Julián López Amozurrutia
En estos días se cumplen 15 años del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre México y el Estado Vaticano, prolongación del cambio constitucional de los artículos tercero, 24, 27 y 130 de nuestra Carta Magna, llevado a cabo semanas antes, que daba pie al reconocimiento de la personalidad jurídica de las iglesias e implicaba a la vez la aceptación de la relevancia social de las organizaciones religiosas.
El balance de este tiempo, en general, es favorable. En primer lugar, se ha superado una situación que duró más de un siglo, en la que se desconcía oficialmente a las religiones, aunque en la práctica se debía convivir con ellas y no como un factor secundario. Delante de la ficción, pues, que se vivía, el cambio significaba un paso adelante en la normalización democrática.
Pero dicho cambio institucional señalaba otro tema más interesante, que las tensiones posteriores han demostrado se encuentra aún a medio camino: el de la integración cultural de los diversos protagonistas de la sociedad y de la asimilación de los procesos históricos que hemos sufrido como nación. En esto, todavía hay mucho camino por recorrer. Nos encontramos en un momento en el que conviene leer con calma nuestra historia, y revisar con serenidad las fracturas y heridas que las polarizaciones nos han dejado.
Un moderno Estado laico no tiene por qué verse afectado por las relaciones con iglesias y confesiones religiosas. Es cierto que 15 años son poco tiempo en la perspectiva del desarrollo cultural, social e institucional. Existe aún en ciertos medios una sistemática desacreditación de personas que expresan su opinión en calidad de creyentes.
En los medios de comunicación confluye de manera extraña un interés enorme por obtener declaraciones de representantes de la jerarquía católica, una notable ignorancia en temas religiosos (baste pensar, como ejemplo, en la generalizada costumbre de llamar “homilía” a la misa) y en algunos casos el manejo irónico y parcial de la información. Nada más injusto y desproporcionado que seguir con lupa acciones vergonzosas de algunos clérigos e ignorar sistemáticamente su aportación a la educación, la salud, la promoción de los más pobres y la defensa de los derechos humanos. Esto lleva con frecuencia a una lectura parcial y tendenciosa de las acciones de la Iglesia. No creo que la solución deba ir en la línea de volver a las respuestas ambiguas y sin compromiso que se daba antaño para evitar ver con claridad las posturas de los creyentes.
Con todo, ello se debe en parte a un temor histórico que es momento de superar. No es intención de la Iglesia católica dictar una línea de acción a los representantes públicos, y mucho menos proponer un Estado confesional. Este argumento, sin embargo, se utiliza con frecuencia cuando algún representante de la Iglesia o incluso algún laico creyente desea manifestar su parecer, sus posturas o convicciones sobre los más diversos temas. La libertad religiosa no tiene por qué oponerse a la libertad de expresión.
A mi parecer, no nos encontramos en un momento de cristiada ni en uno de persecuciones jacobinas. En la enriquecedora interacción de diversos pareceres, es posible y necesaria la aportación de todos, incluso los que brotan de una convicción religiosa.
Como parte de las celebraciones de estos 15 años, México obsequiará los ángeles que adornarán esta Navidad el nacimiento de la Plaza de San Pedro, realizados por Agustín Parra, y el nacimiento que adornará el Aula Paulo VI. El nacimiento se encuentra en el centro de la fe cristiana y forma parte notable de la identidad cultural mexicana. Los símbolos y el arte son pioneros de una armonía que aún está en proceso de construcción.
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Sacerdote y teólogo católico
