Alberto Begné Guerra
Los radicales, quienes no admiten las fórmulas equilibradas para resolver las relaciones entre las personas e ignoran la tolerancia como principio esencial para reconocer y hacer coexistir derechos diferentes y preferencias diversas, han lanzado una cruzada llena de intransigencia y ecos inquisitoriales contra los fumadores. De un reclamo absolutamente legítimo, el derecho de los no fumadores a espacios libres de humo, han pasado a un clima hostil y de estigmatización social que no sólo pretende suprimir la libertad y la responsabilidad inherente al derecho de los individuos a decidir sobre su vida, sino cancelar esa frontera imprescindible en las democracias liberales entre la esfera del poder público y la esfera de las libertades individuales.
Nadie puede negar el daño que produce el consumo de tabaco. Nadie puede negar tampoco que los llamados fumadores pasivos sufren daños causados por el humo del cigarro. Se trata de un problema de salud, sin duda, pero también de una cuestión de derechos. Y es que hay tantas cosas que hacen daño a la salud que si la solución para combatirlas va más allá de la educación, la prevención y la regulación, o de medidas fiscales con las que se pueden desincentivar ciertas prácticas, para situarse en el terreno de la prohibición, pronto veremos la proscripción de fritangas y refrescos, la tipificación de la venta de chicharrón como delito grave, y la producción de hamburguesas como un acto de terrorismo alimentario.
Está claro que los malos hábitos alimenticios afectan en forma directa a quienes los practican, y se podrá alegar que no vulneran los derechos de los otros, a diferencia de lo que ocurre con los no fumadores. Es verdad. Pero llevadas las cosas al extremo, lo cierto es que a todos nos afecta que nuestro país se haya colocado ya en la cúspide mundial de la obesidad infantil —un gravísimo problema de salud—, pues en los próximos años tendremos una sociedad cada vez menos sana y una mayor presión financiera para la atención de las enfermedades derivadas de la obesidad.
Los problemas de sobrepeso no son excéntricos en relación a la cuestión del tabaco, porque sirve para ilustrar la responsabilidad y las acciones que corresponden al Estado: la promoción de una dieta sana y el incremento en los costos fiscales a los negocios de comida chatarra, por ejemplo, abonarían a favor de un cambio de hábitos. Pero entre ese tipo de medidas y la prohibición de la fritanga o la hamburguesa hay un abismo que se refiere precisamente a la distinción entre la esfera de competencia de la autoridad y la esfera de la vida privada y las libertades individuales. Siempre lo más fácil es la prohibición, la imposición del poder público, la intolerancia frente a la diversidad. Es el talante autoritario de quienes promueven la supresión de los derechos de los fumadores, y en esa ruta no les faltarán buenas razones para imponer cada vez más prohibiciones.
Cuando la protección de un derecho legítimo se resuelve con la supresión de las libertades, la esencia liberal de las democracias constitucionales se desnaturaliza por completo, pues su desafío originario ha sido y es, precisamente, garantizar la coexistencia de diferentes derechos. Los socialdemócratas promovimos en el DF una iniciativa para proteger los derechos de los no fumadores. Basados en el modelo español, lejos del puritanismo estadounidense cada vez más antiliberal, no se pretendió suprimir el derecho de los fumadores para disfrutar una buena sobremesa en espacios públicos; no se buscó la estigmatización y el encierro forzoso de los fumadores. La fórmula era equilibrada: mayores espacios libres de humo para los no fumadores y la libertad de decisión de los fumadores.
Ahora los radicales quieren cortar de tajo nuestras libertades, animados por un fervor sanitario que raya en fanatismo, y acabar una cultura que, entre tantas otras cosas, nos regaló las estampas fascinantes de Puro humo, esa obra del genio de Cabrera Infante donde la vida sin tabaco —para quien lo quiera— perdería algo tan libre y sutil que, está claro, los nuevos comités de salud pública no logran entender.
Presidente de Alternativa Socialdemócrata
