Marco Tulio Carrascosa
Hay estados que convierten su tierra en riqueza.
Y hay otros que, teniendo tierra bendita, la abandonan hasta convertir su potencial en nostalgia.
Chiapas pertenece dolorosamente a la segunda categoría.
Porque seamos brutalmente honestos: el campo chiapaneco no está quebrado por falta de fertilidad. Está quebrado por falta de visión.
Tenemos algunas de las tierras más privilegiadas del país.
Climas diversos.
Abundancia hídrica.
Vocación ganadera.
Capacidad agrícola extraordinaria.
Ubicación estratégica hacia Centroamérica y cercanía logística con mercados internacionales.
Y aun así, Chiapas no lidera como debería la agroindustria nacional.
Eso no es mala suerte.
Eso es fracaso de gestión.
Porque mientras otros estados entendieron hace años que el campo dejó de ser solo producción primaria para convertirse en una industria sofisticada de transformación, exportación y valor agregado, Chiapas sigue atrapado en una lógica atrasada donde producir parece suficiente.
No lo es.
Hoy el negocio real no está únicamente en sembrar mango, plátano, cacao, café, palma, maíz o ganado.
El verdadero negocio está en industrializar.
En transformar.
En enlatar.
En exportar.
En empacar con estándares internacionales.
En construir marca.
En dominar cadenas de valor.
Y ahí es donde Chiapas ha perdido décadas.
Mientras Jalisco se consolidó como gigante agroalimentario.
Mientras Sinaloa domina producción hortícola.
Mientras Michoacán conquistó mercados globales con aguacate y berries.
Mientras Sonora fortaleció proteína animal y exportación.
Chiapas sigue observando desde la banca.
Y duele decirlo, porque el potencial natural chiapaneco es brutalmente competitivo.
Pero el campo no se desarrolla con discursos nostálgicos.
Se desarrolla con visión empresarial.
Y aquí aparece una verdad incómoda.
El gobierno de Chiapas hoy no está construyendo megaproyectos agroindustriales capaces de transformar el estado.
No hay grandes corredores agroindustriales.
No hay hubs logísticos agroexportadores.
No hay plantas transformadoras de gran escala.
No hay una estrategia agresiva para certificaciones internacionales.
No hay narrativa seria de conquista de mercados globales.
No hay ambición.
Lo que hay son esfuerzos fragmentados.
Pequeños.
Administrativos.
Insuficientes.
Mientras tanto, otros nos están dando lecciones.
Sí.
Incluso Guatemala.
Y esto debería incomodar profundamente.
Porque mientras Chiapas sigue administrando rezagos, Guatemala ha entendido mejor la lógica agroexportadora.
Empresas agroindustriales en la región han sabido transformar producción primaria en productos procesados de valor agregado con destino a mercados internacionales, incluyendo Estados Unidos.
Productos enlatados.
Procesados.
Empacados con estándares globales.
Marca.
Logística.
Visión.
Eso es pensar en grande.
Y aquí seguimos demasiadas veces celebrando cosechas como si estuviéramos en el siglo pasado.
La diferencia entre producir y construir riqueza está en la transformación.
Y Chiapas no ha entendido suficientemente esa ecuación.
Según cifras nacionales, estados como Jalisco, Veracruz, Sinaloa y Michoacán tienen ecosistemas agroindustriales mucho más robustos y mejor conectados con cadenas de exportación.
¿Y Chiapas?
Con todo su potencial, sigue muy por debajo de lo que debería representar.
Eso no es un problema de suelo.
Es un problema de liderazgo.
Porque aquí es donde debe hacerse la crítica frontal.
La Secretaría de Economía y del Trabajo (SEyT) es la dependencia oficial encargada del sector económico y productivo en Chiapas. Sin embargo, hoy parece más enfocada en administrar inercias que en construir una verdadera revolución productiva.
¿Dónde están las alianzas con fondos agroindustriales?
¿Dónde están los convenios con gigantes del procesamiento alimentario?
¿Dónde están los incentivos para plantas empacadoras y procesadoras?
¿Dónde están los megaproyectos de exportación?
¿Dónde está la visión de convertir a Chiapas en potencia agroalimentaria continental?
Porque no basta con entregar apoyos dispersos.
Eso no cambia estructuras.
Lo que cambia estructuras es construir ecosistemas.
Y aquí es donde Chiapas ha perdido el rumbo.
Nos hemos acostumbrado a pensar el campo como sector vulnerable.
Cuando deberíamos pensarlo como motor económico estratégico.
Aquí podríamos ser líderes nacionales.
Número uno.
Sí, número uno.
En cacao premium.
En café de especialidad.
En proteína animal.
En frutas tropicales.
En agroindustria exportadora.
En procesamiento alimentario.
En bioeconomía.
En productos con valor agregado.
Pero para eso hace falta algo que escasea:
Gobierno con hambre de grandeza.
Porque mientras otros estados salen a conquistar mercados, aquí seguimos atrapados en la gestión pequeña.
Y mientras Guatemala exporta con inteligencia, nosotros seguimos desperdiciando tierra fértil.
Esa quizá sea una de las tragedias económicas más absurdas de Chiapas.
Tener con qué alimentar medio continente…
Y no haber construido ni siquiera el modelo para alimentar nuestra propia prosperidad.
Porque el campo chiapaneco no necesita lástima.
Necesita liderazgo.
Necesita ciencia.
Necesita inversión.
Necesita industrialización.
Necesita visión global.
Porque una tierra bendita administrada con mentalidad de rezago, termina padeciendo más pobreza.
Y Chiapas, hoy, tiene la oportunidad de ser primer lugar, pero ha preferido el rezago y la marginación.
Hasta la próxima… ✒️
