Macario Schettino
Con la excusa de la celebración del Día del Trabajo, se renuevan las manifestaciones en contra de la modernización de la vida nacional. El miércoles 2 de mayo, grupos pequeños de personas cerraron vialidades importantes de la ciudad de México, mientras otros grupos, igualmente pequeños, tomaban casetas de peaje ya fuese para cerrar momentáneamente el tránsito o para dejar pasar gratuitamente a los automovilistas. Estos grupos estaban formados, principalmente, por miembros de la CNTE y por estudiantes, aunque hubo también paros en algunas universidades, apoyados por los sindicatos correspondientes. El día anterior, la dirigencia de la Unión Nacional de Trabajadores (UNT) había insistido en un agresivo discurso contrario a las reformas económicas. Especialmente la ya aprobada, la del ISSSTE.
Dice la canción que la vida es una tómbola, y tiene razón. Quienes alguna vez son radicales, se transforman con el tiempo en conservadores, y acaban siendo hoy simplemente reaccionarios. Pero como nuestro imaginario fue construido por décadas alrededor de una mitología muy especial, nos parece que la reacción es sólo ese pequeño grupo que sigue añorando tiempos ya muy pasados y que espera que la Iglesia católica vuelva a guiar los destinos de la nación. En la misma línea, calificamos de conservador al mocho, al tradicionalista, y con eso nos conformamos.
Es un error. Conservador es quien quiere mantener las cosas como están, mientras que reaccionario es quien no se conforma con esto, sino que busca restablecer lo que ya desapareció. A como están las cosas, y a pesar de todo lo que usted ha aprendido, hoy el conservadurismo en México no está principalmente en la derecha. Quienes buscan hoy mantener el estado en que están las cosas, los conservadores, se agrupan en los partidos revolucionarios. Precisamente por eso su nombre, porque quieren conservar la revolución, esa entelequia que nos costó tanto. El siglo XX, nada más y nada menos.
Pero hay también, al interior de esos partidos, grupos fuertemente reaccionarios que quieren regresar a un pasado en el que sus privilegios no eran cuestionados, como lo son hoy. Nuevamente, no se trata de esa reacción que denostaban los maestros en la escuela, que si bien existe, es absolutamente inocua. La reacción hoy está conformada por sindicatos que no entienden que sus tiempos de privilegio nunca regresarán; por centrales campesinas que son capaces de inventar cualquier excusa con tal de recuperar los subsidios de los que han vivido por décadas; por profesores y estudiantes que siguen soñando con el triunfo de la revolución popular; por movimientos urbanos en busca de rentas, de prebendas, de permisos para taxis, para la venta ambulante, de vivienda gratuita.
Estos grupos son reaccionarios, porque quieren regresar a un pasado ya ido. En su amplia ignorancia, no dudo que muchos crean que están apuntando al futuro, a pesar de que la utopía que persiguen haya fracasado hace 20 años. Muestra clara de la incompetencia de nuestro sistema educativo, hoy mismo los jóvenes estudian secundaria y preparatoria no sólo sin adquirir herramientas para enfrentar con éxito la vida productiva, sino además reforzando creencias anacrónicas. Por eso ni siquiera se dan cuenta de que pertenecen a la reacción.
No se desprende de lo anterior que otros partidos sean, por comparación, adalides de la modernidad. No puede serlo, por ejemplo, el PAN, en el que hay grupos de esa reacción de caricatura que todavía es guiada por las sotanas. El problema profundo que enfrentamos en México es que tenemos en los partidos amplios grupos conservadores y reaccionarios. Y aunque en todos hay quienes entienden los tiempos, no han logrado imponerse. Y aquí sí los partidos revolucionarios van a la zaga.
Puede parecer extraño que partidos, frentes y medios de comunicación que se asumen de izquierda sean reaccionarios. En realidad no lo es. Simplemente estamos en el siglo XXI, no en 1930. En aquellos años, defender los privilegios de corporaciones, tener un discurso socializante y asumir un papel de víctima frente al imperialismo tenía algún sentido. Poco, según la historia nos enseña. Pero hoy, eso es simple y llanamente la reacción.
El éxito de México en el siglo XXI implica la derrota de esa reacción. O su transformación profunda. Esto sería mejor, para todos. No sé si es posible.
macario@macarios.com.mx
Profesor en la EGAP del ITESM-CCM
