Enrique del Val Blanco
Las complicaciones y las contra-dictorias declaraciones diarias respecto a la propuesta hacendaria del gobierno federal continúan apareciendo todos los días en los diferentes medios de comunicación. Lo sorprendente es que de organizaciones del mismo sector algunas hablen a favor y otras en contra, como lo ejemplifican las opiniones al respecto de Banamex y Bancomer, que son radicalmente diferentes. Y lo mismo pasa con los organismos representativos de la industria y el comercio.
El único grupo casi homogéneo hasta ahora en la crítica a esta “miscelánea fiscal” ha sido el de los académicos, quienes —muchos de ellos con argumentos sólidos— demuestran que es muy poco lo que este gobierno ha podido hacer con esta propuesta para no lastimar a los grandes grupos empresariales del país. En última instancia, la famosa CETU podrá en muchos casos ser repercutida a los consumidores, con lo cual los dueños de las empresas se seguirán salvando de pagar más impuestos.
Es tan corta la visión y la inteligencia, más allá de hacer dinero a como dé lugar, de la mayoría de los empresarios mexicanos que resulta grotesca su oposición a la propuesta de eliminar la deducibilidad sobre las donaciones que hacen a través de sus empresas. En primer lugar, habría que hacer notar que la mísera cantidad de dinero que supuestamente dona la gran mayoría de ellos no proviene de sus bolsillos, sino de las empresas de las cuales son dueños total o parcialmente, y que dichas cantidades que donan, si no las hicieran, deberían pagar impuestos.
Es decir, parte de esta mal llamada filantropía que hacen estos señores y señoras en realidad son aportaciones, podríamos decir, del gobierno, ya que la deducibilidad permite que no paguen más impuestos, que seguramente se emplearían de mejor forma que a través de la mayoría de sus fundaciones. Nada más hay que ver las páginas de sociales o los suplementos especiales de los periódicos para observar a los miembros de estas organizaciones filantrópicas degustando manjares y vinos en los supuestos actos de caridad que realizan en favor de los que menos tienen. Muy emperifollados, estos donantes se ven orgullosos con lo que hacen y que seguramente les permite dormir tranquilos en su conciencia, pues hacen algo por la comunidad, siempre y cuando, por cierto, sea deducible.
No hay el menor control sobre el destino que dan a estos fondos y que sólo con la autorización de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público hacen lo que les viene en gana, así apoyen a organismos religiosos o deportivos. Da igual, la ocurrencia sale del dueño o dueña del dinero y cuenta con la bendición del gobierno, sobre todo a partir del anterior, como bien recordamos a Vamos México. De alguna manera habría que decirles a todos estos supuestos filántropos que son muy codos, pues lo que otorgan es francamente ridículo y en muchas ocasiones sólo sirve para la foto y la gran comilona.
Es por eso que creo que la propuesta del Ejecutivo federal es correcta; y sobre todo el llamado de atención que hizo el Presidente en días pasados a una de las organizaciones más representativas de este sector denominada FUNDAR, en la que participan casi todos los hombres más ricos del país que, coincidentemente, han tenido negocios con el gobierno o gozan de concesiones del mismo.
El Presidente, dándoles una cátedra de moral cristiana, les dijo que las virtudes teologales, como la caridad, la fe y la esperanza, son válidas siempre y cuando se cumpla primero con las terrenales. En buenas palabras, que antes de la filantropía está el pago de impuestos. Parece ser que no quedaron muy contentos con la explicación y menos con la posición, que esperamos se sostenga en la Cámara de Diputados.
El gran problema de la filantropía en México es que en realidad, con excepciones que se cuentan con los dedos de una mano, el resto es un cuento para niños cuyo único objetivo es pagar menos impuestos y adornarse en todos lados como prohombres de este país. Deberían voltear y hacia sus homólogos estadounidenses, donde la filantropía sí es una verdadera realidad, mostrada en casos como el del señor Bill Gates, o el más reciente y sonado del señor Buffet, quien donó más de 30 mil millones de dólares a la fundación del señor Gates con objetivos muy claros de solucionar parte de los problemas de pobreza que atacan al mundo, fundamentalmente en África.
En estos casos no hay deducibilidad de impuestos ni cosa que se le parezca. Son simples donaciones de grandes fortunas personales que han podido generar en el curso de los años. Y no olvidemos que ahora en la lista de Forbes ya hay varios mexicanos que casi se pueden igualar con estos dos magnates estadounidenses, cuyo ejemplo sí habla verdaderamente de lo que es la filantropía.
Además, en el vecino país existe un control sobre a dónde se dirigen las donaciones, con rendición de cuentas que, aunque no se trate de dinero público, a todos interesa saber qué pasa con ellas. Así, tenemos que en 2005 más de 250 mil millones de dólares fueron objeto de donaciones, en su mayoría sin deducibilidad, a diferentes temas, destacando por cierto en ese país el religioso, al que se le otorga más de 80%.
Los años 2005 y 2006 han sido muy buenos para la filantropía en Estados Unidos, donde incluso varias universidades han recibido cuantiosas aportaciones de sus ex alumnos, lo que les permiten tener mejores profesores e instalaciones, que de otra manera les sería difícil de obtener.
En México, a raíz de la propuesta del Ejecutivo, se debería revisar a fondo este tema de la filantropía y las fundaciones para ponerlas a la altura de lo que se requiere. Pero lo primero que hay que tener es conciencia clara de que si los hombres más ricos de este país no cambian de mentalidad, difícilmente a la mayoría de ellos se les podría llamar filántropos, más bien son fundaciones creadas para la elusión fiscal.
Analista político y economista
