Ramón Cota Meza
Finalmente, el Banco de México impuso su pro-yección de crecimiento a la baja sobre la Secretaría de Hacienda, que ahora hace los ajustes correspondientes. En papel de perdonavidas, el líder del PRI en el Senado declara que no es momento de exigir aclaraciones a quienes no supieron leer las señales de contracción, es decir, toma el decrecimiento como un hecho, no como una simple expectativa del banco central, que no ha explicado siquiera la base de su cálculo.
Una cosa son los argumentos de la autoridad y otra la autoridad de los argumentos. Las proyecciones del banco sobre crecimiento del PIB han sido rebasadas al menos por un punto desde 2003; falta conocer las cifras definitivas de 2007, a ver si ahora se aproxima. Es claro que su error deriva de asumir que la economía sólo puede crecer a la tasa deseada si la inversión extranjera aumenta proporcionalmente. Ya que la economía ha crecido por inversión doméstica, el banco ha tenido que hacer ajustes sobre la marcha, quedando siempre abajo.
Ahora, ante la recesión de Estados Unidos, parece decir: “No que no…” Sus expectativas frustradas por el lado expansivo pueden cumplirse por el lado recesivo. Pero no especifica los renglones directamente vinculados a Estados Unidos, la proporción de su dependencia, ni su capacidad para reconvertir o reorientar la producción. El caso es ratificar que México no tiene más opción que integrarse a Estados Unidos y que su suerte invariablemente será la del vecino.
Su argumento fuerte es que más de 20% del PIB de México depende del comercio con Estados Unidos. Se omite que esa cifra incluye importaciones, que son mayores a las exportaciones, no se separan la exportación de petróleo, de materias primas, de productos agrícolas, agroindustriales e industriales, que pueden ir a donde sean demandadas, por supuesto al mercado doméstico, capaz de absorber gran parte de la producción ahora orientada a la exportación.
Por desgracia, las expectativas del banco central pueden disuadir a los inversionistas, orillándolos a retener o desviar su capital mientras el panorama permanezca incierto. A esto se suma la lentitud del gobierno para desatar la inversión en infraestructura y vivienda, lentitud atascada por la Ley de Transparencia en licitaciones y por la incertidumbre causada por el Impuesto Empresarial a Tasa Única (IETU), impuesto desfasado de la expansión desatada por el gasto público imprevisto.
El IETU llegó a destiempo. Acaso hubiera sido pertinente cuando el gobierno estaba urgido de recursos. Ahora que está sobrado, su aplicación resulta ociosa e inhibe la inversión en vivienda, puntal de la expansión. El IETU corresponde a la situación económica inmediatamente anterior, no a la de hoy. La situación actual demanda una política fiscal libérrima bajo el supuesto de que la expansión económica rendirá la recaudación óptima por sí misma.
La expansión desatada por el gasto público está lastrada, pues, por dos traslapes: uno del banco central, amachado en la ruta de la integración a Estados Unidos, y otro de la Secretaría de Hacienda, con un pie puesto en el pasado y otro en el futuro inmediatos.
La proyección del banco central a partir de motivos inciertos es torpe y estrecha; su postura es básicamente ideológica y busca afirmar el estatus de sus voceros. La Secretaría de Hacienda está sólo atolondrada.
Quienes tienen ojos para ver concluirán que el futuro económico inmediato de México depende ahora del gasto público ejercido en tiempo y forma. Las licitaciones de obra pública no pueden ser retrasadas por la parsimonia burocrática amparada en la Ley de Transparencia. Es impresionante que más de 200 expertos de la Comisión Federal de Competencia se tomen tres meses para autorizar los proyectos a ser licitados. Vaya usted a saber cuánto se tomarán para adjudicarlos.
El crecimiento en 2008 podría ser menor que su potencial por torpeza administrativa, no por la capacidad de los actores económicos. Para enjuiciar la política económica del gobierno hay que ampliar la expectativa hasta el 2012, esperando la introducción de cambios en el intervalo. Uno de ellos sería ajustar el IETU, que podría ser compensado con devoluciones fiscales según la cantidad de empleos creados. Lo importante no es la recaudación, sino el empleo.
blascota@prodigy.net.mx
Analista político
