Los límites del victimismo

Leonardo Curzio

Se puede entender que el perredis-mo viva molesto. En los últimos años ha sido perseguido, reprimido, marginado, robado y usado. No es fácil borrar de un plumazo tantas humillaciones. Hace unos días recordaba Alejandro Encinas que el registro como partido del PRD es una herencia de su abuelo, el Partido Comunista, hecha efectiva en 1989. Todas las penalidades que vivieron en su momento los comunistas las llevan a cuestas como parte de su memoria colectiva.
En los tiempos del régimen priísta la naciente corriente perredista vio cómo le robaron las elecciones en 1988 y cómo todavía en los primeros años de la década pasada, cientos de sus militantes fueron reprimidos. Eso no se olvida, ni se digiere fácilmente.

No hace mucho tiempo tampoco que la izquierda perredista era marginada olímpicamente de los medios de comunicación. Cárdenas fue proscrito por las televisoras en sus primeras campañas, en un atroz acto de censura y su trabajo político se hacía literalmente con el esfuerzo de sus militantes.

A estas tropelías externas se debe agregar la sensación de malestar provocada porque oleadas de priístas desplazados lo han usado como refugio temporal para rehacer sus carreras. La sensación de ser un partido más usado que querido está a flor de piel en sus fundadores. Y finalmente flota en el aire la frustración de haber perdido la elección de 2006 y sentir el rechazo abierto de la comunidad empresarial y de las clases medias.

Es natural que después de tantos palos se haya desarrollado una cultura del victimismo que impregna el discurso y el actuar del perredismo. El victimismo, sin embargo, no puede ser un elemento legitimador para deslizarse por la pendiente de la falta de ética, la corrupción política y la mentira sin acabar pagando un alto costo.

Ser víctima de agravios pasados no autoriza a cerrar los ojos de manera permanente sobre los vicios propios; de la misma manera que es arduo justificar a una mujer que ha sufrido malos tratos y violencia y por ello comete despropósitos e ilegalidades contra otras personas. Entenderla no equivale a justificarle todo.

En su lucha por el poder el PRD ha entrado a una escalada de mentiras calculadas y de dobles discursos impresionantes de las que no estoy seguro podrá salir moralmente incólume.

Las peticiones iracundas de transparencia que se exigen al gobierno panista se convierten en tímidas autocríticas a la hora de informar de los dineros del erario de la capital que han sido desviados a propósitos partidistas y que han dado como resultado que los propios diputados locales del PRD le avienten cobijas al secretario de Desarrollo Social, Martí Batres.

El victimismo no da para que al mismo tiempo que proclaman los efectos deletéreos del gasolinazo se siga defendiendo, como si el honor patrio estuviera en juego, un subsidio de 32 mil millones de pesos para Luz y Fuerza. Dar más subsidio a Luz y Fuerza que a la UNAM es infame. Tampoco es fácil girar a la cuenta de los agravios pasados, el control de grupos con rasgos corporativos y mostrar sin demasiado reparo un nacionalismo xenofóbico, impropio de un progresista, sin salir seriamente dañado en una disputa de principios.

La gran derrota moral de los antaño agraviados es que una vez llegados al poder (o en su lucha por llegar) han hecho cosas impresentables. Baste ver la hipocresía de los que se indignaron por la guerra sucia de 2006, hoy no se privan de colgar a sus propios compañeros de partido el sambenito de lacayos de Los Pinos y para ello no requieren de asesores extranjeros, sus caricaturistas hacen la tarea, muy nacional, de hacer pomada el prestigio del adversario.

Analista político

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