Manuel Camacho Solís
Dialogar es decir y escuchar. Debatir es decir y responder. Sin diálogo y debate no hay democracia, ni estado de derecho ni solución pacífica de las diferencias.
El petróleo nos ha colocado en los extremos; puede, también, enseñarnos a practicar un método político más trascendente que el de la descalificación, para dar entrada a la razón y a la construcción de salidas dignas para las partes y útiles para la sociedad.
Para quienes creemos en la importancia de cuidar las formas y protocolos republicanos, es difícil de aceptarlo, pero qué hubiera pasado si la oposición de izquierda no hubiera tomado las tribunas del Congreso. ¿Se podía aceptar que se cambiara una decisión fundamental del pueblo de México (sobre el petróleo), mediante reformas legales que le dieran la vuelta a la Constitución y sin un debate nacional que informara a la sociedad? ¿Era creíble la disposición del régimen al diálogo, cuando todavía el día anterior se había dicho que no habría iniciativa del Ejecutivo, la secretaria de Energía había cancelado su diálogo con el FAP y se anunciaba una aprobación, en semanas, de las iniciativas?
¿Qué hubiera pasado si, en vez de ejercer presión dentro del parlamento, la protesta se hubiera concentrado en la calle y si, ante la falta de respuesta, se hubiera recurrido a escalar la movilización? ¿No era ese un camino más peligroso?
¿No es una demostración de gran civilidad de los habitantes de la ciudad de México que, el domingo 13, en el Zócalo, al mismo tiempo hubieran concurrido pacífica y respetuosamente el homenaje al cardenal (dialoguista) Ernesto Corripio Ahumada, las familias que visitaban el Museo Nómada y la concentración masiva del FAP?
Pero también, con el mismo realismo: ¿no provocaría un desgaste para la izquierda recurrir a plantones prolongados, a movilizaciones permanentes que no logran resultados, o a estrategias de presión que, en algún momento, serían un festín para los provocadores y para quienes, con tal de tener razón, se pavonearían por haber demostrado que la izquierda es violenta y secuestradora?
¿Qué se podía ganar con un “diálogo”, a manera de una comisión investigadora a modo, donde no participara la oposición de izquierda, para al final aprobar las iniciativas en sus términos? ¿Qué seguridad ofrecerían a los inversionistas unas reformas que serían reclamadas como anticonstitucionales y que, al 2010, alimentarían una movilización social cada vez más dura?
Más allá de las penosas confusiones de quienes no saben distinguir un golpe de Estado de un acto de protesta política. O de los juicios sumarios que hacen quienes se desesperan porque la política nacional no se apega al modelo británico. Habría que reconocer el alto valor que tiene la autocontención de aquellos políticos que, en una situación de alta fragilidad se han detenido, pues al final han calculado que un acto de prepotencia podría romper las amarras de la estabilidad. Sí, reconocerles su mérito a quienes están haciendo posible que se contenga una imposición no deseada por las mayorías nacionales y a quienes empiezan a registrar que es más segura una estabilidad fundada en el diálogo que en el madruguete y el bypass constitucional.
El petróleo ha vuelto a polarizar al país. Si se repite la historia de la postelección, los cuatro años y medio que faltan serán larguísimos. Todos perderemos. Si se acepta una realidad tripartita, no sujeta a pactos de impunidad, la democracia ganará y Pemex saldrá fortalecido. Demos a la política su debida primacía. Aprendamos, todos, a decir y a escuchar.
Miembro de la Dirección Política del Frente Amplio Progresista
