Mercado adverso de los psicólogos en México

Carlos Hiram Culebro

El crecimiento de las escuelas de psicología en México no respondió a una planeación de las necesidades del país, sino a una lógica de mercado que encontró en esta disciplina un producto educativo barato, atractivo y fácil de replicar. Si en la década de 1970 existían un poco más de medio centenar de programas, un crecimiento explosivo de esos centros educativos ocurrió entre los años 2000 y un poco antes, cuando la proliferación de universidades privadas y la flexibilización de los controles educativos dispararon la oferta hasta alcanzar hoy una cifra que se estima en más de mil programas en el territorio nacional. En entidades como Chiapas, este fenómeno se replica, debido a que aproximadamente veinte instituciones imparten esa carrera —con más de 30 programas si se consideran campus y modalidades— en un contexto donde la calidad académica es desigual y, en algunos casos, cuestionable.
Los recién egresados de esas instituciones educativas (en quienes predominan personas del sexo femenino por razones cuya explicación escapa al propósito de este texto), tienen la expectativa de insertarse en un campo laboral amplio como son los hospitales, escuelas, empresas y organismos públicos, principalmente, pero en los hechos ese horizonte muchas veces suele reducirse a empleos mal pagados, subcontratados o bien, al autoempleo en consultorios privados, compitiendo con la consulta que otorgan los psiquiatras. En otros campos de trabajo la rivalidad también se da con otros profesionistas. A ello hay que agregar a sujetos que sin la formación profesional requerida, se dedican a atender a enfermos mentales; la prensa nacional ha informado de algunos de estos casos.
Los espacios institucionales son escasos y están saturados. Los programas públicos resultan insuficientes y, en algunos casos, el egresado de psicología es visto como un recurso accesorio, no como un profesional esencial. Así, varios de ellos terminan desempeñándose en funciones ajenas a su formación o aceptando condiciones laborales poco favorables que les genera frustración.
Cabe mencionar que la psicología no es un lujo sino una necesidad del primer orden, para evitar -conjuntamente con otros profesionistas- que el tejido social se fragmente, ante la pérdida de la salud mental.
Los campos tradicionales —clínico, educativo y organizacional— siguen concentrando la mayor parte de las oportunidades. Pero incluso ahí, las condiciones muchas veces distan de ser favorables. En escuelas privadas, por ejemplo, el psicólogo suele ser una figura necesaria, pero mal remunerada. En empresas, su labor se diluye en tareas administrativas bajo el rótulo de “recursos humanos”. En el ámbito clínico, el ejercicio independiente implica enfrentar la competencia ya mencionada y la ausencia de regulación efectiva.
El problema no es menor. Se trata de una profesión que, aunque trabaja directamente con la salud mental, sus propios profesionistas muchas veces enfrentan incertidumbre e inestabilidad laboral.
En Chiapas esta situación adquiere matices aún más complejas. En una entidad marcada por la pobreza extrema, rezagos históricos y desigualdad, la necesidad de atender, entre otros, problemas derivados de la migración forzada y trastornos emocionales asociados a la marginación, que configuran un escenario donde la intervención psicológica es necesaria. De la situación emocional de los indocuentados hay mucho que expresar; todo ello ante profesionales que luchan por encontrar espacios donde ejercer. Si más del 78% de la población ocupada trabaja en Chiapas en la informalidad, sin prestaciones laborales ni vínculo contractual reconocido, no son pocos los psicólogos que forman parte de ese porcentaje.
Frente al panorama desolador de varios estudiosos de la conducta humana, la crítica resulta inevitable debido a que la psicología, lejos de consolidarse como una profesión estratégica, se ha convertido en un campo saturado, desprotegido y, en muchos casos, invisibilizado.
No todo es negativo, hay psicólogos exitosos en las áreas en que laboran y también hay instituciones que reconocen el esfuerzo de esos profesionistas, lo que se evidencia en el salario y la seguridad en el empleo que les proporcionan.
La pregunta, entonces, ya no es cuántos psicólogos hay o en qué pueden trabajar. La interrogante de fondo es otra e incómoda, ¿por qué en un país con las alteraciones psicológicas que se dan en todo conglomerado humano, varios de quienes se dedican a atender a esa población deben laborar en condiciones adversas?
Porque en el México de hoy, ser psicóloga o psicólogo no sólo implica vocación sino también resistir y soportar el desdén de un Sistema que ha permitido el crecimiento explosivo de estos profesionistas.

Correo: carloshiram9@hotmail.com

(*) Fundador de la Asociación Chiapaneca de Profesionales para la Salud Mental, AC

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