María Teresa Priego
Hay una Frida y otra Frida. Una mujer se desdobla. Hay dos mujeres diferenciadas, pero son la misma. Sucede también en la pintura de Nahum Zenil. Un Nahum vestido de charro posa junto a una Nahum vestida de china poblana. “Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas”, escribió Borges, el mismo que narra como en un hotel. Miró a su otro yo. Muriéndose. Dorian Gray envilecido observa cómo sus actos corrompen su imagen, mientras su belleza superflua permanece. Hasta un día. El célebre doctor Jekyll se transforma en míster Hyde. El vizconde demediado de Calvino es un ser noble y un malvado, que actúa por el mundo a sus dos hombres opuestos.
El tema del doble en el arte. Como juego. Como castigo. Como conjuro. Como expresión de una angustia inhe-rente a la condición humana: somos sujetos divididos por dentro. Nos conocemos y nos desconocemos. La alteridad interior es la más cotidiana de las coyunturas. Sí. Pero hay una pregunta angustiante: divididos, ¿qué tanto? Que no sea demasiado. Para permanecer en la realidad. Quedarse del lado de acá. Ser capaces de vivir esos principios básicos de la salud mental: La capacidad de empatía. La capacidad de amar. La capacidad de mirar a los ojos de otra persona y aprehenderla en su humanidad. Lealmente. Fascinante coincidencia: los cimientos que sostienen la más elemental ética de vida son los mismos que sostienen eso que llamamos “salud mental”. ¿Cómo sucederá la salud? Quizá en una negociación compleja con la alteridad interior, que si se logra permite reconocer. Que la otra persona de la realidad existe. De su contundente existencia.
Leía una antología de cuento de Juan Molina: Álter ego. Doppelgänger es la palabra alemana para nombrar al doble. Es muy impresionante. Molina cita a Pessoa: “¡El horror metafísico del Otro!/ ¡Este pavor de una conciencia ajena/ como un dios espiándome!/ “Otro” está con mayúsculas. Otro interno o externo. Al que imaginamos que controla. Que nos somete a sus decretos. ¿Hasta dónde podría? Icela Lagunas publicó en EL UNIVERSAL las declaraciones de un hombre que asesinó a una mujer. No tenía con ella agravio alguno en el registro de la realidad: “‘Le robé la vida. Pido que se me comprenda y que no se me sacrifique. ¡No soy un asesino!’”.
Lo “obligaron”. “Como si un rayo saliera de ella hacia mí y se metiera en mi cuerpo. Es una experiencia fea, única, el alma se le salió del cuerpo hacia mí. Se cierra el mundo, perdí la noción de los lados”. Qué horror. No miente. Expresa. Su “verdad” disociada. De sujeto “poseído”. Por “alguien” que trae dentro. Los extremos. El doppelgänger en el arte. Otredad sublimada. El doppelgänger del delirio. En un crimen. El arte y el crimen. Como la diferencia. Entre el sujeto dividido interiormente, que es cada uno. Con sus límites. Y el sujeto estallado en su división interior. Sin límite alguno.
“El inconsciente está estructurado como un lenguaje, y puede por lo tanto ser descifrado”, Lacan escribió así uno de los momentos más temibles y esperanzadores de la civilización occidental. Hasta donde se pueda. Al inconsciente. Mejor “descifrarlo” que negarlo. Igual se manifiesta. En la vigilia o en el sueño. Anarquista. Outsider. Memoria del amor y el desamor. Guardador de deseos y rabias insospechados. Lo que escondemos de nosotros mismos. Y que termina “hablando”. ¿Qué estoy haciendo? ¿Quién habló por mí cuando dije “eso” que “yo jamás hubiera dicho”? ¿Cuándo pensé “eso” que yo jamás podría haber pensado? Doppelgänger. Sí. Cada uno. Aún desde el lado de acá. El territorio afortunado donde el amor es posible y la realidad existe.
Escritora
