EDUCAR

PITA LADDAGA

¿Son necesarios los castigos y los golpes?

Castigar significa causar sufrimiento a otra persona para que cambie su comportamiento. El castigo tiene grandes desventajas, es uno de los peores métodos que los padres podemos usar. El castigo físico lastima al niño y el castigo emocional, como humillarlo o amenazarlo, puede limitar su inteligencia y además disminuir seriamente su autoestima y seguridad.
Los castigos severos producen frustración, enojo, deseos de venganza, miedo y resistencia a colaborar.
El castigo impide sólo temporalmente una conducta. En cuanto desaparece la vigilancia, el niño vuelve a hacer lo mismo.
El niño castigado severamente no aprende a controlarse sino sólo a evitar el castigo. Si lo encerramos dos horas en el baño por pegarle a su hermanito, la próxima vez se asegurará de que nadie lo descubra. Pero seguirá pegando.
Existen varias formas de castigar.
El castigo físico como pegar, zarandear o pellizcar, además de ser peligroso para el niño, es un gran abuso. Nada justifica maltratarlo.
Imaginemos lo que significa para el niño pequeño el que sus padres perdamos el control y actuemos en forma violenta. Para él los golpes significan que los papás somos más grandes y nos aprovechamos de eso; que él vive en peligro, que no puede defenderse y que sus padres creemos en la violencia y la fuerza para resolver los conflictos. El niño que ha sido golpeado aprende a ser violento.
La burla o el menosprecio a los hijos son prácticas tan destructivas como ineficaces. No nos damos cuenta del daño que causamos al niño con los insultos: “eres un niño malo” “como puedes ser tan tonto” “ahí viene el cochino de la casa”. Las frases despectivas etiquetan al niño, empobrecen el concepto de sí mismo y bajan su autoestima. La humillación no educa nunca.
Los chantajes emocionales no ayudan al niño a tener un buen concepto de sí mismo. El niño se asusta y se siente culpable cuando escucha frases como “estoy triste porque no levantaste tus juguetes. “me voy a enfermar de tantos corajes que me haces pasar”. Sin embargo cuando crece, deja de tomarlas en serio pues sabe que son falsas.
Los premios tampoco ayudan al niño a convertirse en una persona responsable. “si te acabas la sopa te compraré una muñeca” “si levantas la mesa, te daré un dulce”. Desde luego, las recompensas sí funcionan en el momento. El problema es que, al usarlas con frecuencia, el niño crece esperando que alguien por cada acción que realiza y no aprende a ser responsable e independiente.
Cuando el niño actúa solamente por un beneficio externo, pierde la oportunidad de sentir satisfacción por el logro personal.
Las amenazas aterrorizan al niño y son inútiles para enseñarle como conducirse “si vuelves a hacer esto, te va a ir muy mal” “la próxima vez que conteste así, te voy a lavar la boca con jabón” Las promesas tampoco sirven: “prométeme que nunca volverás a comer galletas antes de la cena” La razón por la que es inútil decirle al niño lo que le va a pasar es que al día siguiente ya no recuerda lo que prometió o lo que no debía hacer.
Retirarle el afecto es una de las formas mas agresivas de castigar al niño. La posibilidad de que sus padres lo dejemos de querer o lo abandonemos es angustiosas y amenazante. Decir a nuestro hijo: “no te quiero nada, vete de aquí” ó “ya no te soporto, te voy a regalar con el señor que recoge la basura” le causa terror y además es un engaño, pues ni lo vamos a dejar de querer ni lo vamos a abandonar.
Esta manera cruel de castigar no funciona para educar. El niño se asusta tanto que no puede pensar. El peligro de perder el cariño y el amparo de sus padres, lo hacen sentir tan inseguro que en el futuro tratará de ocultar sus emociones y los deseos que a sus padres parecen inadecuados y perderá su espontaneidad, su entusiasmo y su alegría.
Desde luego que es difícil mantener siempre la calma. Es inevitable que los padres nos enojemos de vez en cuando.
Cuando esto nos suceda, conviene decirlo con claridad: “Estoy enojado. Eso que hiciste me molestó” Darnos tiempo para tranquilizarnos en lugar de reaccionar con regaño ó gritos, alejarnos del niño hasta que la molestia desaparezca y estemos en condiciones de hablar con él. Un padre enojado no es un buen maestro ni es capaz de escuchar las razones del niño para ayudarle a aprovechar la experiencia y aprender de ella.
Si alguna vez actuamos impulsiva y violentamente, podemos hacer algo para resolver la situación: podemos pedir perdón al niño.
Si esto es ocasional, no resulta grave, pero es inútil tratar de engañar al niño argumentando que lo golpeamos “por su propio bien” Esto es falso y él lo sabe. Resulta más sincero decirle: “Me disgusté contigo y por eso te pegué. Ahora me doy cuenta de que estaba enojado por otras cosas, lo siento mucho”

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