La mascarada narcisista

María Teresa Priego

“Podemos dedicarnos a una vida tranquila, nos ganó el gusanito de sentirnos activos, jóvenes y con mucha energía para entregarla a los demás. Sería muy egoísta quedarnos con nuestra propia vida”. Esta última frase, qué joya para un manual del pensamiento y el fraseo narcisista. Podríamos calificarla de ingenuidad extrema, sólo que cuando la ingenuidad alcanza dimensiones tan espectaculares, cuando niega la realidad y a los otros hasta ese punto, se llama omnipotencia. Y la omnipotencia no es nunca un dato menor.
No sucede por azar ni se le da a cualquiera; es el eje de la personalidad narcisista, su continuo punto ciego. Su blindaje contra la realidad. Contra la depresión y el derrumbe interior. Podrían quedarse en su rancho, él montando a caballo y ella nadando (¿sin público?), pero sería de un egoísmo infecto. “Podrían vivir tranquilos”, se sacrifican para no privarnos.

El narcisismo es un delirio de completud: ellos no necesitan. Son necesitados. No van por sus evidentísimos intereses, son altruistas. No ostentan, comparten. Son grandiosos en su humildad: hablan de su desayuno. De su digestión. De la carne asada y “los fijolitos”. Temas apasionantes. No es indispensable que cumplan reglas; para ellos fueron creadas las cláusulas de excepción. De allí esa sorpresa ultrajada cada vez que su público —al que suponen cautivo— se les “insubordina”.

“La mascarada”, escribió Alberto Aziz, en EL UNIVERSAL. Sí. La puesta en escena. El falsete. Desde la campaña. Alberto llamó a Fox “el provocador”. Difiero de él en este único punto; creo que le concede demasiado. No creo que Fox y Sahagún hayan posado en Quién para “provocar”. Quizá el mecanismo es bastante más rudimentario: posaron porque exhibirse es una compulsión. Están convencidos de encarnar un ideal fascinante.

Porque no hay existencia posible sin el laberinto de espejos. Como escribió Vaknin en Malignant self love: “El narcisista pasa su tiempo en un debate interior: A) ¿Es él único? B) Si esto es verdad, ¿hasta qué punto puede ser comunicado y documentado?”. O en palabras de Oscar Wilde: “Hay sólo una cosa en el mundo peor a que hablen de ti, y es que no hablen de ti”.

“Aquí vivo, he vivido y viviré”, Fox. Nadie niega esa porción de verdad; está en duda si ese rancho que se llama idéntico es el mismo. ¿Con qué recursos se transformó? Cada año hizo su decla-ración patrimonial. Sí. Pero, ¿corresponde a la realidad? “Alguien, no conozco sus razones, me quiere desprestigiar”. Un cerebrote maléfico lo persigue. Debe ser el mismo que lo obligó a exhibirse en Quién. “Las últimas calumnias… unos cuantos llenos de maldad quieren frenar a quien ha vuelto a casa con la conciencia y el corazón tranquilos”, Sahagún. Hasta que la investigación arroje sus resultados, no sabemos si son “calumnias”. Podríamos creerles que tienen el corazón tranquilo, como afirman, sólo que a los mexicanos no nos prueban nada sus estados de ánimo.

Cada vez que los Fox se indignan, se ofuscan, se quedan sin aire ante la respuesta a sus puestas en escena; tengo la impresión de escuchar a Hansel y Gretel. Vivían en el bosque en estado de gracia. Ingenuos y puros. Entregados a las actividades más nobles. La “maldad” se desató intempestivamente contra ellos. ¿Cómo sucedió? Ellos no fueron causa de conflicto alguno. Si alguna “responsabilidad” tuvieran, no se desprende sino de sus virtudes. Los “quieren frenar”. Los envidian. Es increíble que a estas alturas los Fox no hayan aprendido aún que sus imaginarios personalísimos no pueden ser decretados como la realidad. No es exportable. La “locura a dos”.

Escritora

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