Alberto Begné Guerra
Ahora que estamos inmersos de nueva cuenta en uno de los debates centrales de las llamadas reformas estructurales, el de la reforma hacendaria, revisé la magnífica edición de las ponencias y conferencias del foro El Crecimiento Económico y la Globalización (regalo de mi querido amigo Joaquín Araico), organizado por el Senado de la República y el Banco de México en octubre de 2003. En particular, volví sobre la exposición del excepcional estadista español Felipe González, quien además de encabezar la consolidación democrática en su país hizo de España un modelo de desarrollo económico y bienestar social que constituye un paradigma de referencia obligada.
Lo primero que vale la pena destacar es la distinción que hace el ex presidente de España entre los objetivos y los instrumentos. Una distinción que los dogmáticos de uno y otro signo no quieren o no pueden hacer, para mal de México. Decía Felipe González: “En la izquierda deberíamos aprender que no son los instrumentos, sino los objetivos, los que nos definen; que los objetivos pueden tener un grado de permanencia y de fidelidad alta, pero los instrumentos pueden y deben ser versátiles. No nos debemos casar con los instrumentos, sino con los objetivos que perseguimos”.
La discusión de las reformas y, más aún, la posibilidad de construir desde la izquierda una opción responsable y moderna de gobierno que permita ampliar los espacios de consenso dentro de la pluralidad, suele quedar atrapada en la valoración de los instrumentos, sin reparar, precisamente, en su carácter instrumental. Si las cosas se pusieran en orden, si se tuviera mayor claridad y compromiso en torno a los objetivos, seguramente la valoración y la definición de los instrumentos sería un asunto mucho más sencillo, pues supondría un ejercicio racional sobre la eficacia o la pertinencia de los mismos en un determinado contexto. No una cuestión de dogmas ideológicos o juicios morales.
Cito de nuevo a Felipe González: “Creo, francamente, que si uno tiene un discursito ideológico lo puede llevar por todas partes. Incluso puede durar 50 años ó 20 ó 30, sin alterarlo, y suponer que mientras menos cambie más fiel se es a la ideología. Aunque la realidad se transforme mi discurso no va a cambiar. Lo que estoy diciendo es una provocación absolutamente intencionada. El problema de la pobreza, o mejor dicho, el problema del desarrollo, no es un problema solamente moral. Lo primero que hay que lograr es crecer, capitalizar al país, y cuando el crecimiento florezca le va a llegar a todo el mundo.”
Las izquierdas en nuestro país han enfrentado muchos problemas para lograr sus objetivos fundamentales: la superación de la desigualdad y la construcción de un piso universal de bienestar social, en un marco de libertades individuales y crecimiento económico. Esto se explica en muchos casos por el anclaje a dogmas ideológicos que siguen sin resolver la exigencia de alcanzar el equilibrio entre los principios de igualdad y libertad; por la persistencia de los caudillajes, o por la pretensión de hacer política desde el terreno tan fácil como inútil del juicio moral.
Quienes así actúan han fracasado una y otra vez, y lo seguirán haciendo. Pero el problema no radica en la suerte de los cruzados, sino en el daño que generan cuando hacen de sus causas personales un obstáculo para la construcción de acuerdos políticos. El valor incuestionable del pensamiento crítico degenera en una autocomplacencia profundamente irresponsable y destructiva cuando los instrumentos se ponen por delante de los objetivos a la hora de las decisiones y la acción política.
El reto consiste en ampliar los espacios del consenso, lo cual supone diálogo, acuerdos y alianzas. Y es que ante los grandes desafíos de un país tan desigual, el compromiso ético de la política es construir soluciones y dar resultados. En estos tiempos cruciales para el futuro de México, se requieren oposiciones a la vez responsables y firmes, dialogantes y críticas, eficaces y constructivas, donde el debate en torno a las reformas sea de verdad un debate racional sobre la mejor manera de lograr los objetivos de libertad y bienestar social.
Presidente de Alternativa Socialdemócrata
