Consolidación democrática

Macario Schettino

La semana pasada la Suprema Corte de Justicia de la Nación declaró contrarios a la Constitución diversos artículos de las leyes que se han dado en llamar, genéricamente, “de medios”. Es conocido cómo fue que esos artículos, y las leyes enteras, se aprobaron en medio del proceso electoral del año pasado. Fueron reformas legales aprobadas por unanimidad en la Cámara de Diputados en pocos minutos, y por amplia mayoría, ya con el escándalo encima, en el Senado.
Lo que acaba de ocurrir no es totalmente nuevo, pero sí se trata de un excelente ejemplo de cuánto ha avanzado este país en el proceso de transición desde un régimen autoritario hacia una democracia que, a pesar de grandes obstáculos, se consolida.

Es un proceso que inició, con cierta claridad, a mitad de los 80, pero que obtuvo su primer gran éxito en 1997, cuando la Cámara de Diputados dejó de tener una fracción mayoritaria. Fue entonces que se hizo patente de qué tamaño era el autoritarismo del régimen que terminaba, que no había mecanismos ni reglas para una Cámara dividida. Nunca se había pensado en la posibilidad de perder la mayoría de siempre.

Esa elección de 1997 fue posible gracias a la reforma electoral del año anterior. Pero poco tiempo antes había ocurrido otra reforma que no fue tan promocionada pero que ha tenido efectos iguales, o tal vez mayores, que la electoral. La reforma al Poder Judicial, que abrió el espacio a una nueva Corte, está detrás del proceso de democratización e institucionalización que hoy vivimos.

Esta reforma fue fundamental porque con el gobierno dividido que hemos tenido desde 1997, y con varios gobernadores de partidos diferentes al del Presidente de la República, el sistema que hacía lo que éste decía llegó a su fin. Y con ello, llegaron las diferencias de opinión, que obligaron a leer, por primera vez para muchos mexicanos, la Constitución.

Para sorpresa de muchos, resulta que nuestra Carta Magna tiene inmensos boquetes que no permiten saber, con claridad, a quién le toca hacer qué. En esta circunstancia, la independencia de la Suprema Corte, como último intérprete de la Constitución, es un elemento de gran importancia para la nación.

No por nada las controversias constitucionales, y otros recursos similares, han pasado de dos o tres por año, a inicios de los 90, a más de 100 anuales, desde hace algún tiempo. Hemos tenido todo tipo de controversias, entre todos los poderes y órganos de gobierno, pero ahora tenemos, por primera vez, un recurso iniciado desde el mismo Congreso en contra de sí mismo, que tiene éxito y llega a discutirse de fondo. Independientemente del resultado, el proceso, por sí mismo, es de gran valor.

Sin embargo, al considerar las decisiones de la Corte, el valor se incrementa. No hay que estar de acuerdo necesariamente con todas las resoluciones para reconocer que, en su conjunto, efectivamente recuperan bienes de la nación, o si prefiere usted, derechos de propiedad del Estado.

Pero más allá de los resultados, reitero, lo más relevante es el proceso, en el que los poderes se enfrentan, las reglas se siguen, y las decisiones se acatan. Compare usted esto con lo que ocurría antes de 1986, el año que inicia la transición. No había una Corte independiente, ni había oposición en el Congreso. No había gobernadores de otro partido. No había discusión pública, y en muchas ocasiones, no había siquiera manera de que la sociedad se expresara.

Aunque todavía quedan asuntos pendientes por mejorar en materia electoral, el avance que hemos logrado es impresionante. Sólo quienes no quieren aceptar la realidad no lo ven, pero bien dice el refrán que no hay peor ciego que el que cierra los ojos por gusto. Sin embargo, en estos 20 años que ha tardado el proceso de cambio, en medio de los cuales tuvimos una muy seria crisis económica, lo que no hemos logrado es hacer eficiente al gobierno. Por eso, este proceso, por más que haya democratizado al país, es visto por muchos mexicanos con mucho escepticismo.

Como siempre, las cosas pueden verse desde muy diferentes perspectivas. Pero creo que lo mejor es reconocer lo que se ha logrado, que es mucho. Y buscar cómo seguir avanzando, no cómo nos regresamos.

macario@macarios.com.mx

Profesor en la EGAP del ITESM-CCM

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