PITA LADDAGA
Como y cuándo disciplinar
Cometemos dos tipos de equivocaciones al disciplinar a nuestro hijo
Consentirlo y dejarlo hacer lo que quiera ó exigirle un comportamiento maduro cuando aún no está preparado, son dos errores muy frecuentes. A veces pasamos de un extremo a otro, y eso le puede causar más confusión al niño.
Algunos padres tenemos miedo de perder el amor de nuestro hijo si ejercemos la autoridad.
Tal vez no nos atrevemos a marcar límites porque no deseamos imponerle una educación tan dura como la que nosotros recibimos. Sin embargo, esto es hacer vivir al niño en un mundo irreal. Si nos doblegamos a sus caprichos y él no tiene que responsabilizarse de su conducta ni considerar los sentimientos o necesidades de los además, no podrá aprender a ponerse de acuerdo ni a llegar a tratos justos; no sabrá como relacionarse y se sentirá incapaz.
Ceder a los reclamos, gritos, llantos o ruegos de niño y cambiar nuestras decisiones para satisfacer sus deseos, lo tendrá contento, por un rato, pero en el fondo nos perderá el respeto y no se sentirá ni cuidado ni protegido.
El pequeño no sólo admite nuestra autoridad si no que la busca y la provoca, cuando no encuentra límites, se vuelve cada vez más desafiante: necesita probar hasta dónde le permitimos llegar
Los padres muy exigentes tampoco favorecemos la autonomía y la seguridad de nuestro hijo
Si somos muy duros con él, el niño vivirá con miedo e irá abandonando sus propios deseos para obedecer a los demás. Podrá mostrarse débil y dependiente, o agresivo y desafiante, pero en los dos casos irá guardando sentimientos tan destructivos para él como la tristeza y el resentimiento.
¿Cómo encontrar el equilibrio al disciplinar?
Hay que tomar en cuenta la personalidad de nuestro hijo y saber que el niño es lo que importa. La disciplina debe adaptarse a sus características y no al revés.
Cada niño es único. Incluso en la misma familia no podemos aplicar la misma disciplina a niños diferentes. Un pequeño sensible y frágil requiere menos reprimendas que un niño colérico ó flemático; un niño con un mayor desarrollo del lenguaje, necesita más explicaciones.
También es importante comprender el momento por el que está pasando el niño y observar si se siente cansado, enfermo angustiado, triste o temeroso; si necesita más suavidad o más firmeza; si ya superó una etapa y está iniciando la siguiente, si ahora requiere reglas y hábitos más adecuados a sus nuevas habilidades.
Para ser eficaz, la disciplina ha de ajustarse a la edad del niño.
Los padres tenemos que observar a nuestro hijo, calcular que puede lograr y qué no y evitar exigirle algo para lo que no está preparado. Es inútil pedir a un niño de esta edad que se siente tranquilo y callado en una visita formal a su tía, o que sepa todas las reglas de cortesía a los tres años. Necesitamos saber qué podemos enseñarle en cada momento de su desarrollo.
En los primeros ocho meses, el bebé no requiere disciplina propiamente dicha.
Lo que debemos hacer es ayudarlo a establecer las rutinas de higiene, sueño y alimentación. El niño necesita aprender a poner orden en sus hábitos y horarios y eso lo logra más con nuestros cuidados que con disciplina.
¿Cuándo empezar a disciplinar?
La primera vez que el niño acerca la mano a un objeto prohibido (como las llaves de la estufa)o hace algo que sabe que no nos gusta(como tirar juguetes en el excusado)) y se asegura que los estamos mirando, es claro que está pidiendo límites y necesita que le ayudemos a controlarse. Es el momento de aplicar la disciplina.
Este tipo de comportamientos coincide con el gateo, alrededor de los ocho ó nueve meses y se intensifica cuando el pequeño aprende a caminar. La independencia que adquiere al poder moverse de un sitio a otro le produce una enorme satisfacción, pero también le da miedo; quiere explorarlo todo, pero no sabe hasta donde llegar. Entonces se asusta y nos provoca, para que le marquemos las fronteras que él no tiene claras todavía.
La rebeldía del niño pequeño es una expresión sana de su crecimiento y una forma de aprender a comportarse.
Si comprendemos su proceso, será mas sencillo marcarle límites claros y hacerlo de manera tranquila, sin enojarnos con él. La disciplina que establecemos ha de ser directa y amorosa. Podríamos llamar su atención hacia otra actividad interesante y si no resultara, quitarlo físicamente de donde está, con firmeza y suavidad, pues hasta que su lenguaje se desarrolle más ampliamente no es posible razonar con él.
A partir de los dos años, conviene acompañar la disciplina con una explicación
Cuando comienza una conducta negativa del niño es necesario detenerla de inmediato: cargarlo, sentarlo en una silla, llevarlo a otro lugar hasta que se calme, sentarnos junto a él unos minutos y después explicarle por qué no aceptamos lo que hizo y porque es necesario que le ayudemos a controlarse.
El niño tiene que saber como afecta su comportamiento a otros o a él mismo y qué puede hacer para solucionar el problema. “Te quiero mucho, pero no puedo permitir que rompas los juguetes de tu hermana. ¿ Que vas a hacer ahora para que ella no esté triste?”
Es fundamental distinguir claramente entre el rechazo de la conducta errónea y la aceptación y amor a nuestro hijo. Después de disciplinarlo, las caricias y abrazos nos hacen mucho bien tanto al niño como a los padres.
Lo importante es que el niño se sienta cada vez más seguro y capaz de tomar sus propias decisiones y de convivir en armonía con otras personas.
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