alianza bipartidista encabezada en el bando republicano por el senador Jon Kyl. De ambos lados del espectro político se han lanzado misiles-enmiendas que quieren reventar la delicada unidad de los patrocinadores de la ley.

Lo anterior debería llevarnos a pensar que de lograrse una nueva ley migratoria en el Congreso no sería ni remotamente lo que solucionaría el reto de la migración irregular. Sin embargo, si logra sacar de las sombras a más de 12 millones de indocumentados (6 millones mexicanos), ese sería, por sí mismo, un gran avance.

La experiencia nos demanda tener una visión más aguda, pues algunos que se dicen “amigos de los inmigrantes” se comportan con frecuencia muy lejos de lo que dicen ser. Mientras que los antiinmigrantes al menos tienen el cinismo de no ocultar su pensamiento retrógrado.

Alanda@Tribune.com

Jefe de la página editorial del diario ´HOY´

¡Comparte la nota!