Rafael Pérez Gay
Circula en librerías un ensayo que busca responder algunas preguntas esenciales de la cultura en México: Las alusiones perdidas, de Carlos Monsiváis (Anagrama, 2007). Se trata del discurso con que Monsiváis recibió el premio Juan Rulfo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, presentado por José Emilio Pacheco y aumentado y corregido más tarde por el mismo autor para formar un breve libro que es, o debería ser, uno de los hechos culturales más relevantes de la temporada por la complejidad de las preguntas que plantea y la vocación reflexiva para resolverlas. Entre la batería de cuestiones que propone destaca una que se desdobla y rige el libro entero: “¿En qué momento y por qué motivo la lectura y la cultura definidas clásicamente (artes, música, teatro, cine de calidad) pasan a ser algo que se envía a las regiones del tiempo libre, mientras que los medios y la industria del entretenimiento son para demasiados ‘la realidad’? Y un gran interrogante: ¿cuándo se pierde, en definitiva, la causa de las humanidades como formación central?”.
Del mismo modo podría añadirse: ¿en que momento el debate de ideas y la confrontación de argumentos complejos dejó de ser la bisagra de la vida pública mexicana? Podría incluso aventurarse un boceto de respuesta: en ese momento dantesco en el cual programas televisivos de cómicos como La Escuelita se encumbraron en el gusto popular y cuando nuestra clase política deambuló en andrajos conceptuales por las sombras del Congreso de la Unión.
El título, Las alusiones perdidas, se refiere muy puntualmente a la forma en que se extraviaron los referentes culturales en el tráfago mediático, la catástrofe educativa, la renuncia del humanismo, la hecatombe del lenguaje, el encumbramiento de la vulgaridad, la fe ciega en el ciberespacio. Sin referencias más o menos claras no hay posibilidad de la formación de un gusto y menos de un canon, un sentido de las proporciones que hiciera notoriamente distintos al empeño intelectual de la rusticidad y a lo chocarrero de lo serio en nuestra cultura.
Monsiváis explica, apoyado en Cozarinsky, que al hablar de “nuestra cultura” se refiere “a las minorías ilustradas y al circuito de las sociedades que, influidas por estas minorías, creen en la complejidad estética por fe, no por ejercicio de la demostración, y se emocionan con algunos poemas, algo de música clásica, algunas novelas, algunas tesis sobre el ser humano y el ser nacional y, sobre todo, exhiben su pasmo admirativo ante el lenguaje, cuyo empleo virtuoso provoca reacciones estéticas donde no se creería probable que surgieran”.
Un momento culminante, clave: la expulsión del humanismo ocurre, propone Monsiváis, en el currículum educativo de 1970, cuando se le confía al reino de las imágenes la formación de las nuevas generaciones y la gran mayoría renuncia a la lectura de poemas, “cuando la literatura no es el punto de partida de la estructura del conocimiento, sino, francamente, un entretenimiento que no alcanzó el grado de los deberes escolares”.
Las alusiones perdidas es un ensayo necesario y urgente para el mundo del periodismo; su contenido debería convertirse en un texto no sé si gratuito, pero sí obligatorio para el diarismo. En el parágrafo “Periodismo y escritura: ¿qué es escribir bien?”, Monsiváis alude a uno de los puntos neurálgicos de la prensa actual, “un gremio que en lo interno cree cada vez más en las imágenes y menos en las palabras. Todavía hace medio siglo persistía la certeza: escribir bien es lo primordial en poetas y novelistas, y es la obligación de la élite periodística, porque escribir bien es un requisito de la lectura en voz alta de la mente, y es la compensación periodística por lo inconfiable de las noticias”.
La noticia entonces es que Monsiváis ha regresado al ensayo cultural de actualidad entendido como una de las tramas fundamentales del trabajo del escritor. Menos coyuntura política y más complejidad cotidiana. Esta vuelta implica la defensa de la letra impresa, de los libros, de los poemas memorizados, de la necesidad de que un texto sea presentado del mejor modo y de que el pesimismo sea una vez más una forma de la inteligencia, ahí donde el método expositivo, la difusión del estilo y la organización temática aclaran el entramado conceptual sin el cual todo es oscuro. Si la casa mexicana no hubiera cerrado sus puertas al debate y no hubiera entregado sus interiores a la idea de que lo que no aparece en la televisión no existe, Las alusiones perdidas ya estaría discutiéndose en las más diversas zonas de la vida pública.
Escritor
