Miguel Carbonell
En varias ocasiones el presidente Calderón ha utilizado términos bélicos para describir la actuación del Estado mexicano frente al crimen organizado. Hemos oído al Presidente repetir que estamos librando una verdadera “guerra”.
Como en democracia las palabras no cabe tomarlas a la ligera, y menos si vienen del jefe del Estado, conviene preguntarnos si la apreciación de Calderón es cierta; es decir: ¿en verdad estamos en guerra o se trata simplemente de un exceso retórico del Presidente?
Hasta hace unos años las guerras se libraban entre estados (guerras internacionales) o entre grupos nacionales que querían hacerse con el control de los poderes públicos (guerras civiles). La primera hipótesis debe ser descartada en el caso mexicano, pues no hay evidencia que nos permita suponer que el crimen organizado recibe financiamiento de un Estado extranjero o que sigue las órdenes de un gobierno de otro país. La segunda también debe descartarse toda vez que ningún grupo de criminales amenaza con quitar a los actuales gobernantes para ocupar sus lugares.
Entonces podemos válidamente concluir que Calderón se equivoca cuando se utiliza el término “guerra”. Habría por tanto que pedirle al Presidente que fuera más comedido en su lenguaje. La cuestión no es menor ni puramente gramatical. Ya Hans Kelsen, el gran jurista austriaco a quien seguramente debe haber leído Calderón en sus años como estudiante de la muy prestigiosa Escuela Libre de Derecho, decía hace varias décadas que: “En tiempos de guerra el principio democrático debe ceder paso a lo estrictamente autocrático: todos deben obedecer incondicionalmente al líder”.
Esto es precisamente lo que estamos viendo: un recurso a prácticas autocráticas (como lo es la militarización de la seguridad pública, pese a que el artículo 129 de la Constitución señala que en tiempos de paz las Fuerzas Armadas no podrán desempeñar más funciones que las relacionadas con la disciplina militar), así como la apelación al seguimiento y apoyo incondicionales para el Presidente.
La política del gobierno federal parece haberse tomado en serio el tema de la guerra y ha sacado a las calles el último recurso de un Estado: sus Fuerzas Armadas. Un cineasta colombiano hizo hace unos años una película titulada Águilas no cazan moscas. Me parece que es lo que está pasando en México: sacamos la ametralladora para matar mosquitos. Puede ser que los mosquitos del crimen organizado sean sumamente molestos y hasta venenosos; lo que sucede es que muchos de ellos con probabilidad escaparán a los cañonazos. Lo que hay que sacar es más bien el insecticida, no los tanques.
Pero hay además una razón adicional para que el Presidente mida sus palabras: ¿qué sucede si la principal bandera de un gobierno es la guerra contra el narco y al final de su gestión nos damos cuenta que fracasó? ¿Qué recurso queda después de haber utilizado la fuerza del Ejército? Si las Fuerzas Armadas no pueden lograr su objetivo, ¿a quién más podremos apelar?
En suma, el presidente Calderón debería considerar razones de prudencia democrática, de constitucionalidad y de desarrollo a mediano plazo de su proyecto de gobierno al momento de seleccionar las palabras de sus discursos. De otra manera puede quedar como un general que intentó ganar una guerra y acabó perdiendo un país.
Coordinador del área de Derecho Constitucional, IIJ-UNAM
