Mauricio Merino
Fue el general Lázaro Cárdenas quien escribió que, en política, nadie está completamente vivo ni completamente muerto. Y esta afirmación, que era cierta para los individuos que competían por el poder político en la época autoritaria de México, sigue siendo válida en nuestros días para los partidos que gobiernan el nuevo régimen. Y lo es, desde luego, para el Partido Revolucionario Institucional.
A pesar de haber perdido la Presidencia en el año 2000 y de haber caído al tercer lugar de las preferencias electorales en los comicios del 2006, el PRI nunca estuvo muerto y, por el contrario, hoy parece haber encontrado el camino para recuperar la salud. No sólo le ha sacado todo el jugo posible al tripié que le sirvió para sobrevivir al cambio de siglo, sino que ahora le ha añadido una nueva dosis de pragmatismo político y un nuevo discurso ideológico.
El tripié al que me refiero está formado por sus gobiernos locales, su fuerza parlamentaria y sus sindicatos afines. Es verdad que todas esas piezas están mermadas, si se las compara con el pasado hegemónico de ese partido. Pero si la comparación se hace con los medios políticos que están al alcance de sus adversarios, se verá que esos recursos siguen siendo muy poderosos.
Si ese tripié no le fue suficiente para competir con ventaja en las elecciones del año pasado, fue porque la candidatura de Roberto Madrazo le acarreó muchas más pérdidas que ganancias. Lo que hoy ese líder político identifica como traiciones fueron en realidad querellas y desacuerdos que se fueron acumulando hasta su derrota.
El partido que ayer se creía invencible, y que fracasó por hartazgo en el año 2000, volvió a perder la competencia más importante por los excesos de un personaje que confundió la presidencia de su partido con el gobierno del viejo régimen. Y si el PRI se había debilitado con creces en 1987 por sus rupturas internas (que llevaron a la creación del Frente Democrático Nacional, con Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo a la cabeza), 20 años después volvió a romperse, aunque por razones y modos muy diferentes, con la salida y las venganzas cobradas por Elba Esther Gordillo.
El primer momento obedeció a la negación de cualquier posibilidad democrática interna y el partido se desgajó por la izquierda; el segundo respondió a la negación de las cuotas de mando corporativo que le reclamó la maestra y el partido se fracturó por el lado derecho. La primera vez arrebató el resultado, pero en la segunda perdió con sus propias armas. No obstante, todo indica que aprendió la lección.
Después de su segunda (¿o tercera?) derrota, el PRI ya no se quebró más, sino que procesó el cambio de su liderazgo con una disciplina admirable, y entendió muy rápido que la polarización a la que llamaba Andrés Manuel López Obrador era, para ellos, una oportunidad de oro. Agraviado por la forma en que perdió la elección, el líder del PRD abandonó la plaza que había ganado como la oposición de izquierda más importante de la historia de México y le cedió el terreno de la agenda pública y la política práctica a su viejo adversario. El tripié volvió a funcionar y, apenas en unos meses, el PRI hizo suyo el proyecto de reforma del Estado que antes había planteado con tenacidad Muñoz Ledo y se adueñó de la cancha. De modo que mientras el país debatía el destino de las instituciones electorales y discutía la polarización generada entre izquierda y derecha, Manlio Fabio Beltrones consiguió que el Congreso comprara la agenda para reformar el Estado y el PRI recuperó el privilegio de poner los temas y los medios para volver al primer plano de la vida política nacional.
Desde otro de sus tres pies, el PRI también se ha ido quedando con la agenda política del federalismo. De un lado, se subió pronto y bien a la reforma planteada al artículo sexto constitucional para postular la mayor transparencia posible en los gobiernos locales. De otro, se ha convertido en el interlocutor principal del gobierno para darle viabilidad a la reforma fiscal que se había venido aplazando, sin rendir sus banderas tradicionales y sin abandonar la idea de ganar más recursos para los gobernadores de los estados: una reforma que, entre otras cosas, se plantea a modo de la nueva situación política de ese partido.
Y además, no sólo ha logrado recuperar terreno en las elecciones locales recientes, sino que también ha entendido que su próximo candidato a la Presidencia seguramente saldrá de un gobierno estatal exitoso. Triple ganancia: el PRI será el articulador clave del nuevo arreglo fiscal, traerá más recursos para sus gobiernos locales y preparará el camino para participar con mejores credenciales en la próxima contienda presidencial. Todo eso, mientras el PRD delibera sobre el sentido de la política y el PAN busca un arreglo sensato con su propio gobierno.
La pieza más frágil está en los sindicatos que siguen fieles al PRI. No sólo por las cuotas de corrupción que los siguen sangrando, sino porque todavía no encuentran una salida que no suponga una nueva ruptura interna.
En cambio, su pie sindical ha servido para recuperar paulatinamente el discurso socialdemócrata que alguna vez quiso construir (así sea solamente un discurso), y ganar terreno como oposición de izquierda al gobierno, en los términos de Beatriz Paredes. Tanto así, que el PRI está a punto de adueñarse de la franquicia ganada por Alternativa Social Demócrata, gracias a la coalición que formarían para competir en los comicios de Veracruz. Una alianza que le vendría como anillo (ideológico) al dedo priísta, y que ha puesto al liderazgo de Alternativa en un jaque entre la supervivencia pragmática y la fidelidad a sus ideas propias.
El PRI está convertido en una verdadera aspiradora política. El tripié que le ha sostenido desde el año 2000 no sólo ha impedido su ruptura, sino que se ha vuelto también un apoyo indispensable para el gobierno. Es el tercero en discordia, pero ha sabido aprovechar con creces esa posición, mientras sus adversarios siguen deliberando cómo será el futuro de México.
Profesor investigador del CIDE
