Marco Tulio Carrascosa
Hay enfermedades sociales que destruyen más que la pobreza.
Más que el rezago.
Más que la falta de infraestructura.
Porque atacan algo todavía más delicado: la dignidad colectiva de un pueblo.
Y una de las enfermedades más antiguas, vergonzosas y devastadoras de Chiapas tiene nombre: el servilismo político.
Ese hábito enfermizo de rendir pleitesía al gobernante en turno.
De actuar como si el político fuera un monarca.
De asumir que quien llega al poder automáticamente merece reverencia.
De normalizar que funcionarios sean tratados como figuras superiores y no como lo que realmente son: servidores públicos pagados con el dinero del pueblo.
Ese quizá sea uno de los grandes fracasos culturales de Chiapas.
Porque mientras una sociedad madura cuestiona al poder, aquí demasiadas veces se le aplaude incluso cuando fracasa.
Mientras otros estados exigen resultados, aquí demasiados siguen buscando la foto.
La cercanía.
La recomendación.
El favor.
La bendición política.
Ese modelo no construye ciudadanía.
Construye clientelas.
Construye dependencia.
Construye mediocridad.
Y cuando una sociedad vive así durante décadas, el resultado es exactamente el que hoy conocemos:
Gobernadores que llegan.
Hacen negocios.
Saquean.
Destruyen institucionalidad.
Se enriquecen.
Y después, increíblemente, son reciclados, premiados con cargos diplomáticos, espacios legislativos o nuevas posiciones de poder.
La pregunta obligada es brutal:
¿Hasta cuándo?
¿Hasta cuándo seguirá Chiapas confundiendo sometimiento con lealtad?
¿Hasta cuándo seguiremos actuando como súbditos en lugar de ciudadanos?
Porque la corrupción no florece sola.
Necesita complicidad.
Necesita silencio.
Necesita una cultura que premie obediencia sobre dignidad.
Y el problema no es percepción aislada.
Chiapas arrastra históricamente severos desafíos en transparencia, confianza institucional y percepción de corrupción.
Pero el verdadero problema aquí no es solamente administrativo.
Es moral.
Es cultural.
Es espiritual.
Y aquí es donde la conversación se vuelve todavía más incómoda.
Porque si hablamos del liderazgo cristiano en Chiapas, el diagnóstico tampoco es alentador.
Con honrosas excepciones, demasiados líderes religiosos cambiaron voz profética por cercanía política.
Cambiaron convicción por conveniencia.
Cambiaron independencia espiritual por gestión clientelar.
Y sí, esa es una verdad incómoda.
Porque hay quienes han vendido su primogenitura por favores temporales.
Por apoyos menores.
Por láminas.
Por cemento.
Por terrenos.
Por espacios.
Por posiciones.
Por promesas de influencia.
Por convertir hijos en regidores, secretarios o simples secretarios particulares.
Eso no es liderazgo espiritual.
Eso es servilismo.
Eso es mediocridad.
Eso es imitar a Giezi y no a Eliseo.
La Biblia habla de hombres que confrontaron imperios.
Daniel no se dobló ante Babilonia.
Nehemías reconstruyó con visión y autoridad moral.
Juan el Bautista confrontó poder corrupto.
Pablo predicó sin buscar aprobación del César.
Y Jesús jamás subordinó la verdad a conveniencia política.
Ese es el estándar.
No el oportunismo.
No la domesticación espiritual.
Porque una iglesia que solo bendice al poder deja de ser iglesia profética.
Se convierte en aparato decorativo.
Se convierte en operador político con Biblia en mano.
Y aquí es donde aparecen figuras profundamente simbólicas.
Tobías y Sambalat, los opositores de Nehemías, representan exactamente a quienes obstaculizan reconstrucción, manipulan influencia y se alimentan del estancamiento.
Y duele decirlo, pero Chiapas ha producido demasiados imitadores contemporáneos de esa lógica.
Pastores caciques.
Operadores electorales disfrazados de liderazgo comunitario.
Intermediarios del voto.
Constructores de clientelas.
Promotores de obediencia política.
Gestores de favores.
Mercaderes del altar.
Eso explica por qué la verdad sigue siendo tan incómoda en Chiapas.
Porque aquí todavía hay quienes llaman bueno a lo malo…
Y malo a lo bueno.
Y ese deterioro moral tiene consecuencias reales.
Primer caso: la normalización del saqueo político.
Administraciones cuestionadas que dejan rezago estructural mientras buena parte del ecosistema político y social guarda silencio por conveniencia.
Segundo caso: la captura de liderazgos sociales y religiosos por estructuras partidistas.
Cuando quienes deberían confrontar al poder prefieren administrarlo desde dentro, desaparece el contrapeso moral.
Y sin contrapeso, el deterioro se acelera.
La tragedia no es solo que existan malos gobernantes.
La tragedia es que exista una cultura dispuesta a justificarlos.
Porque Chiapas no necesita más aduladores del poder.
Necesita ciudadanos con dignidad.
Liderazgos con carácter.
Empresarios con voz.
Iglesias con convicción.
Jóvenes con hambre de transformación.
Porque mientras sigamos educando generaciones para buscar padrinos en lugar de construir mérito, Chiapas seguirá atrapado.
El verdadero cambio no llegará cuando cambie un nombre en Palacio.
Llegará cuando cambie nuestra cultura frente al poder.
Cuando entendamos que ningún gobernante está por encima del pueblo.
Que ningún político merece reverencia.
Y que ningún líder espiritual debería hipotecar su voz por conveniencia temporal.
Porque un pueblo sin dignidad siempre será presa fácil de la corrupción…
Y del cacicazgo opresor.
Chiapas tiene que despertar.
Y actuar.
Porque todavía estamos a tiempo.
Hasta la próxima… ✒️
