Impuestos al carbono

José Sarukhán

Gracias por los mensajes electrónicos de lectores en relación a mi primera colaboración en este espacio. Una respetada amiga me ha sugerido considerar otra importante “E”: la de la evaluación. Coincido con ella y me referiré a esa “E” en el futuro.
Desde la década de los 60, México se transformó en una sociedad urbana. Casi 73 millones de mexicanos viven ahora en poblaciones de 2 mil 500 personas o más (INEGI, Censo 2000) y requiere de medios de transporte para subsistir. En buena medida, tanto el desarrollo económico como la sustentabilidad ambiental dependen de resolver los problemas urbanos de congestión de tráfico y emisiones de bióxido de carbono (CO2). El transporte absorbe 30.7% de la energía producida en México y emite más de 38% del CO2 del total nacional.

En forma un tanto inesperada ha surgido en las últimas semanas una iniciativa entre los círculos del Congreso que podría calificarse de huérfana: el aumento al impuesto de las gasolinas. Según los medios, nadie acepta abiertamente haber hecho la propuesta y algunos hasta “airadamente” rechazan que se les impute la idea. La orfandad de la medida es algo intrigante. Lleva a meditar qué tipo de país tienen en mente los representantes populares en sus diferentes partidos.

Esta es una medida cuya paternidad debiera ser reclamada por cualquier grupo parlamentario que quisiera demostrar estar a tono con la realidad de nuestro país y nuestro planeta. Otros diputados exigen como condición para aprobar la medida que los recursos obtenidos por este impuesto se dediquen a “aliviar la pobreza”, lo cual suena loable pero está errado. Estos recursos deberían utilizarse para el desarrollo de combustibles menos contaminantes (como un diesel mucho más limpio) a programas de revitalización urbana, incluyendo transporte público masivo y eficiente, etcétera, pues de otra forma nunca se educará a la población sobre el problema.

Arthur Pigou propuso, a mediados del siglo XX, aplicar impuestos como medida para corregir las externalidades negativas de la actividad humana; justamente un impuesto al carbono tiende a corregir una de tales externalidades negativas, en la que el costo social de la producción no se incorpora en el costo privado de los productores o usuarios.

Un impuesto al carbono, al contrario de lo que se opina, no es regresivo; el ingreso fiscal provendría de las clases más afluentes (muchas encuestas respaldan esto) y que son las que usan más energía: viajan más frecuentemente en auto y en avión, tienen casas mayores y consumen más productos que exigen más energía para su manufactura y uso. Y es menos regresivo que el impuesto sobre los salarios y el IVA y transferiría parte de la carga impositiva a las actividades contaminantes y emisoras de gases con efecto de invernadero (GEI). Los impuestos al carbono tienen costos políticos sin duda, pero proveen señales de precio directas, transparentes y fáciles de entender para los consumidores y, además, modifican la sensibilización social acerca del problema.

Aparte de reducir la sensibilidad social sobre el tema, no establecer un impuesto sobre emisiones de carbono por la actividad humana e industrial evita el incentivo para desarrollar combus-tibles limpios, transportes públicos más eficientes e industrias menos emisoras de GEI. La gasolina en México es la tercera más barata de los países de la OCDE.

El impuesto al carbono en el caso del transporte individual debería aplicarse, además de los combustibles, a los vehículos en función de su nivel de consumo de combustible y emisiones de carbono. Así, un vehículo híbrido pagaría los menores impuestos y un SUV los máximos. Una dama que vive en Santa Fe tiene todo el derecho de conducir una enorme camioneta de tracción en las cuatro ruedas para llevar a sus hijos a la escuela, pero debería pagar más por la gasolina que consume y el carbono que emite. Los países con los menores impuestos tienen los consumos per cápita de gasolina más altos. Esperar que sólo los programas de aumento de estándares de eficiencia energética resuelvan los problemas de altos niveles de emisiones es utópico: son lentos, hay que vencer la resistencia de la industria y son siempre reactivos.

jose.sarukhan@hotmail.com

Investigador del Instituto de Ecología de la UNAM

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