Ricardo Pascoe Pierce
A pesar de que aún no se ha aprobado una nueva ley de reforma electoral —vaya, ni siquiera se tiene un proyecto aprobado en comisiones—, estamos ante la posibilidad de hacer el esbozo de algunas lecciones que van perfilando el proceso de discusión y debate ante las propuestas que cuentan (o no) con el consenso de los tres principales partidos políticos.
Una primera conclusión se deriva de que, en el marco de la discusión de la llamada reforma del Estado, les fue muy fácil a los legisladores acordar que el primer paso para lograr una reforma del Estado pasaba por la reforma electoral. En realidad nunca hubo una explicación satisfactoria de esa decisión, por parte de la comisión encargada de la reforma. Pero la explicación es muy sencilla: es lo que más les interesa a los legisladores y a las dirigencias partidistas. Según esta lógica, antes de la transformación del andamiaje del Estado y sus órganos integrantes, además del marco jurídico correspondiente y la definición de las nuevas relaciones entre actores, se resolvió pactar algo tan específico y concreto como las normas electorales de una institucionalidad inexistente. Es como construir una casa empezando por el segundo piso.
Acto seguido se desataron las pasiones más esenciales de todos los partidos. El PRD tiene muchas facturas que cobrar, producto de su interminable frustración por el resultado electoral de 2006. Claro, en vez de ventilar su violencia en contra de los votantes que no sufragaron por ellos, lo hacen en contra de instituciones perfectamente identificables: el IFE, los medios de comunicación, la Presidencia de la República. El PRI espera, básicamente, destituir a los consejeros del IFE, confiados en su capacidad de maniobra para hacerse de una mayoría de ellos con miras a las elecciones federales de 2012. El PAN cede posturas para “legitimar” las elecciones que vienen. Frustración, maniobra y legitimación. Las grandes motivaciones de una nueva ley electoral para México.
La reforma electoral ha demostrado la fragilidad de la discusión y debate político en México. Interesante: sectores de la sociedad civil se han organizado para expresar, públicamente, sus opiniones sobre el tema, discrepando en puntos esenciales con las frases que han expresado los legisladores. El proceso ha polarizado a los grupos y sectores que intervienen en las elecciones. Las diferencias han enfrentado las opiniones de tal manera que la ferocidad ha alcanzado niveles sorprendentes entre actores y participantes en el debate. El resultado final del proyecto legislativo probablemente dejará mucho que desear, y no resolverá las disputas y enfrentamientos entre fuerzas políticas. Éstos seguirán, sin duda alguna.
¿Será posible transitar de este segundo piso a la planta baja, a la verdadera reforma del Estado? ¿Cuándo se ha logrado una reforma de gran envergadura en México? ¿Bajo qué condiciones? Las grandes reformas se han dado luego de devastadoras guerras civiles. La guerra de la Independencia, la reforma juarista y la Revolución Mexicana precedieron, en cada caso, la conformación de un nuevo pacto político-social dominante en la sociedad, paso previo al parto de una nueva Constitución. Una Constitución es un acuerdo político para darle gobernabilidad al país, al gobierno y los órganos del Estado. También construyen la legitimidad necesaria para poder asegurar el funcionamiento “armónico” de las decisiones que se toman en nombre del Estado.
Lo que nos muestra la construcción de una ley electoral “de segundo piso”, sin referencias de haber atendido el andamiaje institucional de un nuevo Estado y con severos conflictos dispersos en todo el proceso, es que el siguiente paso, justamente el de la construcción de una auténtica reforma del Estado, es una imposibilidad teórica y práctica. Es una imposibilidad teórica, pues no existen las condiciones históricas para un nuevo pacto político-social en México, puesto que las fuerzas políticas realmente existentes no tienen ninguna motivación para lograrlo. Y es una imposibilidad práctica, pues los actuales legisladores han quedado atrapados en sus propias dinámicas partidistas y de intereses personales, también sin motivos para salir del jaripeo en el que se encuentran atrapados. Es más, ante la imposibilidad de una reforma mayor a las instituciones del Estado mexicano, la única solución que encontraron los partidos fue, y sigue siendo, la aprobación de una reforma electoral interesante, pero de ninguna manera fundamental para sanar las heridas de la República. Ira, maniobra y legitimación.
ricardopascoe@hotmail.com
Analista político
