Y la inmoralidad seguía ahí

Leonardo Curzio

Somos un país adicto a las emocio-nes fuertes. Hace un año, muchas voces auguraban que el proceso político derivaría en un conflicto de dimensiones incalculables. Vamos, hasta de guerra civil se hablaba. Los hechos han venido desmintiendo esos presagios y la conducta de la sociedad ha llevado a ubicar en su justa dimensión la profundidad del problema y los métodos para intentar resolverla.
La frivolidad con la que las élites políticas y económicas enfrentaron el problema del año pasado denota una estrechez de Midas y una falta de sensibilidad colosal; por un lado, las fuerzas conservadoras insistían en el peligro obradorista; hasta la fecha siguen repitiendo que la bala pasó cerca. Por el otro lado, la izquierda, en una visión profundamente maniquea, creyó que denunciar el agravio histórico de las clases populares era suficiente para transformar al país, y bastaba con proclamarlo para concitar el apoyo de la mayoría. La sociedad valoró la profundidad de la injusticia que vive México y por primera vez se oían expresiones, no exentas de preocupación política por el hecho de que los que menos tienen quisieran convertirse en una fuerza política mayoritaria.

López Obrador en un grave error de cálculo creyó que la causa era él y que el pueblo que confió en él lo seguiría en su juego de desprecio a las instituciones y su pantomima de proclamarse “presidente legítimo”. La legitimidad de su causa no llevó a la gente a aprobar sus desplantes santanescos y le dejó en claro una vez más que el método para transformar la realidad hoy por hoy es el democrático. Por su parte, el panismo y la derecha económica harán bien en entender lo que el Presidente parece haber captado ya y es que la fractura social no fue un invento de López Obrador. La fractura está ahí y es necesario recomponer el tejido social. Por tal razón, la derecha cometería un grave error si considera que el devenir esperpéntico del movimiento obradorista significa que pueden seguir jugando a la democracia mientras siguen repartiéndose privilegios, eludiendo al fisco y episódicamente mostrar cristiana consternación por los niveles de pobreza de la gente.

La narrativa del caos, de la guerra civil en puerta, del México bronco que asoma sus fauces para beber sangre ha demostrado que propende al sensacionalismo; sin embargo, reposa en una verdad monumental, y es que la miseria no es un mito como el fraude electoral.

De no haber respuestas desde las instituciones democráticas a las necesidades de la gente, su frustración podría derivar en motines regionales, ya Oaxaca dio el primer aviso, o en un movimiento anárquico que vaya colapsando con movilizaciones aquí y allá la convivencia democrática. México necesita empleos bien pagados, necesitamos repartir mejor la renta nacional y eso depende de decisiones empresariales que no todo el mundo quiere tomar. Necesitamos también un fisco que recaude más, y no tantas planeaciones financieras que le ahorren a los acaudalados el pago de más impuestos. Somos el único país en el que la izquierda es la principal paladina contra los impuestos y que se niega a reconocer, como palmariamente nos lo demuestra la experiencia chilena, que para distribuir riqueza hay que generarla (Chile crece a 6%) y recaudar impuestos, incluido el denostado IVA (Chile recauda el doble que México y no tiene renta petrolera). La redistribución del ingreso para generar cohesión social sólo se ha conseguido por una recaudación eficiente y un gasto público redistributivo.

A un año de aquel proceso que conmovió a México, las grandes lecciones me parecen dos: una es que la gente quiere democracia y paz social, no tiene el ánimo levantisco de alguno de sus caudillos; la segunda es que el pueblo es paciente, pero la inmoralidad de un sistema económico que puede pagar salarios de miseria sigue vivo, la inmoralidad sigue entre nosotros.

Analista político

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