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ALVARADO, COMO MI PUEBLO NO HAY DOS.
+ Al rescate de las tradiciones perdidas…
+ Ahora a las cruces de mayo…

Ruperto Portela Alvarado.

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. 17 de Enero de 2016.- En un artículo anterior escrito para la revista “El Quijote” que publica mi amigo José Ángel Palacios Martínez, “El Ché Palacios”, decía que adoro a mi pueblo y reconozco la gran valía de su gente que es su más grande patrimonio, aunque muchos que no conocen la tierra que me vio nacer vituperen y sean más groseros con los calificativos que nos vierten.
Pero “en todas partes se cuecen habas”, como diría mi “personaje favorito”, Pablito Coraje y les tengo que decir a “esos” que “como Alvarado no hay dos, ya sea por el gran talento que produce para la nación, por sus tradiciones y lo “echado pa´delante que somos”.
Mucho tengo que agradecer del gentilicio de alvaradeño que me lleva por el mundo y pude constatarlo ahora que estuve en mi añorado pueblo –después de casi 20 años de no asistir en estas fechas– para el festejo de fin de año donde pude reencontrarme con muchos amigos y entre ellos el doctor Franklin Hernández Palencia, “mi hermano de ombligo” porque fue su madre Socorro Palencia la que nos asistió en el nacimiento de todos mis hermanos y de casi todos los alvaradeños de la generación de los 50s, 60s y los 70s.
Menciono a Franklin porque me dijo que él tenía 30 años de no llegar a Alvarado en el mes de diciembre, la Navidad y Año Nuevo, por lo que me dio mucho gusto saludarlo como a muchos otros con quienes platiqué de aquellos tiempos pasados que fueron muy buenos a pesar de todas nuestras carencias. Como siempre estuve con mi amigo Francisco Camacho, Chico “La Coluda”, el beisbolista de antaño que hizo época e historia.
Me bastaron unos momentos para platicar con mi primo-hermano Güicho Portela quien como los gigantes sigue de pie y en sus tareas de la tienda de abarrotes a pesar de sus dolencias. Bueno, no podría faltar la algarabía que pasé con mis hermanos Daniel, Aída, Vicenta, Matías y toda la “Portelada”, con quienes hicimos la gran fiesta del cumpleaños de mi sobrino Mario Portela el 29 de diciembre (día en que cumplimos mi esposa Lilia yo, 41 años de casados) y luego la velada de fin de año.
Voló el “camarón prieto” en la mesa con sus respectivas tostadas, ceviche de pescado que preparó mi hermano Matías; las garnachas de mi hermana Vicenta y Aída; el pastel de jamón con queso amarillo; más unos chiles rellenos que no tuvieron progenitora. Todo eso nos lo comimos en la noche de año nuevo, con sus respectivas copas de ron, vino y ajeno que es lo tradicional. Disfruté la quema de los “pobre viejos”, la humarada con la quema de triques y cohetes, para esperar el año nuevo.
Claro que no podría faltar la visita al comedero de “Doña Margarita” para disfrutar unas “tortillas recién nacidas” con su respectiva salsa, frijoles y unos camarones de río. También las delicias que preparan en “Los Moninos” de los portales recién remodelados con el paisaje de lo nuevo que tiene el “Parque 15 de Octubre” que a la salida al malecón se han erigido los bustos de insignes personajes como la del escritor e impulsor de la educación Juan José Hermida Ruiz “Pluma”, Pablo Zamudio “Pablito Coraje”; el más grande de los repentistas alvaradeños, “El Vale Bejarano”, entre otros.
También tuve la oportunidad de platicar con mi maestro “de cuatro y medio”, ingeniero José Luis Zamudio Alavés –al que estimo y respeto– quien ha sido el que más ha impulsado el rescate de las tradiciones alvaradeñas que se han ido perdiendo en el tiempo como aquella de que cada barrio sacara su arbolito de navidad a la banqueta de su casa, que los cantos de portalitos y la rama, de domicilio a domicilio, que ya no se ven con tanta frecuencia y en seria competencia entre los grupos de Paso Nacional, Las Escolleras, La Trocha y Alvarado, como en mis tiempos de juventud.
Lo sé que el ingeniero José Luis Zamudio –dos veces alcalde de Alvarado—donó el inmueble donde está la “Casa de la Cultura” y que junto con algunos alcaldes anteriores al actual, ha hecho renacer la fiesta de las tradicionales “Cruces de Mayo”, exactamente como se hacía hace 30 o 40 años en los barrios cada domingo y el último domingo del mes, en el zócalo donde se baila el fandango y se leen las décimas dedicadas a esa festividad.
La verdad que el fin de año en Alvarado es y la pasé de maravilla; platicando con la gente y conviviendo con mis hermanos, parientes, amigos, disfrutando por supuesto un “periquito” de whiskilucan que amablemente me sirvió “El Mano Negra”, Alejo Cházaro en el “Yankee Stadium”, que no es más que una cantina tradicional alvaradeña. Por cierto, un día le pedí un refresco y me contestó: “Los Moninos están en el zócalo”.
Después de esa experiencia que no ha sido la única del año pasado y el 2015, creo que Alvarado tiene todo para ser un centro de turismo local, nacional e inclusive internacional, pues si pintamos de rojo cada número del calendario cuando hay fiestas, no veríamos otro color. También hay que ver las playas de la Trocha, la Caba, Las Escolleras, El Canal y las de Antón Lizardo, para saber lo que tenemos y no lo explotamos. Lo principal es la buena comida, las excelentes bebidas que en el terruño se preparan, más una buena atención. Eso les gusta a los visitantes.
Y si bien me quedo con todo lo que viví en seis días de visita a mi pueblo amado, desde la atención de mi hermano Matías, mis hermanas Vicenta y Aída; mis amigos y el reencuentro con muchos como Fito “El Naylon” y mi compadre Nacho “El Avión”, me quedo con el pesar de que mi hermano Gabriel sigue internado por un problema en su pie diabético y no lo pude ver ni disfrutar de sus alegrías como antaño.
Pero quería dejar al último de este relato, la satisfacción que me dio la invitación de mi amigo El Ché Palacios y su esposa María Luisa a su casa de la bajada de la Trocha, donde me recibieron en compañía de mi hermano Matías, como unos excelentes anfitriones. No pude decir que no a unos camarones que creo estaban preparados a la mantequilla con cebolla, una minilla que decía “cómeme”; unas papas horneadas –y no sé qué más—para rematar con un “tapado de jolote” que no podía perdonar. Nos bajamos todo eso con un excelente vino tinto al que no le hicimos ninguna mueca.
Siempre he dicho que quien te invita a su casa es que te tiene confianza, aprecio y buena voluntad. Si comparte “el pan y la sal” más unos camarones y otras viandas, ha de tener presente que habremos de ser recíprocos en el tiempo y el lugar adecuado. Es así que en este pequeño espacio, agradezco toda la amabilidad y atención que me brindaron mis amigos José Ángel Palacios Martínez y su diligente esposa, María Luisa Chávez. Y como dijo el Capitán, “vamos en el mismo barco”…
Un afectuoso saludo desde estas tierras del pozol, el nucú, la papausa y la chincuya…
Para contactarme: rupertoportela@gmail.com

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