b>De Octavio Paz a Marcelo Ebrard
Ricardo Alemán
Es capaz de emprender una política a partir del resentimiento
No escucha a los ciudadanos y menos al gobierno federal
No es novedad advertir de los peligros de inestabilidad política, económica y social en la capital del país, si en la sede de los poderes federal y de la capital ambos gobiernos son incapaces de acuerdos y, sobre todo, de escucharse uno al otro.
Como todos saben, en julio de 1997 la debacle político-electoral del PRI se expresó tanto en la Cámara de Diputados como en el gobierno del Distrito Federal. Pocas horas después de esa elección, Octavio Paz publicó (Reforma, 7 de julio) un pequeño ensayo sobre la trascendencia y el significado de ese paso gigantesco que dio la democracia mexicana y que, advertía el Nobel, no estará exento de peligros que podrían arruinar la propia democracia.
Decidimos recuperar partes sustanciales que —a nuestro juicio— podrían ser uno de los más lúcidos aportes a la discusión sobre la naciente democracia mexicana, la importancia de una oposición leal y constructiva, así como la inevitable cohabitación entre los dos gobiernos. Es el texto titulado: “La nueva época” (Octavio Paz. Miscelánea II. Obras Completas. Pág. 286).
“Recordemos que la democracia no es solamente una teoría, sino una práctica… El porvenir está lleno de interrogaciones. La responsabilidad de responderlas con lucidez y entereza incumbe, en primer término, a los partidos políticos y a sus dirigentes. Los derrotados deberán de abstenerse de emprender una política hecha de resentimientos, rencores y agravios ideológicos o personales. La democracia no puede vivir sin la oposición, pero una oposición ciega puede destruirla. El ejemplo de Madero es una advertencia; cayó víctima de una oposición obtusa y malévola.
“Los vencedores tienen que cuidarse del pecado de la desmesura, esa pasión que consiste en la incapacidad del vencedor y de vencerse a sí mismo e ignorar tanto a la voluntad de los otros como las exigencias de la realidad. Los vencedores no pueden ser sordos ante las opiniones adversas, sean las de una minoría o de un individuo; tampoco deben ceder a las tentaciones extremistas e ideológicas. En la elección ha quedado claro que las mayorías se inclinan no por ésta o por aquella filosofía política, sino por la resolución de los problemas concretos que afectan a su vida diaria.
“El pueblo es soberano, pero no es omnisciente, la historia muestra que muchas veces se ha equivocado en sus preferencias y apenas si es necesario recordar a Chamberlain o a Hitler. El recurso que nos queda a los ciudadanos es la crítica. Debemos ejercerla con valentía, pero también con moderación. Sólo la crítica puede limitar los extravíos de un poder embriagado de sí mismo. Mi aviso a los vencedores: escuchen a los otros.
“Esta modesta advertencia concierne particularmente al que seguramente será el jefe de Gobierno del DF, el ingeniero Cárdenas. Se trata de una zona donde coinciden dos poderes, el del Presidente y el del jefe de Gobierno. Esta coincidencia, incluso si la jurisdicción de cada uno de los dos está claramente delimitada por la ley, puede transformarse en un fructuoso experimento de colaboración, sin mengua de la legítima y necesaria independencia del gobernador, o en una serie de conflictos y choques.
“Esto último sería gravísimo pues convertiría a la ciudad de México en una fuente de inestabilidad política. Y ya lo sabemos: la inestabilidad colinda con dos peligros gemelos que pueden arruinar a una democracia, la anarquía o la fuerza”.
En ese julio de 1997, los derrotados fueron los candidatos del PRI en el Congreso y el Distrito Federal. A esos derrotados, Paz recomendó “abstenerse de emprender una política hecha de resentimientos, rencores y agravios ideológicos y personales”. Pero además les advirtió: “La democracia no puede vivir sin la oposición, pero una oposición ciega puede destruirla”.
Ebrard no actúa como real y leal ganador, sino como el derrotado que dibuja Paz, capaz de emprender una política a partir del resentimiento. Paz le recomienda a Cárdenas, el ganador de aquel julio de 1997: “Escuchen a los otros”. Pero esa advertencia no parece ser entendida por Ebrard, quien no escucha a los ciudadanos y menos al gobierno federal. Se asume no como el triunfante jefe de Gobierno, sino como un derrotado.
Le dice Paz a Cárdenas en julio de 1997, que la convivencia y coincidencia de poderes en el DF “se puede transformar en un fructuoso experimento de colaboración… o en conflictos y choques”. Y advierte como “gravísimo” el conflicto y el choque, ya que “convertiría a la ciudad de México en una fuente de inestabilidad política”.
¿Qué vivimos en el DF? Una de las más severas crisis de ingobernabilidad. Claro, para el priísmo que hoy se pinta de amarillo —y para el resto de los partidos—, Paz no merece atención, ya no se diga su nombre en letras de oro. Por algo será.
