Estado de guerra

Ramón Cota Meza

Cuando el capitolio del Estado se vio amenazado, un ganso despertó a los filósofos que dormían. Era Hobbes. (Michel Foucault)
A menudo escuchamos conjuros contra los “poderes fácticos” no institucionales, los cuales estarían estorbando la marcha del país. Ahora descubrimos que si tales poderes existen los más audaces son los que urden su trama dentro de las instituciones del Estado, con la ventaja de ser institucionales y fácticos a la vez o alternativamente.

Esta apariencia política dual ha sido expuesta y perseguida en muchas áreas del Estado; la novedad es que ahora vemos un bloque de partidos, facciones, zonas institucionales ocupadas y otros dispositivos enfrentados a la ciudadanía, las instituciones electorales y los medios de comunicación. La derrota política deriva hacia playas desconocidas, quizá no tanto para Thomas Hobbes.

Hobbes acuñó la noción “estado de guerra” para la situación hipotética en que “demasiada igualdad” o “diferencia insuficiente” de poder crea una “guerra de todos contra todos” (no una guerra real), que dura “mientras la voluntad de luchar se manifieste de modo suficiente”, en ausencia de un poder común que “atemorice” a los sujetos. Con demasiada igualdad las diferencias reales son nimias e intercambiables (caso: ley fiscal por control del IFE).

En “situación de guerra”, el débil no lo es tanto para declinar su belicosidad, y el fuerte tampoco lo es tanto para exponerse a perder, así que pospondrá el enfrentamiento, dejando claro que podría desatarlo. Si la parte más belicosa impide al Ejecutivo hablar ante el Congreso, el Ejecutivo responde con leve contragolpe, suprimiendo la transmisión de un discurso hostil. El mensaje del contragolpe es que el Ejecutivo también puede tomar vías de hecho. El juego no pasa de ahí, pero el “estado de guerra” sigue.

Una toma facciosa del IFE podría ser revertida con boicot a las elecciones, pero los “demasiado iguales” abrirán otros frentes, siempre que falte el poder común que “los atemorice” (según Hobbes), o los gobierne, según el presidencialismo de espíritu republicano, democrático y liberal. Tal es lo que se desprende de una lectura actual del “estado de guerra” de Hobbes.

Las formaciones más frívolamente audaces buscan imponer alguna variedad de parlamentarismo bajo el supuesto de que el “viejo presidencialismo” está agotado. La constatación por encuestas de la abismal impopularidad de estas fuerzas y la alta popularidad del presidente no las arredra. Obsérvese que la popularidad del presidente va junto con la reprobación de su política económica, lo cual no puede significar otra cosa que la valoración de la institución presidencial en sí misma.

Como lo constatan muchos regímenes en el mundo, el presidencialismo no es pernicioso por sí solo; es pernicioso cuando es apoyado por un partido hegemónico que tiende a recircularse indefinidamente por el poder. En condiciones de alternancia, esta tendencia tiene límite en el voto ciudadano. Si un presidente llegara a pasarse de la raya, el voto se volvería contra su partido. Los conjuros contra una “restauración del presidencialismo autoritario” son aspavientos.

En cambio, sobran razones para temer la instauración de cualquier variedad de parlamentarismo, pues fortalecería proporcionalmente a los ocupantes del Congreso, prolongando y exacerbando el “estado de guerra” que ya escenifican. Si el Congreso llegara a aprobar alguna variedad de parlamentarismo, la ley debería tener al menos un artículo transitorio que sometiera la reforma a referéndum sobre la alternativa presidencialismo o parlamentarismo.

En vista del ardor político de los “demasiado iguales”, conviene pensar en vías tendientes a erigir un poder común dotado de la mayor legitimación ciudadana. Si la alternativa inducida por los “demasiado iguales” llegara a resolverse por la ciudadanía en referéndum, cualquier forma de parlamentarismo sería derrotada de manera rotunda.

Si en la coyuntura en curso el Ejecutivo se viera en la disyuntiva de reforma fiscal o autonomía del IFE, debería elegir lo segundo, pues fortalecería la institución ante la ciudadanía. Ésta podría dar, a su vez, la mayoría a su partido en la elección federal de 2009, erigiendo así el poder común republicano que falta.

blascota@prodigy.net.mx

Analista político

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