Alejandro Gertz Manero
Se dice que en México se inventaron los frijoles refritos porque casi nada nos sale bien a la primera y siempre hay que repetir varias veces las tareas, lo cual se refrenda cotidianamente con el “ahí se va”, las “talachas” y todos los trabajos que quedan inconclusos, que se hacen a medias o que finalmente no funcionan, y nos obligan a repetirlos multiplicando sus costos con resultados verdaderamente catastróficos cuando tenemos que competir en un mercado global que no perdona al que llega tarde o a quien se equivoca.
Un ejemplo emblemático de lo anterior es la “cacareada” Autopista del Sol, que en los años 90 nos fue presentada oficialmente con “bombo y platillo” como una panacea que llevaría a los capitalinos al puerto de Acapulco en un santiamén, bajo condiciones de seguridad nunca antes vistas, y la cual desde el día de su inauguración y hasta la fecha, se ha convertido en una trampa mortal de vados, derrumbes, errores de diseño y pésima calidad en la carpeta asfáltica, que ha dejado miles y miles de vidas perdidas, y daños incalculables para muchos de sus usuarios.
Ese mismo fenómeno lo podemos encontrar en la nacionalización de la banca y su reprivatización delincuencial, que nos llevó a convertirnos en víctimas de un grupo de tiburones financieros internacionales que a diario se ceban en millones de usuarios indefensos a los que explotan y exaccionan sin piedad; lo anterior se repitió en los ingenios azucareros, desde que comenzaron los trinquetes implacables para obtener préstamos que descapitalizaron a esa industria, que después se ha ido azotando de un extremo a otro de la corrupción y la ineficiencia, que en cada etapa deja promesas de mundos maravillosos que “ahora sí” van a llegar, y que súbitamente se convierten en pozos de inmoralidad y de fracasos que parecen no tener fin.
Algo semejante ocurrió en su momento con la industria cinematográfica, que fue devorada por la corrupción infinita de sindicatos y gobierno, que acabaron con una de las actividades económicas más prósperas de nuestro país en los años 40, que terminó convertida en pent houses en Nueva York y casas de fantasía en las Lomas de Chapultepec, como muestras abominables de lo que puede causar el hermano incómodo del presidente en turno.
El proceso de privatización ejidal, que se publicitó como la panacea que iba a multiplicar la producción agraria, acabó resultando otro gran engaño que ha propiciado una fuente inagotable de colusiones entre dirigente ejidales y desarrolladores insaciables, que acaban con selvas, manglares y áreas de protección ecológica, en aras de una especulación criminal.
En esa misma dinámica, ahora tenemos un ejemplo más, cuando los empresarios japoneses deciden dejar de comprar los productos mexicanos, ya que nuestros industriales, que son expertos en “pasarse de listos”, les han comenzado a meter “cachirules” de todo tipo, que están acabando con esos mercados tan promisorios.
Ojalá todos estos ejemplos, que se multiplican hasta el infinito, nos lleven a hacer un acto de contrición para asumir que no somos tan “vivos” como nos creemos, ya que al final de cuentas siempre acabamos tomándonos el pelo a nosotros mismos de tan “abusados” que somos; y en razón de todo ello, si nuestras autoridades y líderes empresariales comenzaran dando el ejemplo de hacer pocas cosas, o aunque fuera sólo una, pero bien hechecitas y sin “tomadas de pelo”, a lo mejor remontaríamos nuestros atavismos de esa astucia tan mal entendida, que nos está llevando a una némesis cada día más profunda.
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Doctor en Derecho
