Rosario Green
No hay semana en que no reciba-mos noticias de Sudamérica y podamos apreciar que están teniendo lugar ahí hechos que ameritan un cuidadoso seguimiento, particularmente por parte de nuestro país.
El triunfo de Cristina Fernández en la contienda presidencial argentina, representando al amplio espectro de organizaciones de izquierda aglutinadas bajo el paraguas del peronismo, confirma el aval político de los ciudadanos a la orientación iniciada por su marido, Néstor Kirchner. Sin embargo, no se trata de un acontecimiento que deba verse de manera aislada, toda vez que consolida una tendencia regional de búsqueda de nuevas formas de afrontar añejos problemas económicos y sociales.
Hace apenas unos días se anunció, nada menos que en Washington, la formalización del Banco del Sur liderado por Venezuela, al que se han unido Brasil, Argentina, Colombia, Bolivia, Uruguay, Ecuador y Paraguay, con Chile como observador. Se trata de una iniciativa encaminada a sustituir la influencia del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional en las decisiones de política económica de los países de América Latina, pues según se ha dicho eventualmente abarcará a Centroamérica, México y el Caribe.
En el campo de los energéticos, la empresa brasileña Petrobras ya ocupa un lugar destacado, por su producción, las alianzas que ha ido estableciendo y, sobre todo, la capacidad tecnológica que ha desarrollado.
Argentina visualiza un futuro halagüeño en el desarrollo de los biocombustibles y, por lo pronto, experimenta un gran alivio económico a partir del alza de los precios de los granos que produce.
Chile es un ejemplo de aprovechamiento óptimo de sus tratados de libre comercio, y sus productos se encuentran cada vez más en los anaqueles de las tiendas departamentales de un gran número de países.
Mientras tanto, el presidente ecuatoriano Rafael Correa viaja a España para invitar a sus paisanos emigrantes a retornar e incorporarse a las tareas de la construcción del “nuevo Ecuador”.
Venezuela, Bolivia y el propio Ecuador están inmersos en cambios profundos a sus Constituciones, mediante procesos que, a pesar de ser conducidos por cauces formalmente democráticos, no dejan de generar preocupaciones acerca de la posibilidad de abrir el camino a presencias caudillistas y autoritarias.
Todo lo anterior sin olvidar que sigue en marcha la conformación de la Comunidad Sudamericana de Naciones, proyecto que se viene gestando desde hace tres años, con la simpatía de 12 de los gobiernos del área, y mediante el cual se busca avanzar hacia una integración subregional.
Es innegable que todos los países de Sudamérica, al igual que el resto de América Latina, confrontan en grado diverso severos problemas de pobreza y desigualdad, en varios casos incluso acentuados por la presencia de grandes grupos indígenas históricamente marginados, y que la solución a los problemas de falta de educación, infraestructura, diversificación productiva y otros muchos más exige no sólo voluntades personales, sino procesos crecientemente innovadores.
Lo anterior es cierto tanto a nivel de países individuales como de aquellos que deciden integrarse para llevar a cabo esfuerzos colectivos adicionales con miras a elevar la calidad de vida de sus sociedades. En ambos casos el sendero nunca estará exento de obstáculos y sobresaltos, por lo que la persistencia en la tarea y la permanente revisión de planes nacionales de desarrollo y contenidos de acuerdos de integración constituyen imperativos impostergables.
Ante la intensa dinámica política y económica que se observa en Sudamérica, es imposible dejar de preguntarse cuándo empezará México a recorrer en verdad los caminos del Sur, a integrarse, a hacer honor a sus raíces históricas y culturales, a aprovechar las ventajas de la vecindad continental.
Senadora de la República (PRI)
