México ante América Latina

Ricardo Pascoe Pierce

El Plan Nacional de Desarrollo, presentado por el presidente Calderón el 30 de mayo, contiene una definición importante sobre la política exterior de México. En su parte medular, señala que el gobierno de la República seguirá una política exterior conforme a los lineamientos establecidos por la Constitución: la autodeterminación de los pueblos, la no intervención, la solución pacífica de las controversias, la proscripción de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, la igualdad jurídica de los Estados, la cooperación internacional para el desarrollo y la lucha por la paz y la seguridad internacionales.
A partir de esta definición esencial se procede a enumerar las regiones del mundo del interés del país: América Latina y el Caribe, América del Norte, Europa, Asia-Pacífico, África y Medio Oriente. La primera reflexión del Plan Nacional de Desarrollo, en materia de política exterior, tiene que ver con América Latina y el Caribe.

El hecho de iniciar el análisis en torno a América Latina y el Caribe habla de una clara conciencia de la importancia histórica y política que representa la región para nuestro país. Si bien un objetivo expreso del PND es el de aumentar el intercambio económico y comercial entre México y la región, lo cierto es que, por ahora, el patrón de relación obedece más a razones y contenidos políticos que a aspectos del intercambio económico y comercial. La explicación de ello es simple: por un lado, se encuentra el efecto “imán” que ejerce la economía estadounidense sobre de todas las economías de la región. Pero, en segundo lugar, está la propia “regionalización interna” de América Latina. El Mercosur es un instrumento económico-comercial de Sudamérica, como existe un mercado común andino y el Caricom en el Caribe, además del mercado común centroamericano. En este sentido, América Latina y el Caribe tienen profundas diferencias internas, además de una gran heterogeneidad estructural y social.

A esa realidad se tiene que dirigir México. La ambivalencia geográfica de nuestro país -ubicado como puerto de entrada y salida de América del Norte y también como separación entre norte y sur del continente, además de baluarte de cultura latina ante la anglosajona del norte- hace que nos encontremos políticamente atrapados en medio de una verdadera disputa de proyectos de culturas y naciones, además de regiones. Entender y aceptar esa realidad es el punto de partida para construir una política exterior verdaderamente representativa del país.

Es de vital importancia para México, buscando una clara representatividad en el concierto de naciones, fortalecer su identidad latinoamericana. Ese factor juega a nuestro favor a la hora de negociar acuerdos con otras regiones del mundo. Especialmente con Estados Unidos. Fortalecer la idea de México como una “otreidad”, distinto a los países de América del Norte, y también con singularidades frente a América Latina, ofrece la posibilidad de negociar con una baraja de intereses y presiones más amplia y compleja, reduciéndose así el “facilismo” a las exigencias de otros actores. Como es obvio, no todo en la política exterior puede, o debe, reducirse a las cuestiones económicas, sino que los factores políticos (como lo son, por ejemplo, las presiones políticas en momentos de crisis internacionales) son de una importancia decisiva.

Es más, en política exterior, muchas regiones del mundo donde México no tiene intereses económicos ni políticos evidentes pueden convertirse en factores de gran relevancia para nosotros, como Irak, por los efectos económicos y de seguridad que produce la guerra en esa nación, o países como Arabia Saudita, habida cuente su impacto en el mercado petrolero mundial. El punto es muy simple: en política exterior no lo es todo la economía.

El PND, en el apartado sobre “democracia efectiva”, identifica la crisis de credibilidad que tiene la idea de la democracia entre los mexicanos. El 59% de los mexicanos no está satisfecho con el funcionamiento de la democracia en el país. Para abordar ese problema crucial de nuestra cultura política es indispensable asegurar la “continuidad” y congruencia entre la política interior y la exterior. México no puede vivir con una personalidad escindida, como lo hicimos durante demasiados años del priato. La promoción de una cultura democrática en el mundo es consecuente con la misma promoción entre los mexicanos. Nosotros, y el mundo tenemos aún un camino que recorrer en ese sentido. El PND apunta el quehacer de la administración pública en la dirección correcta. El asunto es cumplir.

ricardopascoe@hotmail.com

Analista político

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