Menos de un minuto

Rafael Pérez Gay

Muestro mis credenciales. El informe más anti-guo de que guardo memoria salió de la cabeza cuadrada de los asesores de Díaz Ordaz. Hablamos del año de 1966 ó 1967. El más reciente informe ocurrió hace cuatro días y provino de la cabeza cuadrada de los asesores del presidente Calderón. Han pasado 40 años y puedo asegurar que nunca aprendí nada de la inflamada prosa presidencial, no recuerdo ningún dato interesante, no extraje de toda esa palabrería algo que no olvidara una hora después de terminado el mensaje.
Acumulé en cambio horas de aburrimiento, frases incomprensibles y algunos nombres que no sé cómo quitarme de encima. Algunas veces, por ejemplo, me viene a la mente el nombre de Luis H. Ducoing y eso me perturba. Mi cultura del informe presidencial se desprende de los tiempos en que todo se ordenaba bajo la mano de hierro del presidente y se difumina en la época de la gritería democrática de la Cámara. Aseguro que los textos siempre han sido tediosos hasta el desmayo y quizá han expuesto en sus páginas exageraciones, falsedades, deformaciones incontables de la realidad mexicana.

En un autoanálisis intenso decidí que había terminado para siempre con los informes, pero pisé no sé qué trampa imprudente de la costumbre y entré a la casa del primer Informe de Gobierno del presidente Calderón. La idea era más o menos simple: entresacar y comentar la información presidencial sobre la cultura en México. Pan comido. Caí en cuenta, además, de que quizás padezco el síndrome de deficiencia de atención. Soy refractario a las cifras, las olvido apenas las oigo. A ver, quién me dice cuántos barriles produce diariamente Petróleos Mexicanos. Si usted lo sabe al bote pronto y no trabaja al menos en Pemex, usted está loco o es un ocioso monumental o pertenece al sindicato. Mientras oía las encomiables y autoelogiosas palabras presidenciales descubrí que el documento que leyó Felipe Calderón fue tan aburrido como cualquiera de sus predecesores, que lo ovacionaron a ciegas como a cualquiera de sus antecesores y que el Presidente se retiró satisfecho después de perorar durante más de una hora. Una verdadera antigualla, como si nos vendieran un coche modelo 79 diciéndonos que acaba de salir de la fábrica.

De la cultura ni sus luces. O mejor, unas cuantas sombras puestas en no más de 150 palabras. Las ideas dedicadas a la cultura aparecieron y se fueron como los fantasmas, sin que nadie ofreciera pruebas de su existencia. El presidente Calderón le dedicó menos de un minuto a los asuntos culturales.

Así me enteré de que en estos meses se han realizado 33 mil 45 actividades de difusión cultural y de que a la exposición de Frida Kahlo asistieron casi medio millón de personas. Éxito rotundo. También me pareció oír que el Presidente afirmó que “se crearon espacios de entretenimiento sano”. No voy ahora a meterme a dilucidar qué es lo sano y qué lo enfermo en materia de cultura. Despachado el asunto en menos de 60 segundos, el Presidente pasó al tema de los graves asuntos educativos, y a otra cosa mariposa.

Todos los presidentes mexicanos se sienten incómodos con el tema de la cultura. La única razón que se me ocurre para explicar esta incomodidad es que nuestros mandatarios son incultos, incapaces de hablar con naturalidad de sus simpatías y diferencias culturales, de una novela, de un poema, de una película, de una obra de teatro, en fin, de algo que no sea la macroeconomía o la seguridad o los vientos electorales. Quizá los presidentes saben de finanzas o de leyes (aunque a juzgar por los resultados lo dudo muchísimo), pero si la cultura no pasa por el tema educativo y la matrícula y la currícula y todo lo que termine en el ula-ula, la cultura no existe.

Cuando era presidente, Bill Clinton hablaba de Faulkner porque había leído a Faulkner, y esto no quería decir que Clinton fuera un erudito en letras. Precisamente, mientras oía el rollazo del presidente Calderón, entreleía una entrevista con Rodríguez Zapatero en la cual declaraba que le gustaba la poesía de Gamoneda. Nuestros presidentes, y Calderón confirma la regla, no consideran a las diversas expresiones culturales como eje de la estructura del conocimiento sino, si acaso, como parte del entretenimiento. Por esta razón no hay cultura en los informes, así de simple y así de penoso.

Escritor

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