José Fernández Santillán
Ahora, cuando la catástrofe que azota a Tabasco nos ha hecho poner atención en esa entidad, no es exagerado decir que muchos de nosotros guardamos una relación especial con la tierra de Carlos Pellicer: amigos, recuerdos y afectos nos ligan con ese estado que, aunque pequeño (24 mil 578 kilómetros cuadrados), le ha dado tanto a México. En circunstancias normales los tabasqueños son alegres, bullangueros y, sobre todo, altamente politizados. Cuando voy allá les digo, en broma, que hasta los niños discuten acerca de los candidatos y partidos.
Viene a la memoria la vista desde el avión del “edén”, lleno de pantanos y lagunas. Son tierras bajas colindantes con el mar. En el cúmulo de información que nos llega en estos días acerca del drama tabasqueño hay un dato que no ha sido puesto suficientemente de relieve: se trata de la entidad de la República con mayor escurrimiento de agua a lo largo del año; comprende la red hidrológica de mayor complejidad en la nación.
El Usumacinta, el río más caudaloso del país, y el Grijalva, segundo en importancia por la magnitud de agua que arrastra, forman ese extenso delta que se observa en toda su magnificencia desde el aire. El volumen anual que el sistema Grijalva-Usumacinta deja en el golfo de México es de 125 mil millones de metros cúbicos; cifra que representa 35% del caudal acuífero del país.
En contraste con otros lugares de la República, el problema en Tabasco es el exceso de agua, no la falta de ella. En tiempos comunes 60% de su territorio está cubierto por agua. Sin embargo, las dificultades en épocas de lluvia, como es el caso actual, aumentan porque no se cuenta con la infraestructura adecuada para drenarla. Como me dijo un amigo tabasqueño, Martín Berdeja, lo que causó el desastre no fue tanto lo que llovió en la zona de Villahermosa, sino lo que se precipitó y luego se dejó venir desde la sierra.
Alfredo Elías Ayub, director general de la CFE, proporcionó una información que muestra en toda su crudeza la dimensión del fenómeno pluvial: el volumen captado por las presas de Malpaso y Peñitas en los días que duraron las lluvias producidas por la tormenta tropical Noel equivale a lo que el Distrito Federal consume en un año y medio.
Meteorología y demografía se combinaron en esta ocasión: la población del estado se mantuvo estable hasta que el auge petrolero, a mediados de los años 70, atrajo a una gran cantidad de personas, la mayor parte de las cuales se concentró en el municipio de El Centro, donde está enclavada, precisamente, Villahermosa con los consecuentes daños a la ecología y falta de servicios. Otra acción imperativa como el dragado de los ríos Grijalva y Carrizales siempre quedó pospuesta.
Las imágenes que nos llegan de diversas partes del estado son desgarradoras; no obstante, el impacto demoledor para los tabasqueños ha sido ver que el corazón histórico de su ciudad capital ha desaparecido.
Debemos hacerles sentir que no están solos: es una obligación moral para todos nosotros regresarles la sonrisa y la alegría que los caracteriza.
jfsantillan@itesm.mx
Académico del ITESM-CCM
