Macario Schettino
Hoy, justo hace un año, casi 42 millo-nes de mexicanos estuvimos formados en largas filas frente a las casillas para elegir la opción que nos parecía mejor para gobernar este país. El día transcurrió tranquilo, aunque se percibiera tensión en las urnas. Fue hasta la noche, cuando encuestas y conteos rápidos no podían definir al ganador, que empezó el conflicto. Tanto el PREP, simple mecanismo informativo, como el conteo distrital realizado tres días después, dieron el triunfo a Felipe Calderón por menos de 250 mil votos, apenas medio punto porcentual de diferencia frente a Andrés Manuel López Obrador.
En esos tres días empezó a construirse el mito del fraude, alimentado de flagrantes mentiras del candidato derrotado, de errores de la autoridad electoral y de la muy natural suspicacia nacional. Incluso se construyó una estrategia en la alianza perdedora para que los conteos distritales abonaran a la sospecha. La consigna “voto por voto” ganó calles y plazas, aunque nunca se presentaría formalmente ante el tribunal. Cuatro semanas después de la elección, el domingo 30 de julio, López Obrador inició un plantón desde el zócalo hasta la fuente de Petróleos, por todo Paseo de la Reforma. Ahí estarían hasta el 13 de septiembre. Además, hubo al menos dos intentos serios de usar la violencia para impedir el orden constitucional, el 1 de septiembre y el 1 de diciembre.
Si la campaña electoral había sido amarga, en parte desde el asunto del desacato y el desafuero, el periodo posterior a los comicios fue desgastante. En la capital del país, el único y verdadero bastión obradorista, la tensión era ubicua. Además, en esos meses la incompetencia de Vicente Fox alcanzó su máximo nivel, lo que permitió tanto el ascenso de un movimiento rayano en la subversión en Oaxaca, como la pérdida absoluta de control del narcotráfico.
La toma de posesión de Calderón, en una Cámara de Diputados convertida en terreno de combate, con todo y barricadas, parece haber sido el clímax de esos meses de tensiones, desazón y miseria humana. Ahí terminó el año electoral, y en buena medida el movimiento obradorista, que desde entonces sólo ha podido mantener pequeños piquetes de gritones en algunos actos del Presidente, amén del consabido control de su plaza fuerte, administrada sucesivamente por dos muy débiles encargados de despacho, a quienes les quedaría mejor el epíteto que López Obrador tanto gusta de asestar al Presidente.
Pero si las olas amainaron desde entonces, hay corrientes que se alteraron y que siguen estando presentes. Esa es la verdadera herencia de 2006, que supera las anécdotas, aunque de ellas se alimente. Percibo tres grandes diferencias producto del proceso que culminó el año pasado. En primer lugar, esa elección representó el último intento del régimen de la Revolución de regresar al poder. López Obrador era el gran restaurador autoritario que podía detener la transición a la democracia y recuperar la esencia del viejo régimen. No lo logró, y eso abre el camino a una nueva recomposición del mapa político nacional, con características parecidas a la ocurrida entre 1985 y 1988. En eso estamos, y le haría bien al PRD comprender lo profundo del fenómeno, si tiene esperanzas de sobrevivir.
La segunda alteración tiene que ver con la agenda nacional, donde el intento restaurador tuvo más éxito. Así como en 1994 vimos resurgir el indigenismo, generador de esperpentos legales y vacíos discursos, así en 2006 regresó el pobrismo, el rencor y el nacionalismo xenófobo que por décadas caracterizó a un régimen autoritario. Un pésimo diagnóstico nos impide hoy tomar decisiones necesarias para garantizar la viabilidad del país en el mediano plazo.
Finalmente, López Obrador y su movimiento nos dejaron un tercer legado, más doloroso que los otros, aunque menos relevante desde la perspectiva social. 2006 fue un año de ruptura. Resquebrajó amistades, alejó familiares, destruyó redes. Arrastró consigo periódicos, conductores, intelectuales, apelando a sus más profundas fibras emocionales, enajenando su racionalidad. Un año después, las vísceras todavía les impiden el pensamiento.
En 2006, los mexicanos derrotamos la restauración autoritaria; reincidimos en el discurso premoderno, y perdimos una parte de nosotros mismos, en medios, en opiniones y en amigos. Tal vez así se construya la historia, pero hay que reconocer que no es un proceso grato.
macario@macarios.com.mx
Profesor de la EGAP del ITESM-CCM
