José Luis Calva
La desaceleración comienza a sentirse con fuerza en importantes segmentos de la economía mexicana.
En cifras desestacionalizadas —que eliminan los efectos de factores estacionales sobre las variables económicas, haciendo comparables los sucesivos periodos (elaboradas por INEGI)—, las exportaciones no petroleras se encuentran estancadas o en franco retroceso: después de alcanzar los 20 mil 122.9 millones de dólares (mdd) en septiembre de 2007, se redujeron durante los cinco meses subsecuentes, presentando un valor de 19 mil 876.5 mdd en febrero de 2008. Se trata principalmente de exportaciones manufactureras, que ascendieron a 19 mil 286.8 mdd en septiembre y a 19 mil 084.5 mdd en febrero.
Correlativamente, el índice de la producción manufacturera alcanzó 154.4 puntos en agosto de 2007, ubicándose desde entonces abajo de ese nivel, con 154.1 en enero de 2008; la producción minera alcanzó un pico en septiembre de 2007, con 136.2 puntos, descendiendo a 134.3 en enero; la industria de la construcción —termómetro de cualquier economía— alcanzó 137.4 puntos en octubre, para descender posteriormente y ubicarse en 137.1 en enero de 2008.
En el mercado interno, el índice de ventas al mayoreo alcanzó 117.8 puntos en noviembre de 2007, descendiendo a 116.1 en diciembre y a 115.6 en enero de 2008; y el índice de ventas al menudeo alcanzó 119.9 puntos en octubre de 2007, descendiendo en los dos meses subsecuentes, con un leve repunte a 120.3 puntos en enero de 2008.
El futuro inmediato no se mira halagüeño. De acuerdo con la encuesta sobre las expectativas de los especialistas en economía del sector privado, levantada por el Banco de México entre el 24 y 28 de marzo de 2008, 85% de los consultados piensa que la economía mexicana “no está mejor” que hace un año y solamente 12% considera que “el clima de negocios para las actividades productivas mejorará en los próximos seis meses”, mientras que en junio de 2007, 74% esperaba mejoría en los negocios.
La incertidumbre es hoy dominante: mientras en junio de 2007 52% de los especialistas percibía el momento como “bueno para efectuar inversiones”, en marzo de 2008 sólo 18% tenía esa percepción; y, de manera agregada, el índice de confianza de los analistas económicos del sector privado cayó de 139 puntos en junio pasado a 87 puntos en marzo.
Los pronósticos de crecimiento económico han sido repetidamente ajustados a la baja. Por ejemplo, los analistas económicos consultados por el Banco de México redujeron su previsión de crecimiento para 2008 de 3.6% en agosto de 2007, a 2.8% en enero de 2008 y a 2.7% en marzo; y el Departamento de Estudios Económicos de Banamex, que en octubre de 2007 pronosticaba un crecimiento de 3.8% para 2008, bajó su pronóstico a 2.9% en febrero de este año; y —después de que Citigroup redujo su pronóstico de crecimiento estadounidense a 0.8% en 2008— Banamex redujo nuevamente su pronóstico para México a 2.2%, igual al reciente pronóstico de Merrill Lynch (véase La Jornada, 26/III/08 y EL UNIVERSAL, 9/IV/08).
Previamente, American Chamber México había ajustado su previsión de crecimiento para nuestro país a un rango de 2% a 2.2% (El Financiero, 17/III/08); y, desde principios del año, bajo un probable escenario de recesión estadounidense, Robert Vos, del Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU, había estimado que el crecimiento económico de México apenas alcanzaría el 1% en 2008.
Se trata, dijo, de un escenario pesimista, “pero lo más probable es que este escenario se dé” (EL UNIVERSAL, 1/I/08). Ciertamente, la moneda está todavía en el aire.
Para colmo, las expectativas decrecientes para la economía mexicana figuran entre las peores del mundo en desarrollo. Por ejemplo, el FMI redujo hace dos días su pronóstico de crecimiento agregado del PIB real de las economías en desarrollo, de 6.9% a 6.7% para 2008, con un ajuste de 8.6% a 8.2% para los países de Asia y una elevación de 4.3% a 4.4% para América Latina, mientras que bajó su previsión de crecimiento para México de 3% a 2% (véase World Economic Outlook, April 2008).
Lo inquietante no son sólo las expectativas decrecientes para la economía real de México, sino principalmente la imperturbable autocomplacencia de nuestras autoridades monetarias y hacendarias, así como la pasividad de nuestra clase política.
Investigador del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM
