Elvira Arellano y los salvadores de la patria

Leonardo Curzio

El caso de Elvira Arellano, la migrante depor-tada, me conmovió. Su historia nos deja ver la brutalidad de un sistema que puede separar a una madre de su hijo y su testimonio nos interpela a todos. Sin embargo, la parte más dura no me parece la de su deportación, sino su voluntad de regresar a Estados Unidos. Elvira ha planteado la posibilidad de volver y si bien su circunstancia personal puede explicar que alguien que ha sido objeto de una deportación tenga ganas de retornar, lo dramático es que miles de mexicanos anualmente están dispuestos a sufrir lo que haga falta para abandonar su país. No hemos logrado construir las condiciones necesarias para que los migrantes y los deportados prefieran pasar las de Caín allende la frontera antes que quedarse en este país dominado por la imposibilidad de dar el gran paso adelante.
La incipiente democracia mexicana no ha conseguido aún liberar las fuerzas necesarias para mejorar las condiciones de vida de la gente, entre otras cosas, porque quienes toman las decisiones no han cambiado lo suficiente. En este periodo de consolidación de la democracia los argumentos de los “salvadores de la patria”, aquellos que en dos pinceladas nos dicen cuál es el camino de la salvación que invariablemente pasa a través de los hechos de que ellos le instalen en el poder, parecen superfluos. Hacen falta políticos con habilidades como la discreción, la destreza para comprender los problemas del funcionamiento de la administración pública. Este tipo de habilidades son especialmente útiles en la etapa posterior a la transición de un régimen autoritario a una democracia imperfecta.

La parte heroica de enfrentarse al sistema autoritario deja de ser funcional, puesto que cesan de existir las condiciones para que el heroísmo tenga alguna razón de ser. Hubo un tiempo en el que en este país enfrentarse al gobierno u oponerse al presidente eran gestos políticos a la altura del arte, por decirlo de alguna manera. En el México actual los plantones, las interpelaciones e incluso los insultos al poder no implican un riesgo para quienes lo practican. Pasamos, pues, de la etapa de los valientes a la de los bravucones que se saben protegidos por el régimen de libertades para proseguir con sus actos. Lo que necesita ahora este país es una generación de reformadores, de políticos discretos y acuciosos que estén dispuestos a transformar las instituciones, en los márgenes que un sistema democrático permite, para así darles respetabilidad y representatividad. Una generación de modernizadores es lo que necesita este país; políticos capaces de involucrarse en la solución de los problemas que el país tiene y no simplemente sentarse a administrarlos si les toca ser gobierno, o dedicarse a denunciar el lamentable estado de cosas si son oposición.

A estas alturas es más eficiente un político discreto que desde el gobierno haga pequeñas, pero irreversibles transformaciones que distribuyan más poder entre los ciudadanos, que involucre la igualdad de géneros en espacios concretos, que eleve los niveles de ingreso de la gente en comunidades específicas que las grandes proclamas o de las grandes cruzadas gubernamentales. Desde la oposición es más eficaz el político que logra moderar con su fuerza las desigualdades atroces que laceran a este país, que aquel que pontifica en discursos generales. Los reformadores pueden ubicarse en todas las fuerzas del espectro político y la concertación entre ellos puede impulsar un salto cualitativo como se ha demostrado en la experiencia de otros países. El nudo histórico en el que vivimos y las inercias que impiden a México avanzar requiere de una generación de políticos discretos, pero rabiosamente eficaces para construir una democracia más equitativa y más eficaz.

Analista político

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