Alberto Aziz Nassif
Bertolt Brecht decía “malos tiempos cuando hay que explicar lo obvio”. Algo está podrido en el sistema político mexicano. Mientras que el régimen político se ha vuelto plural, el gobierno ha perdido la mayoría en el Congreso y la alternancia en un mecanismo cotidiano, la forma mediante la cual el titular del Poder Ejecutivo informa al Congreso de la Unión permanece en los mismos términos. ¿Por qué razón la clase política insiste en mantener un formato caduco?
Ya se sabe que los partidos son estructuras oligárquicas, que el cálculo egoísta domina a la clase política y que el juego de vencidas entre los grupos de poder deja saldos y costos importantes para el país. A la polarización que vivimos durante 2006 ha seguido lo obvio: el predominio de un círculo perverso donde las posiciones políticas se han encerrado. Si este es el clima que predomina, qué se puede esperar de las reformas que supuestamente están en curso.
Aunque el ejemplo del informe no se puede generalizar, sí puede ser un buen caso para mostrar las contradicciones de la clase política. Los argumentos que impiden una salida al formato del informe no tienen ningún sustento, salvo las posiciones de fuerza y resistencia que predominan. Estamos ante partidos políticos fragmentados, la tribalización se ha generalizado, en cada uno de ellos hay grupos contrapuestos y una tensión interna constante; a algunos se les nota más que a otros, simplemente porque hay estilos más estridentes o más callados.
La transformación del perfil presidencial y de su ejercicio del poder ha modificado mecanismos de negociación y ha creado nuevas inercias políticas. Desde hace ya casi 20 años que la ceremonia del informe presidencial sufrió ajustes por la vía de los hechos, de la protesta a las interpelaciones opositoras. Desde 1988 los informes se han convertido en ceremonias en las que la figura presidencial es atacada y cuestionada. Se ha dicho hasta el cansancio que se necesita un nuevo esquema, pero desde entonces cada año llega la fecha sin que se haya modificado el formato. La conflictividad puede variar, podemos tener momentos de una gran confrontación, como la que se dio hace un año cuando Fox entregó su informe escrito y se tuvo que retirar, o simplemente frente a una protesta simbólica con pancartas o cabezas de cerdo.
Existe una obviedad y un círculo vicioso. El artículo 69 de la Constitución indica los dos verbos de la acción: el Presidente de la Republica “asistirá” a la apertura de sesiones y “presentará” un informe por escrito. Esta formulación puede cambiar, pero lo importante está en otra parte. Lo obvio es la transformación del régimen político que se ha tenido en el país en las últimas décadas, sobre todo en el perfil de la Presidencia, que ha perdido el gobierno de mayoría o gobierno unificado, que ya no tiene el poder de las atribuciones metaconstitucionales por ser la cabeza de un partido gobernante hegemónico. La Presidencia ha perdido las mayorías con las que gobernaba desde la punta de una pirámide de una estructura que hoy se encuentra fragmentada, porque hay separación de poderes y varios partidos gobiernan en los distintos niveles de la administración pública del Estado.
La prolongación del conflicto electoral de 2006 ha llegado otra vez a la fecha del informe presidencial. En esta ocasión las cartas se han barajado como si estuviéramos en un callejón sin salida. Ahora es el mismo Calderón el que adelanta la jugada y propone un debate con los legisladores. Las reacciones de la oposición han sido paradójicas: la negativa rotunda del PRD y el anuncio de sabotear el informe. Nos preguntamos: ¿estamos en 2006 o en 2007?
Para los perredistas el conflicto sigue sin solución. El PRI calcula su beneficio en el corto plazo, dice sí al debate, pero después del 1 de septiembre, es decir, opta por dejar todo como está, incluso afirma que “no hay condiciones” para que Calderón lea su texto en la tribuna del Congreso. Los panistas saben que tienen un problema, pero no atinan una salida eficaz del problema, están atrapados por la oposición. Si se mantienen estas posturas, será probable que el próximo 1 de septiembre veamos sólo una simple entrega del texto del primer informe de Calderón.
El informe es un tema de relación entre dos poderes, pero sobre todo es un problema de rendición de cuentas. En otros países existe una formulación constitucional similar a la que tenemos en México, en algunos hay mayor contenido sobre cómo y qué debe contener el informe del Ejecutivo; en otros casos se establece un mecanismo de información más parlamentario o más presidencial, porque depende del tipo de régimen. En suma, existen múltiples formas y salidas para modificar el formato del informe, pero lo que no hay es voluntad política de hacerlo. Cada año se hace evidente el agotamiento, pero no se hace nada para remediar el problema.
Ha habido experiencias en algunos estados tales en las que un gobernador escucha las posiciones de los grupos parlamentarios y responde. Calderón podría asistir a escuchar las posiciones de las fracciones parlamentarias y luego leer su texto, o en un formato más interactivo se podría tener algún tipo de comparecencia. Podría haber interlocución, debate y diálogo, pero la oposición no quiere y tal vez ni el propio panismo tenga muy claro cómo hacerlo.
Si dentro de algunos años revisamos el tema del informe con una perspectiva de largo plazo, podremos ver de qué forma se pasó de uno que, como dice Fidel Samaniego era el “Día del Presidente”, al “Día contra el Presidente”, para acabar en “el día sin-presidente” (EL UNIVERSAL 13/VIII/2007).
De la fiesta, las vallas y el confeti se pasó a una fase de confrontación en donde el presidente se convirtió en el objeto de las impugnaciones opositoras. Al final del sexenio pasado terminamos con el puro informe por escrito. Para ganar en materia de transparencia y rendición de cuentas hay que modificar el formato; hay al menos 23 iniciativas “congeladas” para cambiarlo. Mientras tanto la ciudadanía seguirá con derechos limitados porque a 18 días del 1 de septiembre arrastramos 19 años de un formato agotado. En México sólo hay política de corto plazo, la política de lo obvio, malos tiempos…
Investigador del CIESAS
