Macario Schettino
EL UNIVERSAL, en nota de Jorge Octavio Ochoa, ha documentado, una vez más, el estilo personal de gobernar de López Obrador. Nadie puede llamarse a engaño a partir de ese momento. Antes, podían mantenerse dudas, pero ya no más.
Para quien no comprenda aún de qué se trata lo que estamos viendo, lo pondré con todas sus letras: es un intento más de restauración autoritaria. López Obrador representa el regreso a los peores tiempos del régimen de la Revolución, a esa versión fársica que vivimos en los años 70, que es la responsable del deterioro general del país, en lo político, en lo económico y en lo social.
Fue esa versión del nacionalismo revolucionario la que destruyó al sistema educativo nacional, la que pervirtió a las universidades públicas, la que llevó a la quiebra la economía, la que institucionalizó el crimen. Aunque todavía hoy sus intelectuales se sigan defendiendo por el simple expediente de culpar a otros: a la globalización, al neoliberalismo, a quien sea, menos reconocer que ellos, amparados en Echeverría y López Portillo, acabaron con el país.
Hoy, son precisamente esos mismos intelectuales los que rodean a López Obrador, y exigen un debate en el que repetirán lo que dijeron hace 30 años, lo que hicieron hace 30 años. Porque ellos mismos sugirieron usar a Pemex como fuente de ingresos para el gobierno. Ellos fueron quienes promovieron el abuso del petróleo para sus faraónicos proyectos de desarrollo. Y lo hicieron entonces como ahora, amparados en el autoritarismo del líder.
Lo que hoy estamos viviendo es todavía parte del proceso de cambio de régimen. Aunque el surgido de la Revolución llegó a su fin en 1997, con la pérdida de mayoría del PRI en la Cámara de Diputados, eso no ha significado su muerte. El antiguo régimen vive en esos intelectuales que no pueden pensar fuera del marco de la Revolución. Vive en los grupos que fueron privilegiados, y no están dispuestos a renunciar a sus prebendas. Vive en los millones de mexicanos incapacitados por el sistema educativo, hoy convertidos en lumpen, como se decía antes. Carne de cañón para las brigadas.
Nadie debe confundirse pensando que estos grupos buscan el bienestar nacional. Se trata sólo de la lucha por el poder. Se trata de una restauración autoritaria en forma. Y como tal, no puede darse dentro del marco institucional de la democracia.
No se trata de defender a la patria, como cínicamente dicen, sino de tomarla bajo su control, para su beneficio, para poder regresar a ese sistema autoritario, corrupto y corruptor, en el que ellos se hicieron y que hoy representan. La patria que dicen defender es ese inmenso fracaso que fue México durante el siglo pasado, precisamente gracias a ellos. Quieren volver al poder para destruir lo poco que ha quedado. Porque el poder lo vale, porque nada se compara con él, porque humillar, violentar, insultar, robar sin castigo no tiene comparación. Y eso quieren volver a hacer, como lo hicieron antes.
Pero este país ha cambiado. Hoy, no representan a la mayoría de los mexicanos, ni mucho menos. Hoy sólo le apuestan a la restauración unos pocos intelectuales, viejos en edad y en ideas, unos pocos grupos de vividores del antiguo régimen, algunos políticos hechos a la genuflexión, y varios miles de lúmpenes, ahora brigadistas, que con fe de carbonero siguen a su redentor. Redentor que los sacrificará cuando lo necesite, a todos ellos, como ya lo ha hecho antes.
El régimen de la Revolución le hizo mucho daño a México. Fuimos un fracaso. Construimos un país sin democracia, sin competitividad y sin justicia. Y a eso quieren que regresemos. No hay manera de aceptar esa propuesta. Porque ya sabemos que ese camino lleva al precipicio. Es necesario que lo digamos con toda claridad, que el resto de las fuerzas políticas reconozca, de una vez por todas, que el camino seguido por México era equivocado. Es necesario criticar nuestro pasado, para no perder también el futuro.
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Profesor de Humanidades del ITESM-CCM
